Mudar, transformar, mutar

¡A escena!

Café —baristas, máquinas, tazas, onerosos paquetes de “oro negro”, vasos desechables, tintineos aquí y allá—; chocolates y pasteles; vinos y bebidas espirituosas; helados y panes —dulces y salados—; fiambres, jamones y quesos.

Seis a la mesa. (Cruza como nubarrón ventoso Thirteen at Dinner, de Agatha Christie) Tres con doble nacionalidad y tres con una (empate). Escucho voces en mi oído izquierdo mientras pido los cafés —persiste el murmullo cuando tuerzo el cuello y observo a Lupita D’Alessio en una portada («ah, jijo, ¡tiene la pinta de mamá!»)—; luego, cuando me enfoco en pagar los panes, de almendra, pistache y espinaca con queso, el sonido de esa voz envuelve mi oreja derecha. Medio titubeo, pero lo logro.

De repente, en un tris, la situación cambia —sí, igualito que en la vida real—. Tres se levantan en busca de un regalo para “sor Aya”; una adelanta la compra porque el tiempo se achica; otro, aunque no quiere dejarme sola, se lanza al “tocador” (horrible palabra para referirse al baño).

Me quedo sola, tranquila, pensativa, un tanto inquieta por la mudanza de las 15 horas. Privan sentimientos y sensaciones ambivalentes; lo sabrán quienes han desmontado, de pe a pa, la casa de su infancia.

Se van más objetos, cada cual con sus memorias, del habitáculo familiar —perchero, dos consolas, un par de curules, una mesita, la llamada “columna” (¿siempre se guardó ahí el papel de baño?), dos camas y el carrito de los brindis—, todo de buena factura, no como lo «úsese y tírese» de la actualidad.

Un hombre se acerca al área de socialización cafetera. Alto, enjuto, lento y medio chepudo. Atisba con la frente y los ojos cubiertos por una cachucha —¿era roja? Iba vestido, por supuesto, pero no podría describir su atuendo, dado que suelo nomás fijarme en el bulto—. Está cerca de nuestra mesa y oigo que dice: “No hay sitio”.

Cinco sillas vacías. Yo sobro en la sexta, por aquello del tiempo, ¿recuerdan? Le digo que nos vamos, que el lugar es suyo. Ambos de pie. Echo un vistazo a la mesa. Nos sobraron panecitos, “dos en cada bolsita” —anuncio en escena—. Se los ofrezco; él, gustoso, los toma y agradece. Me parece buena idea convidarle el café que no me bebí: “Yo lo quiero”.

Creamos un lazo. “¿Cómo te llamas?” —pregunta. Respondo. Acto seguido, me entero de que el octogenario se llama Gerardo. ¡Qué calibre de clic entre dos almas!:

—Me hiciste el día, Fernanda.

—Usted me lo hizo a mí.

Habla de palabras significativas: fe, amistad, empatía… Le digo, lo insto, ¿quizá vaticino?, que nos volveremos a ver. Porque a ambos nos daría alegría repetir el cruce de miradas y regresar a la burbuja, porque el bullicio y la jicotera flotaron en el aire que dejamos fuera.

Chocamos puños, por iniciativa suya, tres o cuatro veces. Lo mío, más atrevido, fue proponer un abrazo. Ahí, en ese instante, se produjo el milagro de mi sábado, el único de paz emocional que trajo un 22 de junio nublado y cada vez más vacío de cascarón familiar. Gerardo y yo, cual Zorro y Principito, nos miraremos de nuevo.  

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Las pulgas de don Roperazo

Toman otro rumbo. Se van, e ignoro si secretamente eligen su derrotero, pero es para navegar otras aguas con las que contar nuevas historias. Se convierten en libros con páginas por escribir y también en un cúmulo de interpretaciones posibles. Algunos guardan los secretos de más de un siglo y puede ser que otros apenas lleguen a los 40, pero el cambio de manos les regala vida, tiempo y posibilidades.

¿Por dónde anduvieron?, ¿qué tanto husmearon en la casa de los abuelos de la Roma?, ¿lograron descifrar lo innombrable?, ¿quién espiaba a quién?, ¿se embebieron de los aires conventuales de la madre? ¿Y los de Tres Picos?, ¿se acoplaron a una escritora coja, a un notario epiléptico y a la muerte de cuatro hijos?, ¿intuyeron lo que sucedería en uno de los cuartos de baño de la planta alta?

