9/11

Vamos a sumar, como en la escuela, nomás que con la ayuda de la calculadora del «omnipresente» celular (crap).

Mi hermana Inés murió hace 31 años, mi madre hace cuatro y medio, mi abuela materna, Pepa, ya cumplió 20, y mi abuelo paterno, Manuel, a quien ni en sueños hubiera conocido, acumula la friolera de ¡68 años! ¡Pa’ su mecha! En lo que toca a estos periodos: 123 años y medio.

Mi sobrino tiene 16, mi sobrina 13, mi cuñado acaba de celebrar 52, y Rafaela, a quien parece que visité ayer en el Instituto Nacional de Perinatología, ya alcanzó  los seis meses = 81 y medio.

Sigo, por la sencilla razón de que hasta resulta divertido contarles que hoy iré a una comida en la que quienes tendremos el honor de convivir sumamos ¡casi 500 años! Híjole, no pude evitar un “no mam…”, pronunciado en voz alta y bien clarito.

Por ende, no es extraño que hoy hace 15 años me quedara petrificada ante una noticia radiofónica que más bien parecía ficción (¿Disneylandia?, ¿animación de Pixar?), y que poco después se convirtió en imágenes espeluznantes de dos aviones que chocaron, ¡a propósito!, contra las Torres Gemelas de Nueva York.

—What??!!!!! ¿Es real?, ¿qué pedooooooo?

Nubes de humo, fuego, gritos, llanto, confusión, dolor, «alfileres» arrojándose al vacío para evitar quemarse. No había para dónde hacerse: era el fin del mundo.

9_11

Y de nuevo las imágenes, y de nuevo la locura, y de nuevo los aviones penetrando el World Trade Center, y más escombros, y más víctimas, y más tristeza, y más indignación, y la locura humana haciéndole sombra a la grandeza del proyecto arquitectónico de Minoru Yamasaki, quien había definido su obra como un “símbolo viviente”. Adiós símbolo, ciao Windows of the World, el restaurante de los pisos 106 y 107 de la Torre Norte, hasta nunca oficinas neoyorquinas en Manhattan. La hazaña de Philippe Petit quedaría grabada en la memoria, pero jamás se volvería a tender un cable de acero que uniera las torres Norte y Sur.

Yo estaba estudiando mi maestría en Rhode Island, a sólo cuatro horas de la barbarie. Lo viví con incredulidad, con azoro, con tristeza, con miedo, con coraje, y hasta con agradecimiento: mi hermana, mi cuñado y mi sobrino de un año habían volado a California el 9 de septiembre por la misma aerolínea.

Y como yo sigo siendo yo, dondequiera que esté, les confieso que tocó a la puerta mi yo más obsesivo: ¿qué tal si recibía una carta con ántrax por correo? ¡Ay, güey! Hasta pensé en regresar, pero quizá era más un vil pretexto para no enfrentar las circunstancias del momento, la vida que se me ponía delante.

A 15 años —poquísimos, según les he mostrado—, con distintas versiones de lo ocurrido esa mañana del 11 de septiembre de 2001 —terrorismo islámico con Bin Laden y Al-Qaeda, George W. Bush para pretextar su invasión a Irak—,  el hecho es que ese martes se comprobó, una vez más, que los humanos estamos enfermos, locos de remate, torturados por criaturas abominables cuyo objetivo es destruir. Por fortuna, aún hay flores, canciones, niños que ríen, personas que agradecemos… y, ¡harto importante!, reuniones donde 496 años se traducen en armonía.

Sabias palabras

Cantaleta frecuente de mi madre, hasta parece que la oigo: “No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”.

Con 20 encima... y el colado
Con 20 encima… y el colado

En ese entonces —antes de las funestas dos décadas—, llena de energía y con un cuerpo en pleno ejercicio de sus facultades, me pasaba sus palabras por el arco del triunfo (ajá, ándale pues, lo dirás por experiencia… y así…).

Por ahí
Por ahí

Dar con mi osamenta en el piso era parte de la diversión, del deporte, del riesgo, de la edad, de mi estilo de retar a la vida. No entendía que una persona no vibrara como yo cuando con la raqueta levantaba una pelota para ponerla arriba de una raya roja o amarilla: era mi festejo a corazón abierto (caminaba como si nada la real garza envuelta en huevo con la cabeza en alto…)

Pero entendí la lección: no podía (ni debía) pretender que otra persona disfrutara de rasguños, moretones y mordidas de polvo.

—¡Carajo!, ¿por qué no corres? ¡Estás viendo que yo me mato por cada pelota y tú te quedas parada viendo cómo pasa!
—¿Y crees que todo el mundo se va a matar por una pelota? No a todos nos apasiona como a ti, jugamos para pasar un buen rato, no para darnos en la torre: ojo, para mí no es una cuestión de vida o muerte, así que me da igual si te gusta o no.

¡Zas!

Cuánta razón. Sin embargo, el deporte era un símbolo, una metáfora, una hipérbole, una figura retórica, una actividad cotidiana enraizada en la hermenéutica: no había otra opción que ganar; perder implicaba que mis monstruos pasaran a darse un festín de sesos, a carcomerlos hasta que no quedara nada de yo.

