Escape del calvario

La puerta con escotilla le organizaba un viaje hasta el Nautilus del capitán Nemo. Poco importaba que fuera batiente y de madera. Se entrometía entre el antecomedor y el comedor; entre la cocina, calientita, y el estudio y la sala, fríos y oscuros.

En uno de sus vaivenes se cruzaron la niña y un hombre. Tenía que atreverse, así que levantó la barbilla para alcanzar sus ojos claros. En ese intercambio de miradas con significados disímbolos, reinó lo insondable. Ambos escucharon la frase, pero a la voz, como era de esperarse a los 11, le faltaba madurez:

—Papá, estoy mal, necesito ayuda.  

Un miedo atroz a lo que concebía como locura —aún se oía hablar de “manicomios”—; a perderse en su íntima negrura; a tener que resistir y cargar con la existencia; a petrificarse, sola, en el horror de la angustia.      

Pero tenía que haber una salida, otra oportunidad. Muchas veces quiso ser un perro callejero, que se la tragara la tierra, no despertar a la mañana siguiente, hacer un trueque de cerebro. ¡DESAPARECE R! Se antojaba difícil sin jalar el gatillo (¡pum!), sin una escena de pies colgantes, sin el salto al vacío, sin un corte preciso a la yugular.  

Con todo, descubrió que no era suicida. Y qué fastidio, porque nada había peor que estar consciente de que la línea entre la cordura y la locura era delgadita, tambaleante, casi invisible. Además, en una de tantas maquinaciones se le ocurrió que la otra orilla podía resultar peor. ¿Peor?… ¡Esa sí sería una tragedia!

Dio los primeros pasos de su viacrucis. En la terapia de grupo, lo que les afectaba a dos “compas” era totalmente cotidiano y light. Uno no tenía coche para transportar a la niña que le gustaba y la otra sacaba malas calificaciones.

¿Cómo escupir algo así?: “Les tengo pánico a las mujeres tocineta, bien pasadas de lorzas, y ando con las antenas afinadas para detectarlas”. Nel. A guardar silencio y, de plano, a consolarse por no ser la peor. Juan llegaría, perdido, al pabellón psiquiátrico del Español.

En el trayecto hubo un Judas Iscariote, una “maravilla” de psicoanalista que le rajó la confianza depositada sin cortapisas durante varios años. Tamañito animal. Le haría honor a su apellido, aunque no por ser el rey de la selva. Era un paria narcisista que, creyéndose águila real envuelta en huevo, terminó con un yo desplumado. A los ojos de su paciente, su superego cayó en una cloaca y se ahogó en aguas negras.

Reyes puso su rúbrica en el calvario. Fueron años aprovechados en los que no cupo el maniqueísmo, pero seguía teniendo sus sesiones desde la razón, es decir, conteniendo el paso de la vorágine de sentimientos. Haría falta tiempo para que explotaran con toda la fuerza de lo reprimido, con todo el impulso de un cáncer que tenía que abrirse paso a como diera lugar antes de pudrirse en las entrañas del dolor, la culpa, el enojo, el miedo y el rencor.  

Hubo una tregua antes de que el peregrinaje estallara. Coincidió con un periodo de estudio y docencia en el extranjero; con el derrumbe de las Torres Gemelas en Manhattan; con la muerte del “psicoanalista familiar”; con la primera experiencia de nieve que no solo se sentía en el pecho; con la recuperación de un tendón de Aquiles recién reparado; con la vida en un país donde, de no haber sido por las varias nacionalidades coincidentes en un departamento de lenguas, habría resultado tedioso convivir con puritito gringo.

La escotilla del Nautilus se hizo real. Cerrarla implicaba dejar atrás el día, un día que esperaba ser escuchado, salvado, más llevadero. Días con sus noches, sus minutos y segundos, sus tonos negros y blancos en busca de una paleta maleable.