¿Atestiguaron, en fin, pactos de sangre, mentiras, promesas incumplidas, traiciones o existencias ocultas? Incluso unos cuantos deben haber pertenecido a bisabuelos y tatarabuelos, así que vienen de lejos y cada cual con su pátina. 

La lámpara de cabecera y el pequeño reloj circular se van a Bélgica. Vicente, tipo interesante; tatuado, con aretes y varios anillos, de inmediato puso el ojo en una pluma Cross y en un “frijol” —por no decir huevo— de madera. Enfatizó que colocaría la pluma en la oficina del hotel que tiene en Tepotzotlán. Elena, por su parte, le dio lustre al pez de cerámica austríaca que siempre percibí entre bambalinas. 

Hace poco encontré una vajilla que estuvo guardada cerca de 12 años. Pintada con florecitas negras, o sea, ¡cero mi gusto! El chiste es que, con harta maña, tenía un papelito pegado en el que se leía “vajilla F”, decisión unilateral de mi hermana. Aunque “me pertenecía”, se fue con una señora que irradiaba alegría e ilusión nada más de pensar en cómo luciría sobre la mesa y con los platos servidos.

Para mi satisfacción, también el personaje quijotesco —alto y enjuto—, Arturo, se acercó al tenderete. Dueño de una casa antigua en la calla de Francisco Sosa, en Coyoacán, se llevó la copia de un Tiziano en la que el bueno de Alberto Lezama retrató al papa Paulo III.

Como hice alusión al “Lugar de Coyotes”, del náhuatl, les cuento que los primeros en dejarse venir, cual marabunta, fueron los susodichos. Preguntaron al mismo tiempo e hicieron alharaca con la finalidad de distraer a los marchantes, que andaban ocupados con el montaje del puesto número 24.

Lo sucedido con los discos compactos —música clásica de la mejor calidad, no pirata, y monumentales compositores y directores— y las películas fue otro cantar. Apareció Raúl, cayotín que claramente iba a revender el contenido de tres bolsas grandes de plástico y una cajota.

—Se lleva todo en $2 000.                

—Le doy $1 100.

—Nel. Todos los discos son originales, a usted ni le gusta la música clásica, y además va a sacar más lana con la reventa.   

—$1 200.

—Ya le dije que no, lo menos son 2. Es una ganga por todo lo que se va a llevar, así que no le haga…

—Voy a dar una vuelta y regreso.

Nadie más se fijó en ese cargamento, así que quedaba claro que si Raúl volvía iba a tener que “bajarle”. El tiempo pasaba y, de repente, ¡»tiburón a la vista”.

—¿Tons qué?

—¿Qué de qué?

—$1 200.

—Ah, qué necio es. No le voy a regalar la colección de mi papá.

—Ps’ ya de seguro hasta vendió algunos.

—Mire, Raúl, la gente ha preguntado y no vendí porque usted fue el primer interesado. Yo sí tengo palabra.

—Yaaaa, que sean $1 200.

—A ver, así se la pongo, llévese el tambache en $1 500.

No quería quedarme con ellos y sabía que se iba a animar.

—$1 300.

—No, $1 500. ¡Ya qué le piensa, Raúl!

—$1 400.

—Ay, por favor, ya suelte los 100 pesos y todos contentos.

—Ps’ pa’ la gasolina…

—Bueno, pero usted qué bárbaro, ¿eh? Ni necesita pa’ gasolina y sabe bien que va a tener ganancia. La que está vendiendo barato soy yo. Se pasa, Raúl, ya nada más diga que sí…

—‘ta, pues, $1 500.

—¿Ya ve?, ¡santas pascuas! Ándele, ya ahueque el ala con todo.    

Una experiencia para soltar y abrirles la puerta a objetos que no elegimos, pero que ocuparon un espacio en la casa familiar. Objetos que crearon ambientes eclécticos. Objetos que le dieron personalidad, calidez, aplomo y cohesión al conjunto. Cohesión que no hallo en los parajes de Carlos Slim, más bien fríos, inhóspitos, megalómanos y plagados de edificios-enjambre.

Hasta la próxima, ¡ya en diciembre!

