Alerta

Decidí constelar dos días después de mi cumpleaños: el sábado 27 de febrero de 2016.

A la expectativa y con algo de miedo, aunque lista para asimilar lo que me brinde una constelación familiar. Adelante con los timbrazos del alma y con las sorpresas de la inconsciencia, siempre y cuando rezumen crecimiento.

¿Servirá para dejar de tener el dedo pegado en la tecla? Ojalá, porque resulta agotador escuchar el ruido de las teclas de un teclado que absorbe polvo de pasado de llanto de angustia de dolor de supervivencia.

¿Qué quiero?

Por ahí me lo sopló un tocayo… era portugués y vivió sólo un año más de los que tengo:

«Para ser grande, sé entero: nada / tuyo exageres o excluyas. / Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres / en lo mínimo que hagas. / Así la luna entera en cada lago / brilla, porque alta vive».

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Ciencia pura

Su súper poder desfallecía, como el de Popeye sin espinacas.

popeye

Lo probé una y otra vez: en un cubierto, en el teclado de la computadora, en una servilleta: nada. Tenía que reemplazar mi pequeña fuente de diversión: una cajita redonda cuyo contenido espolvoreaba con unas pinzas, de las que se usan para sacar cejas.

Había que hacer el último intento, comprobar científicamente que ya no surtía efecto y que necesitaba una nueva arma secreta. Preparé el terreno —cuarto de baño: escusado—, imaginé a mi víctima —sólo una posibilidad— y luego desaparecí como si nada hubiera sucedido, lingui lilingui.

Como de costumbre, bajé a pelotear —hoy dizque se «pelotean» las ideas— en mi menos de media cancha de básquet donde todas las tardes me entretenía mientras practicaba diversos tiros e ideaba un encontronazo deportivo entre mis jugadores favoritos y los de menor querencia, todos representados por mí.

¿Tarea?, ¡cuál! Primero estaba mi fuga, mi juego, mi competencia interna; la única posibilidad que tenía para escapar del torbellino que desparramaba sillas, burós, espejos, camas, mesas y cuanto objeto transitaba por mi cabeza.

Un grito desesperado. Es el título de un libro, ¿no? Pues algo así me sacó de los tiros de tres puntos, los ganchos, las entradas (dos pasos y arriba porque si no es violación) y autopases de fantasía muy Magic Johnson.

—¡¡¡¡¡F…A!!!!!

Ups. Entré por la cocina, abrí la puerta, acechada por un mal presagio, y antes de empezar a subir las escaleras para postrarme ante el gran Cristo que atormentaba mi niñez:

—¿¿¿¿Qué me echaste????
—¿Por qué?
—¡¡No te hagas!!
—¿Qué te pasa?
—¡¡Me pican horrible las nalgas!!, ¡¡ya hasta me metí a bañar y nada que se me quita!!

Ah, caray. Tuve la ocurrencia de poner el pica pica mortecino, «que no daría ni cosquillas», en la taza del escusado. ¿Había recuperado su potencia al entrar en contacto con la suavísima piel fraternal?

¿Una pera?
¿Una pera?

—¿¿¿¿¿Qué me echaste????? ¡Qué poca! ¡Mis nalgas, güey!
—Híjole, perdón, quise probar mi pica pica, pero no creí que sirviera.
—¿¿¿Qué??? ¿Cómo se te ocurre ponerlo en el escusado?
—Tienes razón, lo siento. No lo hice a propósito.
—¿¡No!? ¿Entonces para qué lo pones?
—Oye: no te rasques, sólo así se te va a quitar la comezón.
—¡¡Otra más, F…A, ya me tienes harta!!

Padeció y aguantó vara con muchas de mis maldades. Si hubieran visto su cara, percibido su desesperación… La Perrita era un bulto chapeado que iba y venía, mentándomela de ida y vuelta (lo justo), sin saber si acataba mi recomendación de —nou rasquing— o si hundía sus cuidadas uñas en un par de redondeces ultrajadas por pedacitos “inservibles” de fibra de vidrio.

see you

Tregua

Antes

—El túnel.
—¿De Sábato?, ¿el del pintor que mató a una fulana Iribarne?
—No, el del carpo.
—¿Cuál?
—Está en la muñeca.
—Ah.

Tunel Carpiano

Después

—¿Y puedo teclear?
—No.
—Ah.

Tic, tic, tic…
—¡Chin!
Paf, paf, paf…
—¡Me lleva!
Clac, clac, clac…
—Carajo.

Por más que quiera usar la mano izquierda para continuar con mis retazos, no está adiestrada, escribe a -1 por hora, comete 5 errores por segundo y le duele el cardenal fruto de la canalización.

Además, he aquí a una persona poco paciente (eufemismo).

¿Será?
¿Será?

Voy a hacer el esfuerzo —sirve que estimulo otros vericuetos de mi cerebro—, aunque seré breve.

En mi próxima cita sabré si puedo empezar a deshacer el teclado. Lo anterior sucede porque nunca entré a mis clases de mecanografía de la Prepa, me volé todas so pretexto de jugar voli.

Mi hermana roza las teclas, es tan sutil y hábil como mi abuela Pepa, en cambio yo golpeo las letras como si picara ojos a diestra y siniestra.

C’est la vie (de vida, no de ver…)