¿Yo?

La conciencia duele, cala. Lo fácil, lo llevadero, es vivir en Babia, evitar cuestionamientos que resquebrajan, aprovechar las distracciones que nos ofrece este vertiginoso paseo, habitar una burbuja de cristal donde solo hay que regar flores, ocuparse de tal manera que cuando llega la noche se mata cualquier pensamiento por el que se escurra un yo.

¿Quién quiere enfrentarse a sus monstruos, a sus demonios, a un túnel enterrado en el inconsciente? ¿Quién se atreve a adentrarse en los pasadizos más oscuros de su psique? Gracias a Freud sabemos que todos los días convivimos con un yo que no se parece a ninguno de nosotros, es decir, con una contundente falsedad.

Sí, la conciencia duele, pero también nos abre la puerta para conocer y comprender al verdadero yo. Ahí, frente a frente, el ser desdoblado esgrimirá el florete para decidir si se venda los ojos o se arriesga a batirse en lodo.

Imagen: https://www.google.com.mx/search?q=freud+en+dibujos&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwj1r_n03aTcAhUPTawKHRtZDAsQ_AUICigB&biw=994&bih=465#imgrc=1cjUib7OQfH_fM:

Home alone

No le gusta estar sola. Cuando uno está solo y despliega poca actividad, hay tiempo para pensar, y la mente puede darse el lujo de enchinchar y de alborotar a la gallina.

Decía que a ella le choca la soledad; tanto, que de ser alérgica a perros y gatos se acostumbró a su pelaje y olores para cuando en la casa ―y de paso en la cama― se sintiera el nido vacío. ¿Qué mensaje le llega con ese hueco? ¿Que no la quieren?, ¿que en realidad todos venimos y nos vamos solos? ¿La asustan sus pensamientos? ¿Se le recrudece la huella de abandono? ¿Acecha la sombra perenne de la muerte?

El chiste es que cuando se queda sola, tres animales ―dos perros y una gata― toman el lugar de tres homo sapiens. Miento. Una de esas especies es un «mal llamado» homo sapiens, o sea, un homo brutus, con perdón del de las caricaturas.

En días como esos, al entrar en el nido vacío, se topa con la alegría exacerbada de su microzoológico. Una brinca, da volteretas, ladra y corre enloquecida con dominio del territorio; otra, una bola con pelos, camina con esfuerzo hacia ella, le dirige una mirada de «¿por qué me abandonas, mamá?», y bufa de embriagadora felicidad; la gata se escurre entre sus piernas, entiesa la cola y maúlla.

¡Hay luz al final del túnel! Los sapiens ―reitero,  son solo dos― aún no llegan, pero ella, ya con bata y elegantes flip flops después de otro día ajetreado, puede disfrutar de sus simpáticos y disímiles seres vivos: la perra mayorcita, a cambio de unas cucamonas, estará dispuesta a ser su tapete, almohada, cobija o calentador sin enchufe; la perra mediana, hiperactiva y zafada, la hará desvariar con sus ocurrencias, y la gata, para achicar el hueco, rasguñará la puerta con insistencia hasta que ella, somnolienta, decida abrirla.

Isabella

Isabella sabía que era real, tan real como que Julián, su hijo, se hiciera cortes en las piernas para sentir que respiraba. ¡Pobre Julián, sangrando como su madre desde la pubertad!

Sí, estaba segura de su calidad de tangible, y por eso había deseado que en su historia de 51 años hubiera habido más espejismos. Pero claro, ¡tenía la certeza de haber estado ahí!

Isabella, la pequeña y no tan pequeña Isabella, golpeada y violada. Su mamá internada en un pabellón psiquiátrico. La chica universitaria con mención honorífica. Una escuela de monjas retrógradas. Su hermana muerta dentro de una caja blanca. Rhode Island, el 11-S y la obsesión con el ántrax. El ejercicio físico como antídoto contra la locura. Sus novios. Aquel telefonazo que anunciaba el suicidio de su tío materno. La ayuda psicológica que ella había implorado a sus escasos 11 años. Sus pasos incrédulos recorriendo la plaza Taksim. La querida tía paterna entre carcajadas, depresiones y delirios. La boda de su hermano con una extranjera insulsa. El contacto en carne viva con la visible oscuridad de la que habló William Styron, esa que no podía rasgar ni con la navaja mejor afilada. Su carta al padre —como Kafka— y la inyección de morfina penetrando la piel de su madre. También la seducción y la violencia; la melancolía y el sadismo; la manía en la realidad; la cordura y el eterno vaivén del juicio.

