Río revuelto

Ojos cansados. Ah, son las partículas PM 2.5. O los artefactos, hasta cierto punto adictivos, de la era digital (Sherry Turkle, profesora del MIT, escribió un libro que se llama Alone Together. El Pew Research Center concluyó que 46% de las personas encuestadas [muestra de 2 000] no pueden vivir sin su smartphone). O los ojos de siempre, o la contaminación, o los subibajas y desengaños recientes.

No. Son solo lágrimas, sal chiquita, una tras otra, pero queman cuando duelen.

Tomemos aire

Como desgranar una mazorca, poco a poco; con astucia, valor y certeza. Lo malo es que los granos de maíz vuelven a brotar, cada vez más desafiantes. Pero retan a una conciencia con chaleco antibalas, con probadas horas de vuelo y de percepción fina.

La sensación es de cansancio, y el sentimiento funde rabia, dolor y hartazgo. ¿Hablar? ¿Para decir qué? ¿Y ahora cómo?…

Las palabras se escupen con varios matices: a gritos, suaves, irónicas, conciliadoras, desesperadas, tristes, frustradas, temerosas, con interrogantes, asqueadas, envalentonadas, lacrimosas, potentes, y hasta al rojo vivo; literal, con lenguas de fuego que se queman en el pecho para salir airosas, porque nunca fueron titubeantes ni huidizas, y siempre, ¡siempre han puesto la verdad! ―así rechinen alma y cuerpo― sobre la mesa, aunque esta se pandee o se defienda con vidrios punzantes.

¡Como si una persona pudiera jactarse de modificar y negar la realidad de otras! Eso pasa en la literatura ―Augusto Pérez, el protagonista de la única Nivola que conozco, pone a don Miguel de Unamuno contra la pared―, en el cine, en el teatro, en la pintura, en la danza, ¡en el acto creativo! No es el caso. Chamuscada en el infierno, pero muerta con mi verdad cosida a cada poro de mi piel.

Y de falsas disculpas… ¡nada!

*Nótese que en este texto me valgo de palabras que por lo general intento evitar: nunca, siempre, nada.

Mecanismo

Y es que siempre lo supo. Se lo dijo su instinto. Por alguna razón el camino no fueron las drogas, el alcohol ni el suicidio. El deporte era lo único que lograba distraerla de una cabeza aturdida por la obsesión. La actividad física equivalía a darle de guamazos a una piñata repleta de dulces tóxicos. Por eso, cuando terminaba de jugar, en su cancha de básquet había palelocas, brinquitos, pirulís, motitas, lunetas, burbu sodas y gelatinas Art. Así todos los días… Hoy ya no hace deporte como solía, con pasión y enjundia, pero sabe que el ejercicio le pone la huida en bandeja de plata.