Tiempo

Sí, mamá, faltó algo en nuestra despedida. Pero lo tenía que haber pedido yo, no tú. Solo cinco minutos ―o dos, o tres― antes de que la morfina empezara a hinchar tus venas. Sé que te dije muchas cosas cuando aún respirabas con los ojos cerrados, pero tuve que haberlo hecho cuando todavía me veías, cuando podías apretarme la mano y quizá reírte conmigo por penúltima vez. Penúltima, porque la última sonrisa se la regalaste a Hilda en el instante en que empezó a sedarte. Lo tomaste con toda paz. Claro, era un acuerdo tácito: tú querías irte y ella conocía la salida.

 Por cierto, ¿dónde estás?

Olas

Hay personas que son auténticas olas; pueden elevar su hermosa cresta y brillar ante la mirada del sol para abrazar los cuerpos de los surfistas más audaces, o pueden subir, marearse y descender para arrasar con todo lo que hay a su paso.

olas

De cualquier manera son bellas y espectaculares, pero unas abren sus eternos brazos mientras se hincan con suavidad, y otras, a pesar de su manto blanquecino y espumoso, llevan la consigna de destruir, golpear, desquiciar, malherir y provocar un golpe mortal.

No son las olas que causan los tsunamis, son las eternas olas de los navegantes, de los marinos, de los legendarios vikingos, de los exploradores más osados… o las olas que asfixian, que rompen en la playa con todo su coraje, que arrojan cuerpos como si fueran basura.

A veces es cuestión de un leve guiño, de una fase lunar, de una esperanza maltrecha, de un deseo de seguir siendo un cúmulo de agua que se eleva para observar el mundo y sonreír y bajar con un sonido de viento hasta tocar la playa con una caricia de espuma para volver a subir y bajar, subir y bajar…

Las otras hacen un gesto de temor, oscuro, y a pesar de derramar lágrimas provocan el llanto de cada grano de arena iluminado por una muy tenue luz solar: olas que hacen volar puertas en mil pedazos, puertas que pudieron abrirse y que no son más que astillas astillando el cariño de quienes nos atrevemos a mirarlas.

«Ola» y adiós.