Despedidas

Entramos por distintas puertas, aunque al mismo tiempo. Como casi siempre, llegué a oscuras y gustándome la penumbra; por eso dos de mis sobrenombres son búho y murciélago. Íbamos a la cocina. Vi formas informes, pues suelo caminar sin anteojos por espacios conocidos. Distinguí un plato hondo de barro, pequeño, con algo negruzco dentro:

—¿Qué traes ahí?, ¿qué haces?

—…

—No vayas a quemar la casa…

—¡N’ombre!

Prendió el trozo de carbón, que, dijo, “ya no es como antes”, y esperó a que cediera la flama. Después sacó copal de una bolsa de plástico y lo puso en la lumbre. Observamos cómo se empezaba a quemar. (Si algo me gusta de las iglesias, que no frecuento, es el olor a incienso. Mientras más aromático y perceptible, mejor.) Después, los soplidos mitigaron la llama y avivaron el humo.    

La ofrenda, toditita montada por ella, estaba en medio de una sala casi vacía, donde aún quedan un par de sillones, libros y algunos objetos. Todo en el suelo. Acarreó el plato y entró por el comedor seco de muebles. Había retratos, cempasúchil, papel picado, pan de muerto, manzanas, tequila, ron, una veladora al pie del altar y un puro.    

Entonces, sin decir agua va, empezó. Se propuso sahumar la ofrenda. Regaló unas palabras a los muertos presentes antes de pasarme el barro. También les hablé, y lo hice convencida de que me escuchaban.

Lo que inició como una “coincidencia”, que no lo fue, se convirtió en un significativo deambular por toda la casa, tanto en el interior como en el patio que la rodea. Dos mujeres compartimos un recorrido al que luego, después de sentir, intentamos bautizar —decía Borges que “Detrás del nombre hay lo que no se nombra […]”—: paz, contento, tranquilidad, agradecimiento, comunión.

Coincidimos, eso sí, en que se traslucía la despedida. Quizás en el fondo, mientras caminábamos absortas por el sahumerio blanquecino, cambiantes ritmo y cabriolas, en San Pablo de los Remedios se enhebraba el sereno adiós de don Chema, padre, abuelo y bisabuelo, cuya presencia habría que incluir en un devoto y tradicional Altar de Muertos.           

El pasillo de Country Drive

Ese largo pasillo por el que iba y venía unas 40 veces al día. El mismo que Bella, la perra shih tzu de 14 años, con cuya vejez llegaron sordera y muy escasa visión, por no decir nula. Está convertida en un saco de manías y signos vitales, entre los que se cuentan recio ronquido, sonidos difusos, bufidos y lengüetazos, que no hacen más que avivar el horripilante olor que despide su cuerpecito peludo, el de una bola andante que todavía encuentra su comida, mueve la cola, pide salida con la pata y se estimula con alguno de los peluches que le salen al paso. Admirable. Quizá su origen tibetano le dé esa vibra zen. 

Recorría alrededor de 37 metros para llegar al cuarto de “la cojita”. Pierna inmóvil con escayola del tobillo a la parte alta del muslo. Muletas y silla de ruedas a su alcance, igual que medicinas, celular y cargador, computadora y base plástica para evitar sobrecalentamiento del regazo. Cuidadora privada y dedicada durante pasadita una semana; ofrecía café o té, y, con o sin su venia, preparaba desayuno, comida y cena. Nada complejos, aunque iban aderezados con cariño, algo de creatividad y espíritu de servicio.

El chiste era asegurar que se alimentara conforme a un horario, además de procurar que no le faltara nada. De otra manera, podía permanecer sola y su alma, sin perra que le ladrara. Eso sí, la fiel Bella se encargaría de entretenerla (¡otra noche sin pegar ojo!), ya con luces apagadas y puertas cerradas, haciendo valer su presencia —sigilosa al caminar a tientas— con cada numerito que, sin querer, le tenía preparado a la mujer que para entonces sumaba un par de cirugías en la rodilla derecha: reparación de tendón rotuliano, para ser precisa.

Mi primera noche fue digna de algún círculo del infiero de Dante. El viaje y la llegada a Gilroy me tenían segregando adrenalina. Estaba cansada, pero con energía en cada poro de la piel. Celebraba un logro más: volar a California y apechugar. Mediría mis riesgos, pero nada de pedir ni imponer en territorio ajeno. Logré conciliar el sueño, aunque de repente escuché la alarma del teléfono de mi sobrino. ¡Con un demonio! Me esperaba un día de medio arrastrar la cobija.

