2016… y contando

A unas horas de que llegara el Año Nuevo caminé a la iglesia de Amatlán de Quetzalcóatl: pequeña, pintoresca, limpia, arreglada para la ocasión.

Me senté en una banca, la tercera de adelante hacia atrás, y agradecí un año más de vida. No voy a negar que también hice peticiones, algunas “especiales”.

Aproveché para interpelar a mi madre, dado que se supone que ahora, desde hace casi cuatro años, «está en todas partes» (¿todas será ninguna?) Como siempre, eché mis lagrimones, algunos teñidos de esperanza y otros más saladitos (sí, saqué la lengua y los probé), de profunda tristeza.

lengua

Me persigné, salí, les expresé mis mejores deseos a tres hombres que quizá esperaban para ayudar en la misa de 11 y tomé otra calle con rumbo a la “Casa de los viejos verdes” (ésta es otra historia).

Cerca de la media noche empecé a oír campanadas: arreciaban conforme la mano de quien jalaba la cuerda se animaba para acercarnos el 2016.

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¡Y los cohetes! (suena rarísimo, para mí siempre han sido cuetes, así que mejor no fumo a la RAE). Después del chiflido el truene, y en seguida una lluvia de colores entre los que predominaron el blanco, el rojo y el verde.

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Subí a la parte más alta de la casa, donde está el tinaco, y además del humo de la pólvora vi más luces disfrazadas de luciérnagas desparramando chispas de colores sobre los cerros.

Ya no me tapaban las frondosas ramas de los árboles: predominaban la salpicada oscuridad, las siluetas creadas por la naturaleza y la animada banda, estática o en peregrinaje por el despierto pueblo de Amatlán.

Esta temporada suele darme p’abajo, aunque estoy lista para más despertares si allá —o acullá— «álguienes» quieren que siga transitando (aquí quiero el gerundio, ¡cómo que no!) por estos lares.

A mis cuatro lectores, como diría Armando Fuentes Aguirre, Catón, ¡feliz año bisiesto!

¡Pinta, mi reina!

Todo el día tuve frío; imagino que la congeladora echó raíces en mi cuerpo.

Ahora llueve, así que me guardo: no salgo a caminar; me quedo con las ganas de ir al parque Miraflores y de tomar un «cafetín».

¿Saben?, por lo general me receto, convencida de mi ineptitud, que las manualidades no se me dan: dibujar, pintar, moldear con plastilina, coser —ya no se diga tejer—, arreglar (to fix) e incluso abrir un regalo.

Y lo manual, que debe ser terapéutico, me vendría bien, porque en vez de atascar mi cabeza con cientos de ideas y pensamientos que me catapultan a la tristeza estaría entretenida intentando apaciguar mis manos, de por sí atrabancadas e impacientes.

Pues ahora, en un intento por frenar la velocidad Boltiana (recuérdese al velocista jamaicano Usain Bolt) de la loca de la casa, me han puesto a colorear.

—¿Qué?

—Sí, te compras un librito de mandalas para colorear.

—¿Es una orden? (Leo que mandala es una palabra tibetana que significa «aquello que rodea a un centro«. También recurro a oooooom Wikipedia; me entero de que para Jung el centro del mandala figura al sí-mismo. ¿Qué habrá en el centro de mi intrincado mandala que ha pugnado por apropiarse de su proceso de individuación?)

http://www.berzinarchives.com/web/es/archives/advanced/tantra/level1_getting_started/meaning_use_mandala.html

https://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%A1ndala

—Sí.

—¿Y me siento con placidez a iluminar como cuando iba en la primaria?

—Con placidez o sin ella, necesitamos sacarte de tus pensamientos. Compra unos colores que te gusten y cuando empieces a rumiar tus penas, ¡pinta!

prismacolor
Aquí los 24 lápices de colores Prismacolor.

Nótese el autoritarismo: Nazi Style.

nazi

Tiendo —ahora con menos enjundia— a tiznar mi vida: negro y blanco, sin matices ni escalas de grises. Quizá me haga bien elegir un color, sacarle punta al lápiz y mancillar el papel hasta que los pedacitos de mi mandala adquieran tonos intensos, tirándole más al arco iris que a la oscuridad.

Habrá recovecos negros, estoy segura.

Hasta pronto.

¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.

El mismo mar

Cuando estudié en Rhode Island, mi clase favorita la impartía Roberto Manteiga. Leímos a varias mujeres españolas, entre ellas Esther Tusquets, Carmen Martín Gaite, Mercè Rodoreda y Carmen Laforet.

Me encantaron Tusquets y El mismo mar de todos los veranos, título que con todo y poesía me lleva al común “la burra al trigo” y al nada poético “la misma mielda”, con el excremento sonorizado a la puertorriqueña.

En serio, si no hago todo lo posible por hacer, por entretener a mi cerebro, se me aparece el mismo mar, con la misma sal, idénticas olas, y hasta la misma pelota roja que va a guardarse en las aguas próximas al cielo.

