Así de fácil

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida»… Así dice la canción, ¿no? El verbo «sorprender». De las definiciones que da la RAE, me quedo con ésta: «Conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible».

Ah, caray, como…

franja
En el Mediterráneo. Foto de la autora.

Como el paisaje oscuro de mar bravo y barco fantasmal partidos por una franja clara al ras de la tormenta, como la muerte que se espera, amable, ante la aguja con morfina, como el disparo en la garganta que mancha una tina blanca en pleno día, como el camino que de repente se amarga por culpa de la mano que saca una navaja, como un «mi amor», como el grito de muerte que profiere una madre en absoluta soledad, como todos los tonos de verde que la luz clava en nuestros ojos, como el dinero que carcome a las familias, como el instante en el que se tiene conciencia de ver al otro con ilusión, o como… como…

Como cuando te hackean la vida en un suspiro.

Antes del segundo round

¿Cuántos nos resistimos a creer que Donald Trump puede llegar a ser presidente del país más poderoso del mundo? No sé, pero el 25 de mayo de este año, Frida Ghitis, columnista de CNN, concluyó: “My worldwide search for Trump supporters leads me te one conclusion: In de U.S., Trump supporters may want to make America great again. But when it comes to the rest of the world, the people rooting for America are not cheering for Trump. And the people cheering for Trump are not rooting for America”.

http://edition.cnn.com/2016/05/25/opinions/who-in-world-supports-trump/

Desde mi punto de vista, en el primer debate y ante los ojos de millones, Hillary Clinton mostró que por el momento lo suyo no es perder el control ni hablar por hablar. Entre sus posturas loables, aceptó que se había equivocado al borrar más de 30 000 correos electrónicos que se alojaban en un servidor privado cuando fue secretaria de estado —la dirección era hdr22@clintonemail.com—, y logró no engancharse con el descolorido energúmeno, a pesar de sus múltiples provocaciones. En este sentido se limitó a mencionar que el público podía consultar la sección Factchecks de su página: www.hillaryclinton.com.

No caí en las redes de su sitio ipso facto, sino que recurrí a FactCheck.org, donde se muestra que ambos dicen mentiritas. Clinton no es una perita en dulce, pero tenía razón cuando dijo que las empresas del magnate se habían ido a la quiebra seis veces y no cuatro, también cuando se refirió a que Donald no está a favor de la legislación que defiende el pago igualitario a las mujeres, e incluso cuando afirmó que para Trump el calentamiento global es un engaño “a lo chino”.

Respecto al pago de impuestos federales, el republicano dijo que en realidad no se extrae mucha información de la devolución de impuestos, cuando los expertos han señalado que ésta puede arrojar datos sobre cuentas en bancos extranjeros, ingresos fuera del país y conflictos de interés.

Confieso que me dio gusto que Clinton, en un par de ocasiones, le “sugiriera” al millonetas que estaba perdido en el espacio. Lo hizo ecuánime y con una sonrisita que a un megalómano debe caerle en pandorga: “Donald, I know you live in your own reality”.

¿Quién ganó el debate? Que si el republicano, que si la demócrata, que según el medio que lo evalúe: por supuesto, como en toda contienda, opiniones divididas.

El hecho es que por un lado vi a una mujer con experiencia —los mentados treinta años—, hecha a la política y a la toma de decisiones cruciales para su país, y por otro a un hombre agresivo, que interrumpió a su contrincante y al moderador, que constantemente usó el micrófono para “comentar el punto” —“That’s called business”. “That makes me smart”—, y que en ningún momento ofreció una cara amable. Su actitud me pareció altanera, su mirada de perdonavidas y su semblante de suficiencia.

Y resulta que Trump, narciracista y mal educado —la educación no es directamente proporcional al dinero—, a quien percibo como un zombi del Ku Klux Klan, tiene excelentes relaciones con la comunidad afroamericana, entre otras cosas le regresó el alma al cuerpo cuando el presidente Obama hizo pública su acta de nacimiento: ¡Era cierto, había nacido en Hawaii, no en Kenia!

No sé nada de política ni me gustaría dedicarme a ella, pero lo anterior no impide que me dé cuenta de que el discurso de mi personaje incómodo y su leitmotiv están ligados al “Money Talks”: ¿ya no les va a dar protección a los países que no paguen por ella? Entonces, a muchos, se los va a llevar la trampa.

¿También misógino? Hillary Clinton lo sacó de sus casillas cuando se refirió a Alicia Machado y a Rosie O’Donnell, de quien incluso dijo que se tenía bien merecidos los insultos, entre ellos cerda y degenerada.

El tipo, ya cerca del final, aceptó que la candidata demócrata tiene experiencia, pero la calificó como mala experiencia. ¿La buena vendrá de ese lunático que enardece a los “americanos” ignorantes y medio losers con la trillada frase “I wanna make America great again”? En contraposición, ella mencionó que no sólo se había preparado para el debate, sino para ser la primera presidenta de Estados Unidos: “I prepared to be president, and I think that’s a good thing”.

