Tiempo

Sí, mamá, faltó algo en nuestra despedida. Pero lo tenía que haber pedido yo, no tú. Solo cinco minutos ―o dos, o tres― antes de que la morfina empezara a hinchar tus venas. Sé que te dije muchas cosas cuando aún respirabas con los ojos cerrados, pero tuve que haberlo hecho cuando todavía me veías, cuando podías apretarme la mano y quizá reírte conmigo por penúltima vez. Penúltima, porque la última sonrisa se la regalaste a Hilda en el instante en que empezó a sedarte. Lo tomaste con toda paz. Claro, era un acuerdo tácito: tú querías irte y ella conocía la salida.

 Por cierto, ¿dónde estás?