Llegó 2006. Y con el trabajo, el compromiso y la confianza mutua llegaron las lágrimas, las emociones embarradas en la piel, la piel ávida de sensaciones, el nudo atorado entre el pecho y la garganta, el corazón que aprendió a doler, el dolor que fue atrapando a un cuerpo acostumbrado al resquicio craneal y al dominio de la mente.

Costaba creer que fuera la primera vez, sobre todo después de tanta voz, de cuantiosas palabras que iban y venían de un sillón a otro sin devolver un eco, de varios intentos que pavimentaron la entrada por la puerta grande, como la de Israel Galván en la plaza de toros de la Maestranza.

Años y años de manejar con destino a la cerrada. La puntualidad fue impecable; impoluta la decisión de vomitar sin filtro, pasara lo que pasara. Nada de mentiras ni engaños. Editar solo a partir de la verdad.

Una vez que se descubre que el único mérito humano consiste en ser un poco más conscientes del costal que llevamos a cuestas, llenito de prejuicios, creencias, estereotipos y un titipuchal de conductas inoculadas, entonces aceptamos que no hay retorno, que hallar las posibles salidas de nuestro laberinto nos hace mejores personas.   

Años y más años de caminar hacia el cuarto de mis secretos —otros no tan secretos—, de subir las mismas escaleras, de sentarme en el mismo sillón y de observar a la misma mujer; ella, que logró dar vuelta a la llave de una cerradura que cedía poco a poco a una aceitada de afecto, comprensión y honestidad.

Fue ahí donde aprendió que un enojo no implica una ruptura ni un abandono definitivos. También asimiló que del consultorio nunca saldría un alma virgen, aunque sí un ánima revolcada en beneficio propio. De ese lugar se retiró alguien que aceptó que corría vida por su sangre, a pesar de baches, hoyos, ranuras, pozos, abismos, fumarolas y hasta arena en los lagrimales.

Al final, los pasos del Calvario, ya mucho menos calvario, se apagaron, en un tris, por Zoom.     

    

      

 

Solo un poco

Es verdad, hace mucho que no charlamos. Lo que no sé es si te gustaría charlar conmigo. Te echo de menos ―escapadas, risas, confesiones, juergas―, pero no quiero que te tropieces con este otro yo que me deja poco tiempo para ser objetivo. Mis despertares son una alarma que no puse, pero que escucho. Y cuando la escucho me hago el remolón hasta que una brizna de voluntad me saca de la cama. Entonces me obligo a desayunar ―imagínate, casi no de mi café― y a hacer lo que no puedo dejar de hacer. Si no lo hiciera sería mi ruina.

Conforme pasa el día me siento un poco mejor. ¿Cómo te lo explico? Hay más claridad y menos dudas. Mi cerebro se da el lujo de aceptar ideas benévolas. Y cuando llega la noche me siento bien porque sé que se acerca la hora de dormir ―por fortuna, duermo―, de escapar, de olvidar, de no pensar, de soñar, y tal vez hasta de morir un poco. ¿Eso me hace un necrófilo? ¿O acaso me juzgo con mucha severidad? Es posible, porque siempre lo he hecho.

Lo cierto es que tengo poca paciencia para zambullirme ―dicen que solo será un tiempo― en mi mar gris. ¡Es desesperante! ¿Sabes? Quisiera abrir una puerta y caminar por el Campo de trigo de Van Gogh. Pero hay cuervos, ¿verdad? ¿Ves?, acabo traicionándome porque para mí esos pájaros son de mal agüero.

Quiero que sepas que morir un poco es como sacar una bandera blanca y pedir una tregua. Pero morir morir, lo que se dice morir, no quiero. Espero la noche porque puedo ver flores en un balcón de Barcelona, porque el calor no me da frío, porque me descubro como soy, y porque quizá, en una de esas, me encuentre contigo para seguir charlando.