Ganar era resistir los golpes y ponerme de pie, erguida, lista para el próximo temblor de cuerpo.

Hoy puedo ver mis batallas perdidas —hay grados de dolor entre unas y otras—, mirarlas con el cristal de los mosqueterillos esos a los que se refería mi mamá.

La más reciente es (fue) retomar la patinada, deslizarme como lo hacía en Rhode Island, trece años atrás, llena de una libertad que rezumaba por cada poro de mi piel.

Qué razón tenía doña M, esos «veinte años después» me pusieron ante la perspectiva de otra caída y una nueva operación; pues para ser exacta, fueron cuatro barridas. La última, un sentonazo tonto y repentino en el que no metí ni las manos. Mi osamenta se cimbró a tal grado que pensé que si me daba la vuelta —ya que pasara un poco el dolor y me hubiera levantado— iba a encontrarme con pedacitos de hueso esparcidos por el estacionamiento de Chapultepec.

Ganó la idea de vencer, de «conquistar la rueda», así que me lancé hecha caquita a rodar en el bosque —mientras el lobo no está— hasta que le abrí la puerta a la conciencia y me dije: A ver, reinita, te gusta patinar, sí, quieres seguir dándole, sí, sentir el viento que golpea tu cara, sí, nada más que el otro día cayó un chubasco de locos y el pavimento más decente del circuito que rodea el lago está mojado, puerco y lleno de ramitas. ¿Qué esperas?, ¿otro madrazo para que el cóccix y la columna se te hagan chicharrón prensado?

No. Ahí está el camino de regreso: te quitas los patines, te subes a tu coche (ah, pagas el estacionamiento) y te largas.

Santas Pascuas, ganar y perder son ingredientes de un mismo flan, enmielado a veces y podrido otras tantas.

Bai de güei:

¿Porqué se escribe junto y con acento?

Sí, cuando funciona como sustantivo masculino e indica causa, motivo. Debe usarse acompañado de los artículos posesivos el, los; de los artículos indefinidos un, unos; los determinantes posesivos tu, tus, su, sus o sólo en plural sin acompañamiento de estas partículas:

Necesito saber el porqué de tu decisión.

No hay un porqué que me convenza.

Explícame tus porqués.

Adeus.

Un manjar en el Peloponeso

—Uy, uy, uy, ¡cómo pasa el tiempo!

Esta frase debe pronunciarse en todos los idiomas. ¿Cuántas veces la habremos pensado o verbalizado en nuestro recorrido? Sobre todo ahora que parece que el propósito de los adelantos tecnológicos es darnos una patada en el trasero para acelerar el paso por este “valle de lágrimas”.

Hace ya más de cuatro meses que las Perritas pisaron Nafplio (Nauplia), una ciudad de Grecia situada en el golfo de Argos. Dícese que su nombre deriva de Nauplio, hijo del olímpico Poseidón, dios del tridente y el caballo.

Nos despedimos de nuestra travesía en un restaurante con mesas al aire libre, sombrillas blancas y azules, bandera griega y vista a una llamativa plaza. Si tienen la oportunidad de visitar Nafplio, no se lo pierdan.

Restaurante Grecia

Además, sólo apoquinamos €10 por piocha.

El diseño del símbolo fusionó a la mismísima épsilon griega y a la primera letra de la palabra Europa
El diseño del símbolo fusionó a la mismísima épsilon griega y a la primera letra de la palabra Europa

http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADmbolo_del_euro

Ignoro si es una costumbre universal que los humanos expresemos nuestro absoluto contento gastronómico con el sonido mmmm, pero la estancia de las Perris en el comedor helénico sonaba así:

Bocado de musaka:
—Mmmmm…

No es lasaña
No es lasaña

Bocado de ensalada griega:
—Mmmmm…

Ensalada griega

Bocadón de Dolmades (Stuffed Vine/Grape Leaves):
—Mmmmm…

Con panecito...
Con pan y vino…

La Perrita menor se enamoró de este platillo, así que más valía entrarle con fe a un manjar que compartimos tres personas.

http://www.mygreekdish.com/recipe/greek-dolmades-recipe-stuffed-vine-leaves/

—Tenedorzaso de queso feta frito:
—Mmmmm…

¡Qué antojo!
¡Qué antojo!

—Cucharada de tzatziki para embadurnar el pan:
—Mmmmm…

A base de yogur y pepino
A base de yogur y pepino

http://es.wikipedia.org/wiki/Tzatziki

En el barco, que iba a media capacidad, había alimento como para hartar a una manada de bisontes desquiciados, pero lo interesante consistía en pisar tierra y buscar un lugarcito para hincarle el diente a la comida típica.

bisonte

Soy una persona que se encanta y cuasi hipnotiza con nuevos sabores, olores, mezclas y colores. mis papilas gustativas siempre están ávidas de probar y mi ánima de ser conquistada por el placer de la mesa.

Cuando mi ánimo decae —no me refiero a la depresión— siempre me viene bien algún bocadito que sosiegue mi espíritu. Qué tino el de José Fuentes Mares al escribir que «[…] la gula es virtud que no sólo alegra y reconforta sino que vuelve tolerable la inminencia de la muerte”.

Por cierto, muchas de las fotos que ilustran los textos de este blog son de la autora.

Hasta la próxima.