Punto final.

Son sólo pedazos que nublan y salpican evocaciones de tiempos, espacios, formas, maquinaciones.

El apuesto tío abuelo —ojos claros, rubio, nariz recta, labios carnosos— de la fórmula química y el brebaje (¿33As?). Bien podía haber sido un príncipe o emular al Discóbolo. Una foto ovalada en blanco y negro, detrás del cristal de un librero antiguo, era suficiente para admirar tan hermosa virilidad.

El hermano y tío con nombre de emperador romano, a quien le corría un hilo de sangre que seguramente empezaba a secarse. Subió las escaleras de piedra y entró en el baño. Nadie en la casa de Tres Picos.¿Cuánto tiempo? El intenso rojo contrastaba con el blanco de la tina, con su belleza impasible y con las mejillas aún sonrosadas. ¿Alguien vio el revólver?

El chaval del 17 de junio, internado en un hospital psiquiátrico de la Francia de Jacques Chirac. Apenas 20 años, guapo, naturalmente fuerte y con dotes físicas extraordinarias. Sábanas en una escena que también mató a los vivos. La noticia llegó en época de yo tambaleante, el centro herido con esa saeta.

Ahorcamiento que dio con la del martes, de madrugada, en silencio aparente. Un libro con algo de seudónimo que esquivó su lengua materna, mas no el apellido de la madre; un mensaje (you came back a stranger), gritos con trazos de talento —¿como el de Munch?—; inesperada convocatoria a dar clic para llegar a misa.

¿Qué sucede en ese instante? Angustia, desesperación, agallas, miedo, desvalimiento, fuerza, rendición total: delgadísimo filo entre seguir aquí y dejar de ser cuerdo. Debe ser nada y todo el tiempo de decidir.

Joven varón que llevaba el nombre del fundador de la Ordo Cartusiensis. Piamio. Alfredo. Octavio. Albus Serra. Allen M. ¿Cómo torturaron su mente para huir de lo conocido y habitar el reino de las más personales tinieblas? Un reloj de arena que escupió granos imperceptibles.

El mayor pasaba los bajos 30.

En el ajo

Mi hermana vive en un lugar poco conocido del estado de California; eso sí, cercano a San Francisco, Carmel, Los Gatos y Monterey.

Gilroy es la Capital Mundial del Ajo y cada año, a fines de julio, se celebra una fiesta que anuncian como «The World’s Greatest Summer Food Festival». Créanlo o no, ¡incluso se puede tomar  helado de ajo!

Estoy por estos lares. Dejé atrás el bullicio de la Ciudad de México, la CDMX, letras que para la mayoría de las personas que carecen de contexto no son más que un extraño número romano.

Unos días sin «Hoy no Circula» ni contingencias, sin muertos ni 43, sin la machacada “honestidad” de López Obrador y su Morena, sin la nueva Constitución que regirá a los mexicanos con la misma tónica: quiénes la redacten y qué estipule dará igual mientras reinen la corrupción, la prepotencia, la incertidumbre y la mala educación.

Es verdad que estoy acostumbrada al trajín de la CDMX, a mi país, pero este pueblo ofrece calidad de vida: el cielo es azul, las vacas mugen, los pavos cruzan la calle, el tránsito en las highways es razonable y se pueden planear varias actividades al día.

A mis sobrinos les he seguido la pista, he sido una tía cercana y amorosa. Mi intención, a pesar de la distancia, es que me tengan presente y que sepan que en México, también el lindo y querido, hay alguien que les garantiza su corazón.

En Pablo, mi güerito, mi gran ilusión desde que mi hermana nos dijo que estaba embarazada, veo a un adolescente que lidia con su búsqueda de independencia; es inteligente, cariñoso, medio enojón y cumplidor: varias veces le advertí que su tía siempre le iba a dar besos, «así que hazte a la idea». Luego tuve que prometerle que no lo haría frente a sus amigos, pero nuestro pacto sigue vigente.

Sofía es una mujercita creativa, amable, simpática y con un talento natural para lo artístico: actúa, canta, baila, escribe, pinta… ojalá que le saque provecho.

Y qué decir de mi compañera de infancia, de la niña que mis papás me regalaron un año ocho meses después de mi «aparición», de la hermana a quien di una lata terrible y defendí a capa y espada; qué decir de la mujer que apuró mis lágrimas cuando tomó su camino.

Esto:

El lazo que me une a ella es eterno, sólido e irrepetible. La admiro, la quiero, la respeto; cada vez que la veo quisiera envolverla en una caja con todo y moño y quedármela… destapar esa caja para saber que está ahí, cerquita de mí, para reír, recordar, hacer tonterías, hablar (hasta donde me deje) y constatar una y otra vez que sólo ella y yo leemos con un ojo a escasos tres centímetros de distancia.

Consideren, amables lectores, que escribí este retazo directo en la tableta y que mis ojos se cansaron.