Bajo la nube

A pesar de padecerla, qué lúcido estaba William Styron cuando describió la depresión. Es oscuridad. Oscuridad que se ve, se toca, se suda, se respira, se penetra, se absorbe y se entierra. Es una nube negra pegajosa e impertinente. Es un estado que aniquila la risa, la voluntad, la concentración, el deseo y la vida misma. Es un llanto profundo, desesperado, mordido por arenas movedizas, que desemboca en la más angustiosa zozobra. Sin más, se zozobra. Se está en una desvencijada barca, a la deriva, pura agua y nada de tierra firme. ¿Dónde colocar los pies para pisar con la fuerza que no se tiene? El conejo de la luna da igual, el sol a plomo ataca con frío, los pensamientos de negrura avivan la incertidumbre. ¿Y las palabras? Las palabras remolinan en la cabeza, desperdigadas; chocan unas con otras, se ensañan, rugen, asfixian la poca cordura que queda para recordarnos que estamos zozobrando.

Hay un ruido pertinaz en la azotea, pero no lo causan los acúfenos, sino ideas perniciosas que se persiguen sin tregua; una tras otra, una tras otra, una tras otra… Cuando ese ruido para es como si estuviera respirando dentro de una escafandra, inmersa en un silencio inusitado, desconocido, ajeno. Cada burbuja un pensamiento ponchado. Y cuando las burbujas viven y pasan frente a mis ojos se dispara el más atroz de los estruendos.

El alivio que llega con la noche, cuando se puede dormir, es un regalo de luz tenue. Styron se refirió a esos periodos de remisión “[…] como el paso desde un diluvio torrencial a un aguacero moderado”. Además hay enemigos etéreos, aunque nada sutiles, zurcidos a la piel; por ahí desfilan el miedo, la desesperanza, la inseguridad y las telarañas suicidas. Pero no pasan de ser telarañas, porque quizá sea aún peor brincar al otro lado y descubrir que se está ante las puertas del mismísimo pabellón de trastornos irreversibles.

Isabella

Isabella sabía que era real, tan real como que Julián, su hijo, se hiciera cortes en las piernas para sentir que respiraba. ¡Pobre Julián, sangrando como su madre desde la pubertad!

Sí, estaba segura de su calidad de tangible, y por eso había deseado que en su historia de 51 años hubiera habido más espejismos. Pero claro, ¡tenía la certeza de haber estado ahí!

Isabella, la pequeña y no tan pequeña Isabella, golpeada y violada. Su mamá internada en un pabellón psiquiátrico. La chica universitaria con mención honorífica. Una escuela de monjas retrógradas. Su hermana muerta dentro de una caja blanca. Rhode Island, el 11-S y la obsesión con el ántrax. El ejercicio físico como antídoto contra la locura. Sus novios. Aquel telefonazo que anunciaba el suicidio de su tío materno. La ayuda psicológica que ella había implorado a sus escasos 11 años. Sus pasos incrédulos recorriendo la plaza Taksim. La querida tía paterna entre carcajadas, depresiones y delirios. La boda de su hermano con una extranjera insulsa. El contacto en carne viva con la visible oscuridad de la que habló William Styron, esa que no podía rasgar ni con la navaja mejor afilada. Su carta al padre —como Kafka— y la inyección de morfina penetrando la piel de su madre. También la seducción y la violencia; la melancolía y el sadismo; la manía en la realidad; la cordura y el eterno vaivén del juicio.

Había sucedido, como que podía pellizcarse hasta ver y exprimir los cardenales, o mancharse con hilillos de sangre como los de Julián. Pero a veces Isabella sentía que ese poco más de medio siglo había transcurrido en su cabeza; idiotizada, clavada a una pared, dentro de un túnel sin aire: presa.

La fuerza del encierro era tal, la potencia de los sentimientos tan abrumadora, que la niña tomaba el lugar de la mujer y se hacía vulnerable, insignificante, temerosa; blanco seguro de cualquier estímulo. Y ahí, arrinconada en su agujero, recordaba que era una mujer atormentada por la vida real y por la que latía —pum, pum, pum—, sin tregua, dentro de su cerebro.