Por supuesto, él dormía a pierna suelta en la recámara de al lado, después de su inmersión diaria —hasta la madrugada— en los vericuetos de los videojuegos. En cambio, yo, ejemplar de reposo ligero, abrí el ojo como resorte. Me dispuse a conciliar el sueño cuando se activó por segunda vez: ¡carajo! Pa’ acabarla de amolar, el cucú del reloj francés acababa de abrir la puerta. Me levanté y recorrí el pasillo antes de las 6 de la mañana. “La cojita” y yo compartimos terrores nocturnos provenientes de distintas zonas cavernosas.  

Desde México advertí, con dedo flamígero, que no me haría cargo de alimentar a las mascotas: Bella, la vetusta; “Minion”, de personalidad paranoide, y Luna, gata amigable y poco arisca. Como la descendencia de la paciente tenía sus actividades, asumí el papel de dama de compañía solícita y dispuesta. “La cojita”, equivalente a mi hermana, me hizo sacar una lata de comida para perros del refrigerador. Huelga decir que asomaron las arcadas. La segunda lata, que tomé del “pantry” y que ostentaba una cuchara fría enterrada en la mezcla café excremento, me reconcilió con la textura y el olor de ese enigma.

Era de esperar que el tiempo transcurriría a gran velocidad; además de estar en la era de la inmediatez, de los incesantes estímulos, de las pantallas que lo abarcan todo y del “lo quiero, ¡ya!”, se vive con una prisa que, interna o externa, provoca la sensación de que el helado se derrite más rápido, la cachipolla se entremete en nuestras capas, y las noches y los días se suceden como el agua de río que enfoca su cauce en arrastrar cuanta piedra se pone en su camino.

Disfruté enormemente su casa y sus espacios, quedó nostalgia del pasillo y del brebaje mañanero. Conviví con Paula en circunstancias favorables para ambas. Sospecho que ni ella ni yo queríamos que llegara el momento en que de nuevo se bifurcaran nuestras elecciones vitales; sin embargo, caben aquí la conciencia y la certeza de que la rapidez nos dejaba con un buen sabor de boca…

Hasta la próxima. Espero no tardar.

2505

No a la superstición, aunque tampoco a la mera coincidencia. En cuatro años —cada día que pasa resulta más atinado decir “parece que fue ayer”— sucedió un par de veces: la primera vacuna pal’ covid llegó en 25 de mayo de 2021, y la graduación del ingeniero mecánico Pablo C. Aveleyra ocurre el mismo 25 del cero cinco de dos mil veintitrés. Y precisamente ayer elegí un libro al azar para compartir un poema con Nora. Al paso me salió Pedro Salinas, escritor español de la Generación del 27, traductor de algunos volúmenes del tiempo que se le perdió a Marcel Proust.

En todo se inmiscuye el tiempo; por cierto, de manera bella y volátil en un Reló pintado: “Las dos y veinticinco [otro 25, apenas ayer]. Sí. Pero no aquí, no. / ¿En qué día serían / las dos y veinticinco esas, / en qué mundo serán / las dos y veinticinco, de qué año? / ¡Qué bien está esa hora / boba, suelta, volando / por los limbos del tiempo!”.

Dondequiera que pintes tu reló y con quienesquiera que transcurran tus horas, hoy es aún veinticinco.   

Punto final.

Son sólo pedazos que nublan y salpican evocaciones de tiempos, espacios, formas, maquinaciones.

El apuesto tío abuelo —ojos claros, rubio, nariz recta, labios carnosos— de la fórmula química y el brebaje (¿33As?). Bien podía haber sido un príncipe o emular al Discóbolo. Una foto ovalada en blanco y negro, detrás del cristal de un librero antiguo, era suficiente para admirar tan hermosa virilidad.

El hermano y tío con nombre de emperador romano, a quien le corría un hilo de sangre que seguramente empezaba a secarse. Subió las escaleras de piedra y entró en el baño. Nadie en la casa de Tres Picos.¿Cuánto tiempo? El intenso rojo contrastaba con el blanco de la tina, con su belleza impasible y con las mejillas aún sonrosadas. ¿Alguien vio el revólver?

