Septiembre

Minutero y segundero a contrapelo; arena que apenas percibe su paso por el cuello de cristal. A trompicones el día: del amanecer a la puesta de sol en un pestañeo, o tal vez otro suspiro. Trago de agua que pierde el rumbo a la menor distracción. Campanadas que penetran los oídos y se meten el pie a plena luz, con el atardecer, entre nubarrones, chorreando lluvia… y también cuando la oscuridad deglute las formas. 

Como sea, pero atestiguamos con los cinco sentidos, y las emociones y pensamientos y actos de ocho meses completos.

Pablo y Amy en México, bello país que se me desmorona y desdibuja. Un cumpleaños más. Aniversarios 11 y cuatro de madre y padre idos.

Fatídico 18 de abril, cosido a un personaje de mensajes y acciones ambiguos.

Paula y su par de cirugías de rodilla —reviví las dos mías, casi tres décadas atrás—.

Salidas con riesgo medido y plena aceptación de la realidad y sus consecuencias.

Adiós a la negra santidad, al Buick ’46 y a la maravillosa colección de libros mirados, con amor y admiración, uno por uno.

El paso del “Suso”, un tornado herido que tatúa cicatrices en su abrumadora y veloz trayectoria.

Bienvenida la calidez familiar e individual de quienes habitan o habitaron la casona de Nayarit 13, en la Roma.

Cada una de las reuniones en un patio que por ventura dejó de ser mi único refugio.        

Ha bastado con aceptar, desear, asimilar y habitar un espacio, el de mi infancia, en el que privarán los vacíos.

La que escribe, al parecer (con todo y sus luchas internas), entera.

Por Paco

Como todos: regular, bueno y malo. De lo bueno, poco, y de lo #pinche, harto.

Cuando era chica, me caía gorda la caricatura del Coyote y el Correcaminos, creada por el animador Chuck Jones en 1949.

No importaba qué hiciera, Wile E. Coyote era siempre una víctima del chocante bipbip. Si no le explotaba el trinitrotolueno (TNT), se le veía atropellado, estampado por un pedrón o suspendido en el aire hasta darse cuenta de lo inminente de su caída.

Este 2019 viví en carne propia la suerte del Coyote. Me pasó por encima una aplanadora; por supuesto, marca Acme. Seis meses se me hicieron suspiro en la vorágine. Seis meses en los que aún me torturan la altivez y la carencia de escrúpulos.

Gran parte, eso sí, se debió al silencio; a un sshhhhhhhh cómplice, estúpido, poderoso, dantesco, inútil, desafiante, MORTAL.

Aquí, en tu estudio, que algún día fue mi cuarto, me regocijo con tus libros y con el persistente olor a puro. Vaya que te echo de menos.

Cambio

En segundos, en minutos, hora tras hora, sin pedir permiso ni dar explicaciones; porque se le da la gana, porque exuda poderío, porque brama, crece, moja, alumbra, se cuela por rincones insospechados, bufa, seca, esconde, adormece, tiembla, enfría, roe.

De ramas ralas a exuberante verdor; de hojas cítricas a naranjas a punto de dar a luz; del sol quemante a la lluvia fresca que rebota en la piel; de un paisaje definido y límpido a una nube chocarrera que desaparece la imponente Ventana; del terregal amarillento a la multiplicidad de entrometidos verdes; de las líneas eléctricas irregulares que prenden el cielo al rugido potente del suspiro de Aquel.

Ahí la grandeza, la majestuosidad, el eterno juego que nos prueba que somos piezas ―alfiles, peones, torres, caballos, e incluso reyes y reinas―… liliputienses.

Así de fácil

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida»… Así dice la canción, ¿no? El verbo «sorprender». De las definiciones que da la RAE, me quedo con ésta: «Conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible».

Ah, caray, como…

franja
En el Mediterráneo. Foto de la autora.

Como el paisaje oscuro de mar bravo y barco fantasmal partidos por una franja clara al ras de la tormenta, como la muerte que se espera, amable, ante la aguja con morfina, como el disparo en la garganta que mancha una tina blanca en pleno día, como el camino que de repente se amarga por culpa de la mano que saca una navaja, como un «mi amor», como el grito de muerte que profiere una madre en absoluta soledad, como todos los tonos de verde que la luz clava en nuestros ojos, como el dinero que carcome a las familias, como el instante en el que se tiene conciencia de ver al otro con ilusión, o como… como…

Como cuando te hackean la vida en un suspiro.