Mentirijillas

Que salvo en algunas excepciones, soy una microbloguera que cayó en revelar asuntos personales de lo que vivo, pienso, siento, sufro y disfruto.

Y disfruto comer en casa de mi papá, porque además de que la comida siempre es rica, evito cocinar para mí sola: no tiene ningún chiste.

Además de ver a la «Mosquita», que está próxima a cumplir siete meses, me divierto con las ocurrencias del Pai. Ayer, tres dignas de destacar; dos tienen que ver con la soltura:

La primera involucra su nuevo teléfono inalámbrico; pulsa las teclas y pide hablar con un señor de apellido Carmen. Se enfrenta a la burocracia, pero consigue que se lo comuniquen. ¡Zas!, suelta un educado: «Vinieron a arreglar mi calentador y me dieron garantía de un año. Ya tengo sus datos, así que me comunico con usted en un año». ¿Será?

La segunda me hizo reír mucho. Fue una respuesta, también vía telefónica, que profirió cual gran maestre de la mentira: «Tengo que confirmar si voy a ser padrino en un bautizo». ¡Ja!, ¡con lo que le gustan los bautizos!

Y la tercera, aunque lo niegue rotundamente, tuvo que ver con que ya quería empezar a hacer sus cosas —léase escribir, leer, hablar por teléfono, ver el fut—, así que cuando le dije que ya me iba se paró como resorte para acompañarme a la puerta. Ambos bajamos, me despedí de la «Mosquita» y de las chicas, y escuché un atentísimo: «Te espero afuera». Eso sí, que no se me olvide que al hacérselo notar me dijo, como el caballero que es, que yo podía quedarme el tiempo que quisiera.

¡Lo conozco taaaan bien!

Adeus setembro!

Amanecer con Glass

Ta ra ta ta ra ra,   ta ra ta ta ra ra,   ta ra ta ta ra ra… ¿La escuchan? Teclas blanquinegras, suaves, lento ma non troppo (¿será?), un amanecer delicado en compañía del piano de Las Horas de Philip Glass.

El otro día, a propósito de nuestra plática sobre Erik Satie, mi papá dijo que era un tipo al que le hubiera gustado conocer. Yo, como casi siempre, sostuve que a Freud; «olvidé» a Virginia Woolf.

Satie
Satie

Toparme con esa mujer enigmática y verla crear y estar presente en alguna de sus zambullidas de locura y penetrar el incierto mundo que la torturaba y preguntarle por su relación con Leonard, con Vita Sackville-West y con Vanessa e intentar entender su desesperación cuando decidió que moriría ahogada en el lago Ouse. Ahora sí, respiren…

Hoy leí que Irene Chikiar Bauer escribió Virginia Woolf. La vida por escrito, considerada la biografía “definitiva” de la autora inglesa. ¿Definitiva? Tendrá 900 páginas y estará sustentada en cartas, diarios personales y escritos autobiográficos, pero nadie, nunca, podrá penetrar la intrincada mente de nadie, y menos quizá en la de Woolf, habitante de ininterrumpidos pensamientos y vericuetos zigzagueantes.

Woolf vista por Roger Fry
Woolf vista por Roger Fry

Lo que acabo de decir es obvio, ¡gran contribución al devenir de la humanidad! A la señora Chikiar le llevó siete años escribir esa obra, que debe valer todo, máxime para quien dice haber querido conocer y tutear a Virginia.

Mi retazo iba a ser sobre las cámaras de llanta, sobre el posible rumbo que toman los automovilistas que conducen a las seis de la mañana de un sábado de abril, sobre mi sueño, en el que iba a votar —¡imagínense, ¿por quién rayos?!—, pero me dejé guiar por el piano de Glass, por la sutileza de la música que me trajo a Virginia Woolf en la oscuridad de un nuevo amanecer.

Till next.