El chaval del 17 de junio, internado en un hospital psiquiátrico de la Francia de Jacques Chirac. Apenas 20 años, guapo, naturalmente fuerte y con dotes físicas extraordinarias. Sábanas en una escena que también mató a los vivos. La noticia llegó en época de yo tambaleante, el centro herido con esa saeta.

Ahorcamiento que dio con la del martes, de madrugada, en silencio aparente. Un libro con algo de seudónimo que esquivó su lengua materna, mas no el apellido de la madre; un mensaje (you came back a stranger), gritos con trazos de talento —¿como el de Munch?—; inesperada convocatoria a dar clic para llegar a misa.

¿Qué sucede en ese instante? Angustia, desesperación, agallas, miedo, desvalimiento, fuerza, rendición total: delgadísimo filo entre seguir aquí y dejar de ser cuerdo. Debe ser nada y todo el tiempo de decidir.

Joven varón que llevaba el nombre del fundador de la Ordo Cartusiensis. Piamio. Alfredo. Octavio. Albus Serra. Allen M. ¿Cómo torturaron su mente para huir de lo conocido y habitar el reino de las más personales tinieblas? Un reloj de arena que escupió granos imperceptibles.

El mayor pasaba los bajos 30.

¿Y si hablaran?

Se fue, redonda y garigoleada. Raro hueco el que dejaron sus pesadas patas en el centro. ¿Qué vio durante más de medio siglo? Si no hubiera estado condenada al silencio, ¿qué secretos y no tan secretos habría revelado? De entrada, su entrada: ¿cuándo llegó?, ¿de dónde vino?, ¿comprada, donada, heredada?

Si golosa, se le deben haber antojado los variopintos aperitivos que alojó; aunque, por lo general, los últimos años se redujeron a “bolitas con hueso” —aceitunas— y palmitos. En otras épocas desfilaron viandas con caché, como quesos, mousses, patés y carnes frías.     

También hizo las veces de banquillo de bebidas, espirituosas y no tanto, servidas con mano de hierro —“más mea un gato”, decía—, léanse whisky, vodka, ron, cognac y vino. Pasaron lista los París de noche, Chartreuse verte, Campari, jerez y oporto. El pulque llegó a sentarse en su redondez, igual que contadas copas de Vega Sicilia: «magnánimo» ex gobernador del Banxico…

Mullida y con las palmas de las manos abiertas abrazó al Niño Jesús, entre dos velas rojas, para celebrar la Navidad. Fue mientras duró la familia, que rezaba al pie de la mesa pasada la media noche. 

En asuntos menos píos, la madera se hizo cómplice del cosquilleo de adolescencias y primeras juventudes: flirteos, manitas sudadas, abrazos, apapachos, masajes (muy socorridos) y besos, desde sutiles “picoretes” —pasando por largos, cortos, desganados, de reconciliación, amables, robados— hasta el candente french, rayano en el otrora “faje”.

Testigo fue de las frecuentes modificaciones espaciales que sufrieron o gozaron, de acuerdo con el lugar asignado, cuadros —bodegones, arte sacro, autorretratos, cristos, vírgenes (dolorosas y con semblante menos apesadumbrado)— platones y platos, botellas y vajillas, jarrones, lámparas, plata y harta chingaderita.      

¿Qué nos dirían los objetos si pudieran hablar? ¿Qué, si se manifestaran con pancartas? Hay varios que a lo largo del tiempo comunican más que algunos terrícolas que ahogan voces internas, íntimas, solitarias, suyas.

Quede tal hábito pa’ la siguiente vuelta…

Solo para lectores

No pocas veces escuché sus carcajadas de cuarto a cuarto. Lo oía desternillarse de risa. Su cara y labios enrojecían, asomaba su dentadura y empezaban a brotar lágrimas. Luego se sacaba los anteojos para limpiar las micas con un paliacate rojo, prenda que lo acompañó del principio al final.

—¿De qué te ríes? —inquiría ella con curiosidad.

—Estoy leyendo a Wenceslao Fernández Florez, ja, ja, ja.

—Ah.

Ilustre desconocido para lo que solía leer, supe que se trataba de un humorista español. Recientemente, atizada por la misma curiosidad de tantísimos años atrás, me adentré en El sistema Pelegrín, obra que, me entero, fue llevada a la pantalla grande en 1952 por el cineasta Ignacio F. Iquino, quien también firmaba como Steve McCoy y John Wood.

