El patio de mi casa

Sirvió para entretener la trastocada mente de una víctima del TOC; para perfeccionar el arte y la habilidad de encestar; para divertimento y competencia del dúo padre-hija; para el disfrute y recreación de amigos y “compas” de trabajo; para aplacar y derrumbar el orgullo y los ánimos de unos cuantos “machines»; en fin, para pasar tardes y días enteros con pelotas entre manos, que no “en pelotas”.

Como era de esperarse, y con justa razón, llegó el día:

—Oye, pus ya nomás no vas a usar la cancha, ¿o sí?

—Pos la neta, no.

—Ah, pus te aviso que la voy a quitar.

—Ajá —con cierta nostalgia, como cuando dejamos de jugar frontenis en la enorme propiedad del doctor Mondragón—.  

Andaba por rumbos de Rhode Island, más o menos a cuatro horas de Nueva York, con el terror de lo ocurrido el 19-S y obsesionada con el ántrax. Había que dejar ir mi paraíso verde-amarelo, las líneas blancas, mi círculo rojo y el ancho poste de cemento que sostenía la canasta. Ni hablur, dicen que “todo por servir se acaba y acaba por no servir” (gulp).

Al mero principio fue un jardín que rodeaba la casa y que aún daba cuenta de papás e hijas. Hay fotos de “Monipepa” que atestiguan que me montaba en su espalda con mis caderas luxadas, y otras donde mi amor apache provocaba el llanto de la chillona de mi hermana. Había una fuentecita de piedra y los muebles de hierro vigentes hasta la fecha.

Total, que le llegó su hora. Al señor “don”, quien siempre fungió como decorador de interiores y exteriores —sin adláteres—, le ilusionaba acondicionar un patio, así que además de baldosas y piedras de río —puede ser invento de quien relata— lo embelleció con hartos macetones que alojan diferentes plantas, entre ellas ficus, granados y rosales.

Don Pablo era un ser sociable. Le encantaba organizar comidas y ayuntar a gente disímil para calar el resultado. El hecho es que si hacía buen tiempo les ofrecía “pan y vino” en el mentado patio, motivo de alegría y satisfacción. Era un pachá cobijado por los verdes, el sol, a veces un cielo muy azul, sus convidados y el vodka Oso Negro, con frecuencia criticado.    

De la familia, constituida por papá, mamá y tres hijas, ya partió un trío con el Señor. Quedamos doña Cisco, con más de la mitad de su vida en los United, y yo. Llámese responsabilidad, pandemia, sino, suerte, privilegio o todos juntos, soy la única integrante que ha tenido la oportunidad de vivir y gozar la casa de su infancia, que incluye el famoso patio.

Se ha convertido en el espacio donde me siento tranquila —recuérdense covid y trastorno obsesivo compulsivo en estado menguante— para recibir a personas —hombres y mujeres— con quienes comparto mis profundidades, mi pasión por la comida, el aire, la lluvia, sonidos y colores, aunque también risas, secretos, lágrimas, recuerdos, emociones y nuestra forma de estar en el mundo.

Ayer, cuatro horas de gozosa plática con un ser misterioso y mágico, mientras las sillas de antaño me aplanaban el trasero…      

¿Y cómo es él?

―¿Y el pésame?

―¿Cuál pésame?

Basta mirarme; no sé si paso por rabino, lunático, bicho raro o enfermo mental… Eso sí, más que sacerdote católico, soy El Mesías. Mis pelos siguen creciendo, por eso me los enredo en un chongo. La barba, que ya blanquea, es larga e ingobernable. Ni siquiera me doy cuenta de cuando se me pegan restos de comida entre la mata. 

En casa me pesa el tiempo; es un monstruo de varias cabezas que me observa desde el altar donde se ofician misas.

¿Misas?

Los caracteres, con sus combinaciones de tipos, gotas, glifos y remates, me persiguen. En la biblioteca, los libros se me derraman; me aplastan, como me aplasta el pasado de la cocina, de las recámaras inmutables, de las ollas y cacerolas de antaño; de los muebles que huelen a una capa de polvo invisible que acumula como 60 años.

Deambulo por el mundo de quienes tienen un pie en la tumba, la barriga en el fuego, el pecho bajo la tierra, la cara lívida y los ojos medio cadavéricos. El sombrero negro me separa del resto ―¿los vivos?―; me hace excéntrico, me convierte en una especie de detective pasado de moda.

¿Acaso aliento? Necesité crear un personaje para darme un yo: no soy el ministro religioso que consagra el cuerpo y la sangre del Señor; tampoco el amante de niñas «púberes», ni el homosexual que se esconde en el armario de su madre. 

Soy solo yo, que me hice visible a fuerza de trastocar mi identidad… y puedo fumar puro y beber y decir groserías y… soltarme el pelo. 

―¿Cuál pésame?