Estoy cansada, llena de esa sensación ardorosa que me provoca estar dentro del agua y al mismo tiempo ahogándome en mis pensamientos, pero como ahora no puedo destapar la cañería, quédense con un pedacito de El mismo mar…:

«Sólo encuentro en el baúl este disfraz agobiante e incómodo, que me oprime de una forma terrible el pecho y la garganta […], un disfraz guardado años y años en el baúl de los disfraces —el disfraz de todas las angustias, de todos los miedos, de toda la tristeza de una infancia […]»

portada_Tusquets

Las palabras de Tusquets me jalan cual imán al enrarecido ambiente de los personajes de la serie Bates Motel, donde el abuso, la asfixia, el miedo y la enfermedad impregnan el aliento y sellan las paredes del universo infantil y penosamente adulto de quienes estamos vivos.

Hasta la próxima.

Tras bambalinas

Con frecuencia pronuncio —cuando lo hago en silencio nadie me escucha, aunque debe notárseme en el gesto— dos frases que de por sí me agotan: estoy cansada y tengo hueva. Atrás del cansancio, estoy segura, se esconden palabras como soledad, tristeza, miedo y apatía.

Hoy es un día #grisáceotirandoanegro. No quiero más que llegar a mi casa y cerrar la escotilla, como habría hecho el capitán Nemo a bordo del Nautilus.

capitan-nemo

Sí, me pasa seguido, y todavía lucho contra los sentimientos que me estacionan en el desgano, como si no pudiera aceptar que me constituyen.

Deseé compartirles un cachito del Amor, con mayúscula, que Saramago nos regaló en Historia del cerco de Lisboa. Busqué el libro desde temprano y no lo encontré. Creo que lo hice porque hoy quiero que mis palabras se queden tras bambalinas, se me agotan el aliento y las ganas, como si necesitara oxígeno.

Recurro a El mundo, de Juan José Millás; abro el libro y me encuentro con un párrafo que subrayé y que a un lado tiene la inicial de mi nombre: “De esta revelación se dedujo que tampoco el mundo estaba mal hecho en contra mía. Quizá ni siquiera estaba mal hecho. El mundo era como era […]; había en él dolor y daño, desde luego, pero no se trataba de un dolor y de un daño puestos ahí para amargarme…”.

bambalinas

Mi abuela diría Skip it y mi sobrino Teik it isi, tía F.

Yo caigo en la cuenta de que mañana será otro día.

Don gato y su pandilla

¿Recuerdan esa caricatura? Fue producto de la ideación de un tal Luis Pistocchi (1961) y sólo acumuló 30 episodios.

Recuerdos de infancia...
Parte de mi infancia

Viene a cuento porque así se autonombra un grupo de limpiavidrios a quienes saludo todos los días mientras me acerco al semáforo de Barranca del Muerto. El gesto consiste en chocar los puños y en un ameno intercambio de palabras.

Me simpatizan porque tienen el tino de preguntarle al conductor si quiere que le limpien el parabrisas. Ellos no sorprenden por la retaguardia ni lanzan el chorro de agua a metro y medio de distancia. Al principio discutía con Omar, quien no se tomaba la molestia de indagar —¿por qué habría de tomársela, si su objetivo es ganarse unos pesos para comer?—, hasta que intervino alguien de la pandilla…

—¡Ya no molestes a la güera!

¿Cómo sobreviven?, ¿cuánto ganan al día?, ¿hacia dónde se dirigen cuando termina su jornada?, ¿qué les llevan a los suyos?

Se acercaba la temporada de fiestas, abrí la ventana y me transmitieron un mensaje: querían que les regalara ropa para sus hijos.

—¿De cuántos años? —pregunté.

Pero no iba a funcionar, así que empecé a pensar en lo que sí podría darles. Le eché harto coco e incluso pedí consejo.

—¿Qué prefieren, que a cada quien le dé una lanita o que busque algo diferente, nomás para ustedes?

Me imaginé que Don Gato, Cucho, Demóstenes y secuaces escogerían, como dicen, un varo.

—¡Un regalo!

Me emocionaron sus ojos, brillantes y muy abiertos, que a pesar del ruido, el tránsito y las mentadas de madre lograban ver una sorpresa. Difícil transmitirles la ilusión que sentí, quería pintarles una sonrisa y alejarlos, aunque fuera un instante, de su barranca del muerto.

Antes del día 24 les llevé una rosca de limón y después del 31, para brindar por un nuevo año, dos botellas de Asti, un vino dulce y bajo en alcohol.

—Les deseo lo mejor. ¡Váyanse leve cuando se lo tomen y compartan con la pandilla! Y ojo para que no los agarre el Oficial Matute.

Risas, tan genuinas y frescas como las lengüeteadas de un cachorro.

Caray, ¿qué hizo uno para merecer lo que tiene? Nada. ¿Por eso me sentí tan plena al compartir?

Omar está muy flaco, lo miro perdido y en su nebulosa. Ese hombre delgado, musculoso y bien parecido aún no se vence. Ayer que pasé intentaba hacer su chamba. Abrí la ventana, chocamos el puño como si fuéramos superhéroes y nos vimos a los ojos. La lengua se le hizo bolas dentro de la boca, pero escuché su plática-confesión-súplica:

—Me hace falta varo

Arranqué, a punto de lágrimas y en medio de mi nebulosa, abundante en nieblas de profunda tristeza.

Hasta la próxima.