Por último, Donald  y la palabra “stamina”. La usó cinco veces para aludir a que Hillary carece del temple y la resistencia para respaldar a su país. La señora, muy cool, le asestó un gancho al hígado que lo debe haber dejado pensando en la venganza del hombre blanco, acaudalado dueño del mundo gracias a su visión de negocios y a sus millones y millones de dólares.

https://www.youtube.com/watch?v=33O7jg50FjE

Por el momento, el Huffington Post publica una encuesta que le da a la demócrata el 48% de la intención de voto y al republicano el 41.5%. Veremos qué sorpresas nos da el segundo debate.

¡Qué sorpresas, entre ellas que la señora Clinton se va directito al bote si gana el meganefasto Donald Trump!

Alerta

Decidí constelar dos días después de mi cumpleaños: el sábado 27 de febrero de 2016.

A la expectativa y con algo de miedo, aunque lista para asimilar lo que me brinde una constelación familiar. Adelante con los timbrazos del alma y con las sorpresas de la inconsciencia, siempre y cuando rezumen crecimiento.

¿Servirá para dejar de tener el dedo pegado en la tecla? Ojalá, porque resulta agotador escuchar el ruido de las teclas de un teclado que absorbe polvo de pasado de llanto de angustia de dolor de supervivencia.

¿Qué quiero?

Por ahí me lo sopló un tocayo… era portugués y vivió sólo un año más de los que tengo:

«Para ser grande, sé entero: nada / tuyo exageres o excluyas. / Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres / en lo mínimo que hagas. / Así la luna entera en cada lago / brilla, porque alta vive».

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Alegría

Mi mudanza, en términos llanos —omitiré lo que para mí han significado el cambio de piel, el ajuste emocional y el terremoto anímico—, me ha servido para expeler, para desechar, para deshacerme de cartas, fotografías, ropa, recuerdos y hasta de porquerías significativas que me han acompañado desde hace años.

En ocasiones tuve que hacer de tripas corazón, respirar, tragar una que otra lágrima, pensar en que jamás haría la receta de mantequilla de aguacate de mi mamá ni releería las hojas y hojas que escribí cuando estudié en Rhode Island. ¡A volar, lo voy a volver a refundir atrás de una puerta y vaya a saber quién rayos se lo va a encontrar cuando yo «parta con el Señor»!

Resulta emocionante abrir una caja de cartón cuando no sé con qué sorpresas me voy a encontrar; abrirla me da la oportunidad de decidir qué se va y qué permanece: yo tengo la última palabra en cuanto a lo que quiero que se quede a mi lado y que siga siendo parte de mi caminar sonámbulo en un nuevo espacio: el mío, el que pretendo hacer mi hogar durante no tengo la menor idea de cuánto tiempo.

Ayer, cual mujer de las cavernas, dada mi precaria sutileza, destapé una caja que vivió fantasmalmente en un clóset: correspondencia familiar, apuntes y trabajos de la maestría; mi tesis de la ídem, todavía en un floppy disk, cuantiosos sobres amarillos con fotos, libros, objetos que llevé al este de Estados Unidos para que me hicieran compañía e incluso películas en formato VHS.

Hurgar con más detenimiento me devolvió un alebrije perdido, la respuesta de mi padre a una carta que le escribí en 1999, el reencuentro con caras y gestos conocidos —algunos todavía vigentes—, mi pelo pegado en un palito de paleta que chupé hace más de cuatro décadas, y en última instancia la conciencia del paso del tiempo, un tiempo que me pone ante la misma persona: ésa que se ha pasado la vida luchando contra sus múltiples demonios y agujeros blanquinegros, profundos las más de las veces.

Por supuesto, habrá cosas que seguirán a mi lado y otras que soltaré como un globo que vuela hacia la estratósfera y se hace cada vez más pequeño hasta ser imperceptible. De entre esas cosas me quedo con una tarjeta de mi madre, escrita en Barcelona en no sé qué año, aunque supongo que en el primer lustro del siglo XXI. Muestra un callejón iluminado por una luz difusa y neblinosa; se observan dos caminantes, una mujer y un hombre, cada uno por su lado. Admiro un hermoso balcón, plantas colgantes y un letrero del Casinet del Barri Gótic al que seguramente entró ella. Quiero pensar que de ahí, sentada en compañía de la fidelísima Isabel, me regaló estas letras:

Amadísima Bambola:

Este viaje está resultando maravilloso. Te besa, Mamá.

Su alegría bastó para hacerme sonreír ayer en la noche, sentada en el suelo, con las entrañas de una caja de cartón ante mis ojos.

Hay quien me regaña por no aparecer con asiduidad, como cuando empecé a escribir este blog. Veré la forma de corregir.

C’est tout.

¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.