De lectura fácil y agradable, el autor coruñés y mi jarro de café me acompañan desde temprano. Tipo ocurrente, simpático, informado e imaginativo, quien fue a estirar la pata en Madrid.

Ya la espicharon ambos, escritor y lector, pero queda alguien que recrea las teorías de un profesor con pasmosas labia y persuasión. Aunque medio enclenque, pasea a sus interlocutores por situaciones inverosímiles ligadas con el futbol, el tenis, el golf, la lucha libre y hasta el amor.

Me encantan las palabras. Hace unos días llegó a mi léxico “parajismero”, con todo y mueca. Pelegrín me ha soplado “tongo”, “alevín” y “pimplar”. Y como un libro regala sorpresas, este salto en el tiempo de 68 años me devolvió, ahora en solitario, algunas de sus expresiones y forma de hablar.    

—Entonces, ¿de ahí salieron cuando buenamente se pueda, estar envarado, perdidoso, boquear e intríngulis?

Omito el guion largo porque tengo la certeza de que las respuestas seguirán llegando…

Estimados lectores, recomiendo no poner pies en polvorosa antes de leer —y masticar con toda calma— tres frases del bigotón Pelegrín:  

“El fútbol ha dejado de ser un deporte para convertirse en un sentimiento”. ¿Alguien se atreve a negarlo?

“Tened bíceps en el alma y podréis reíros de un hércules”. Para reflexionar y actuar.

“Pelegrín soplaba con furia en el pito que llevaba colgado al cuello”. Frase más mexicana que española, ¿o no?

Hasta la próxima.

Una tarde cualquiera

Miranda estaba en su depa. Sentía frío. Iban a dar las seis de la tarde y se cansó de estar encerrada. Había recorrido paredes y espacios para hacerse una idea de qué lugar ocuparían los soldaditos de plomo, los coches y motos de la colección —ingleses (Corgi), italianos (RIO), españoles (Pilen) —, los ratones ojirrojos gris y blanco, las tankas tibetanas y el gallo de Chucho Reyes, entre otros objetos.

Pensó en salir a caminar. Ahí cerquita, al parque Pombo, para dar un rol y mirar el mercado de San Pedro de los Pinos, ahora remozado: aspecto uniforme, mejores pisos e iluminación, locatarios con idénticos letreros estilo “plata” y letras mayúsculas; en fin, predominio de rombos y cuadros azules y blancos. Adiós a la pintura que pegaba directo en el estómago con ese azul donde nadaban pulpos, peces, plantas acuáticas (¿será?)… Servía como pa’ apapachar la tripa con unos mariscos de La fuente de la juventud.     

Cierto que se ve más mono y arregladito, pero para su gusto le quitaron el aire de barrio y harto de colorido, porque cada puestero se daba a conocer como le venía en gana; las cartulinas de distintos tamaños y colores, la letra manuscrita de los marchantes y la imagen fresca —aún no sobada por las marcas publicitarias—, le daban un sabor original, diverso y atractivo.   

Miranda esperó unos minutos para salir a caminar, acompañada. Cuando la gente no es puntual —hay niveles, claro— y fluye con el tiempo como si no existiera, se arrecha, aunque por fortuna no fue el caso.

Iniciaron la marcha del lado de la acera izquierda, así que pasaron por la carnicería, la pollería, la peluquería, la hamburguesería, la tortillería y la birriería. La tintorería de Edgar desapareció en algún punto de la crisis covid.  

Solemos dar varias vueltas al parque. Por lo general encontramos niños y perros. Miranda carga con su fuero interno y evita ser tocada, rozada u olisqueada. En caso de no haber manera de quitarse, nomás saca su gel.

Con todo y que empezó a sonochar, se percató, con las antenas de toda una vida, de que el suelo, además de algunas porquerías cotidianas, albergaba un cubrebocas negro usado y, dos pasos más adelante, un pedazo de excremento bien embarrado en el piso. Detectados estaban, así que, simple y llanamente, dijo:

—Cuidado con la caca.

Trini asintió.

A partir de ese descubrimiento, Miranda caminaba tranquila por tres lados del cuadrado Pombo. Cuando llegaban al cuarto, el que está frente a la panadería, no podía evitar mirar de reojo —llevaba sus lentes de contacto— con el fin de “cachar” a Trini o a Karen con las patas en la mierda.

Fuera de eso, saldo blanco.