Vivimos, cual avestruces, inmersos en el consumismo, en una época abocada a crear necesidades. Lo atestiguan las cremas y procedimientos Anti-Aging, los concursos de «misses» que más bien son de cirujanos plásticos, las marcas, la moda —¡patéticas pasarelas infantiles—, la tecnología…

Hace años había una pequeña tienda de deportes frente a la glorieta de Masaryk, en la cuadra donde hoy está La Parrilla Suiza. Por lo general iba en busca de tenis y de unos shorts que tenían tres rayas de cada lado. Desde entonces me gustaba Adidas, aunque no me pasaba por la cabeza la tamaña influencia de una marca ideada por el empresario alemán Adi Dassler.

¡Y los gadgets!
—Tu celular todavía sirve, ¿no?
—Sí, pero ya salió el 6.
—Ah, caray, ¿y qué novedades ofrece? ¿Ya te fríe un huevo en la pantalla?
Tengo un teléfono que hace monerías y bajo aplicaciones, aunque creo que ignoro su potencial. Eso sí, me siento sabelotodo cuando mi interlocutor es una persona de la “cuarta” edad… Uy, qué malcriada.
—Me parece padre esto de Uber, ya estoy pensando en usar el servicio.
—Si quieres te bajo la aplicación.
—¿¡Qué es eso!? ¿Me la bajas de dónde?
—A ver, calma, es un programita que pondrías en tu celular para pedir un taxi. ¿Quieres que lo haga?
El diálogo continúa, con altibajos, hasta que llegamos a la parte de…
—¿Cuál es tu contraseña de App Store?
—¿Contra qué?, ¿ap qué?
Caso perdido.
Al grano, madame, regresa y cuéntanos por qué iniciaste con el consumismo. Me «inspiró» la visita a Petco, tienda para mascotas que me dejó boquiabierta.
Supongamos que se trata de un perro. El susodicho necesita comer, beber agua, un collar, una correa, una placa con sus datos, algunos juguetes y harto apapacho. Habrá quien diga que también muere (el can) por tener dinosaurios, tiburones, huesos de todos colores y sabores, luchadores de sumo que chillan a mordidas, correas aderezadas con fregaderitas y todo un montaje de galletas y trufas que bien podría confundirse con la sección de golosinas de una tienda departamental.

En fin… Acepto, con la cabeza en alto, que si fuera la única clienta de algunas empresas las llevaría a la quiebra. Aplico la trilladísima frase Such is Life.
Hasta la próxima.