Había sucedido, como que podía pellizcarse hasta ver y exprimir los cardenales, o mancharse con hilillos de sangre como los de Julián. Pero a veces Isabella sentía que ese poco más de medio siglo había transcurrido en su cabeza; idiotizada, clavada a una pared, dentro de un túnel sin aire: presa.

La fuerza del encierro era tal, la potencia de los sentimientos tan abrumadora, que la niña tomaba el lugar de la mujer y se hacía vulnerable, insignificante, temerosa; blanco seguro de cualquier estímulo. Y ahí, arrinconada en su agujero, recordaba que era una mujer atormentada por la vida real y por la que latía —pum, pum, pum—, sin tregua, dentro de su cerebro.

¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.

De pasadita (sin túnel)

Triste leer que «sólo en México» —y lo subrayan—, «sólo en México matan a dos secretarios de Gobernación y se fuga dos veces El Chapo»…

Monsieur Peña Nieto, como pavo real al presumir su captura, declaró a León Krauze que «sería imperdonable» que se volviera a escapar. Sí, señores, se tomarían las «debidas providencias».

http://mexico.cnn.com/nacional/2015/07/12/la-advertencia-de-pena-sobre-el-chapo-que-se-convirtio-en-realidad

El tiro por la culata, mejor que se encomiende a la divina Providencia; es mucho pedir, está en Francia con una «pléyade» de mexicans que fueron a dar un rol; de paso tun tun a ver la Torre Eiffel iluminada y a comprar uno que otro souvenir.

eiffel

Mexique: la traque d’ «El Chapo» Guzmán continue (Le Monde)

Mexican drug lord «El Chapo» Guzmán escapes from prison again (The Guardian)

La gran obra del Señor de los Túneles (El País)

Traficante Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán foge pela 2a vez no México (O Globo)

Stunning Escape of Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán Fuels Mexicans’ Cynicism (New York Times).

Desazón. Vergüenza. ¡Ficción! Superrealismo: el pan de cada día.

Hasta la próxima.

Drogas por encimita

Nunca me dio por probar drogas, vaya, ¡ni siquiera se me han antojado! Además, no vaya a ser que me quede en un bajón de ánimo del que no salga.

Debe ser terrible depender de alguna sustancia tóxica, llámese como se llame: coca, cristal, heroína, mariguana, metanfetamina —la «buena» de Walter White, protagonista de Breaking Bad— piedras de no sé qué, honguitos alucinógenos y un largo etcétera.

walter white

Las menciono, aunque acepto mi ignorancia y mi profundo desinterés en las susodichas, incluidos nicotina y alcohol. Eso sí, yo tengo mi cúmulo de droguillas prescritas con el fin de aplacar los desequilibrios de mi química cerebral, así que también soy dependiente.

hongo_alucinogeno

Plática de parque, revela que estoy en la luna:

luna

—Huele a mariguana.
—¿Cómo sabes?
—Pues es que percibo tal y tal y es un olor como dulzón y huele a hierba y a planta y aquí están fumando.
—Sí, me llega un olorcillo, pero no sabía que era de mota.
—Chale, estás en la nube (bajé de la luna y caí en la nube).
—Prefiero.

Hace años también preferí desaparecer de una fiesta organizada por mi amigo J antes que convertirme en fumadora pasiva de pot, no fuera a ser que los vericuetos del humo se escabulleran por doquier y llegaran a mi cerebro. Una exageración, ¿verdad?

Hace tiempo leí algunas notas sobre la desomorfina, comúnmente conocida como Krokodil (cocodrilo entre los cuates). Me espeluznó, es más potente que la morfina, carcome la piel, provoca daños en tejidos y músculos y una muerte considerablemente rápida. ¿Fastidiarse la vida por una sustancia que actúa rápido, pero cuyo efecto dura poco? ¡Qué miedo! El meollo, creo, es que una dosis cuesta entre tres y cinco veces menos que una de heroína.

http://es.wikipedia.org/wiki/Desomorfina

En una sobremesa de desayuno me platicó A que un día estaba en el Metro de la ciudad de México alrededor de las 22 horas y que la abordó un chavito de unos 14 o 15 años para preguntarle la hora. Acto seguido le ofreció venderle mariguana. ¡Qué cantidad de cosas me son ajenas!

El chiste es que expreso mi más genuina solidaridad con quienes son adictos a alguna sustancia, con las personas que experimentan síndromes de abstinencia, con quienes incluso sacrifican su dignidad y su vida por sentirse menos ansiosos, decepcionados, solos, dentro de un túnel sin salida, al borde de cierta “locura” que desean aminorar aunque sólo sea durante un par de horas.

Hasta pronto.