Es ella

En sociedad la conocían como “Helen”, por aquello de arder Troya y la manzana de la discordia. Encendía pasiones, encantaba serpientes, paraba el tránsito. Aptitud, desparpajo y alegría en explosiva fusión. Hermosura cálida y encantadora.

Pero tiempo y circunstancias nos conducen al mismo lugar, sin importar punto del globo terráqueo, ascendencia, poder, fama, linaje ni código genético. Si no hay Paris que valga, mucho menos dioses olímpicos que intercedan.   

Aún vive en una de las calles más lindas de la ciudad. Los árboles han crecido; el arte, los museos, y también el auge de los anuncios, de la invasión visual, circundan las manzanas. Construcciones nuevas que se yerguen ante las cada vez más vetustas mansiones del rumbo; un kínder con sus tres picos de colores; espectáculos que dan al traste con la circulación; parques que reciben a caminantes, deportistas y amantes; camiones de pasajeros que cada fin de semana atestan esa calle, espaciosa, arbolada y sabedora de intimidades. ¿Guardará sus secretos?

Ahí está, casi tan mayor como quien la habita, descascarada, lista para derrumbarse con todo lo que guarda, con nada que atesora, desde su centro hasta la tierra misma. Dentro yace ella, tan grande y voluminosa como las injurias que propina, como el mal que se ha causado a sí misma, como la cresta de una ola que jamás llegó a su cúspide: se fue de bruces y se llevó entre las sales a cuanto tronco se cruzara en su vaivén.

El clásico ejemplo de la absoluta asimilación entre un humano y su circunstancia: camuflaje. Hay suciedad, podredumbre, desaseo, oscuridad, abandono. De esos abandonos que chupan la sangre, que nos hacen entrar en la boca del lobo sin haberlo deseado, que atemorizan y hasta paralizan.

Sigue ahí, en la misma posición horizontal de siempre, con un cuerpo enorme y ajado que se posa sobre una cama añosa que albergó cuerpos del pasado. Madeja de mujer rodeada por botellas de plástico vacías o con un poco de algún líquido lechoso; colillas de cigarro con pintalabios; un par de veladoras que cercan a una quinteta de angelitos muertos; fotografías de antaño, la mayoría en blanco y negro; pañuelos desechables sucios, un teléfono pegajoso y una televisión en programas religiosos o películas consagradas.

Duele, hiere, da terror, desarma, casi mata la exangüe sobrevivencia del visitante. Es más triste y abrasador que reconstruir con frialdad la crucifixión de Jesucristo. Los angelitos de las veladoras son hermanos e hija. Bajo la cama antigua se escondía el pánico infantil. El cuarto da señas de que se ha acabado de vivir, en vida.

Por ahí dormitan, también, algunos recortes de periódicos, enmarcados y amarillentos, delatores de mejores épocas: Bellas Artes y Sonia Amelio.

Igual asoma el recuerdo altivo y de belleza fría; la memoria de un llanto que desarma. El de la escritora de múltiples textos, entre ellos hojas de la Underwood donde tejió y vislumbró un destino atroz, duro como el balazo que penetró la garganta de Octaviano y como la bomba de tiempo que habitaba el corazón de Maurilio.         

Ojos hermosos, tristes, brillosos como canicas, inquietos, expectantes. Ojos que se abren para ver la luz de un día, de cada día que amanece muerto.

Momentos de vida (copia de un título de Virginia Woolf)

Ayer comí lo de siempre en el Centro Libanés: jocoque seco, garbanza, hojas de parra y keppe crudo con awarma (carnero picado en mantequilla). ¡Una delicia! Las consecuencias implican inflarme como globo y desabrochar el botón de mis jeans consentidos.

Mi amiga erudita soltó una frase que me hizo mella: “Suelo prender la televisión para ver qué historias me cuentan”. Después de un rato de amena y profunda plática nos levantamos —maltrechas las dos por estar tanto tiempo aplanadas— y fuimos por el coche. La boté en una parada del Metrobús sobre avenida Insurgentes y la emprendí hacia mi guarida.

Subí los consabidos cuatro pisos, cerré la puerta para aislarme de la actividad citadina, me despojé inmediatamente de los vaqueros y empecé a darle al incisivo rollito mental.

—¿Prendo la tele, leo, oigo música, me tiro sobre la cama, escribo mi retazo, o de plano sigo dentro del apabullante torbellino cerebral que me interna en las cisuras de Rolando y Silvio?

Rolando
Me di permiso de prender la T.V. Primero caí en una entrevista sobre Pinochet y Castro hecha al juez Garzón, cosa que propició que mi coco siguiera en la espiral, después me topé con una gringada, The Pacifier (Una niñera a prueba de balas), que vi hasta el final y que me entretuvo. Luego hice zapping hasta aterrizar en Thelma and Louise (1991), dirigida por Ridley Scott, y de la que tuve noticia gracias a una mención en When Night is Falling, de la canadiense Patricia Rozema.

Me atraparon el tema, la actuación y juventud de Susan Sarandon (Louise), la belleza y sensualidad de Geena Davis (Thelma) y mucho menos el joven Brad Pitt. As always, me inquietaba la hora  —era tarde—. ¡¿Caray, tarde para qué?! Total, me clavé durísimo y llegué al cierre.

No pretendo analizar la transformación de un par de mujeres que habitan una vida plana, de hartazgo y frustración, y que deciden irse de vacaciones, tal vez para eludir su cotidianidad. Su viaje dista de ser cotidiano, se convierte en huida,  pero también en la chispa que les permite salirse del tedio, afianzarse, vengarse, experimentar, crecer y sentirse capaces de tomar decisiones.

Disfruté de la música —The Ballad of Lucy Jordan, interpretada por Marianne Faithfull, ex de Mick Jagger—, de los paisajes alrededor de Oklahoma, de la estela de tierra que levantaba el Ford Thunderbird verde, de las nubes blancas estampadas en un cielo azul, pero sobre todo de la evolución de dos personajes femeninos que prefieren suicidarse antes que perder su libertad.

El final lo eligen ellas, Thelma y Louise, con plena conciencia. El poder de decidir las alió con una sonrisa y una muestra de amor:

—Let’s not get caught.
—What you talkin’ about?
—Let’s keep goin’.
—What do you mean?
—Go!
—Yo sure?
—Yeah…

Hacia el precipicio, a pesar del miedo, protegidas por el contacto visual, un apretón de manos, risa nerviosa y conscientes de su finitud.

De fondo B.B. King, Better Not Look Down

Thelma and Louise_2

Thelma and Louise

Hasta next.