―Oiga, Doc., ¿hay algún chocho que sirva pa’ que me sienta más estable? Es que yo oscilo como badajo de campana o como columpio de niño hiperactivo. Y no me late, ¿sabe?, porque generalmente me da por el desasosiego. Ah, caray, ahora recuerdo que cuando era niña mi abuela me decía: “Estate sosiega”. ¿Será que desde entonces? Es como cuando llega una fámula y le dice a su patrona: “No me hallo”. O como cuando quiero tomar vacaciones, pero sin mí. En fin, sépase que me tomo, empino, mastico, embarro… lo que me dé. Así es esto, Doc. Y no es que quiera que en la calle me confundan con una junky, ¿eh? Ajá, eso, lograr un equilibrio que me dure un poco más que quitarle el sabor a un chicle.
vacaciones
Mercadotecnia pura
Tavo era un cuarentón obsesivo y desaliñado, aquejado por una severa adicción: bebía 2.5 litros de leche todos los días, cosa que implicaba poner a remojar sus copiosas barbas semiplateadas en un líquido ya blancuzco.
Cuando era niño, más de cuatro décadas atrás, acompañaba a su mamá a hacer la compra; además de que en ese entonces su bebida predilecta sabía distinto, sólo recodaba tres marcas: Alpura, Boreal y Lala. Se envasaban en Tetra Pak, y había que consumir el fluido con cierta celeridad para que no se echara a perder.
De chavalillo saboreaba, con la lengua pastosa y los ojos en blanco, un líquido sápido y con cuerpo —ahora es más bien aguado— que lo transportaba a la vaquería “La Chula”, propiedad de sus abuelos en el estado de Hidalgo. El abuelo Jacinto le contaba que don Teodosio, su padre, había repartido leche montado en un burro que se llamaba Narciso. ¡Qué recuerdos! Un día Narciso quiso montar a una burrita pizpireta que tenía la cola chamuscada. Lo malo es que lo había hecho con el bisabuelo encima, peripecia que puso punto final a su gozosa historia láctea.
Gustavo vivía solo y su obsesión; por supuesto, parte de sus quehaceres, además de vender su trabajo como encuadernador y de devorar páginas porno en internet, consistía en hacer el súper. Era un verdadero suplicio pararse frente a los anaqueles de un pasillo completo y observar la diversidad lechosa, similar a la diversidad sexual, que hoy suma a sus siglas LGBT las letras TTIQA.
Ahora no sólo se indica que el líquido es “100% de vaca” y se omite la leyenda “hace nata”, sino que se tienen en la mira una bola de presentaciones y marcas que señalan que la leche es deslactosada, light, deslactosada light, orgánica, baja en grasa (¿equivalente a light y semidescremada?), sin hormona STBr —se la inyectan a las vacas para que produzcan más leche—, kosher, con 70% + proteína y 30% + calcio, especial para mujeres, de sabores, soya, almendra, en polvo, coco, ¡entera!
Total, que Tavo se volvía loco mientras se mesaba las barbas, hasta el punto de arrancarse unos cuantos pelos o de hacerse churritos con el dedo índice… ¿Qué pasaría si tomaba una Alpura Mujer, o una Lala Salud-para-toda-la-familia, o una Alpura Kids, o una Siluette? Podía, sencillamente, meter la Alpura 40 y tantos en el carrito, pero en ese instante se le llenaba la cabeza de la leche bronca que con gran tino le daba Jacinto cuando pasaba las vacaciones en la vaquería.
Si se quería llegar al colmo del absurdo, Tavo buscaría la manera de toparse con algún representante del gremio lechero para hacerle algunas recomendaciones de bebidas lácteas que no podían faltar en los estantes de las tiendas: leche para ancianos desdentados (con mucho calcio), para mujeres con SDPM, para obesos en franco deterioro (Lala Fatso), para bebés gasificados, para hombres «andropáusicos», para mirreyes con acumulación de crudas (resacas), para adultos en plenitud con dentaduras postizas, para mujeres sin intención de concebir, y hasta para motorolos bebedores de leche de vaca californiana alimentada con cierta hierba.
Hasta pronto.
Momentos de vida (copia de un título de Virginia Woolf)
Ayer comí lo de siempre en el Centro Libanés: jocoque seco, garbanza, hojas de parra y keppe crudo con awarma (carnero picado en mantequilla). ¡Una delicia! Las consecuencias implican inflarme como globo y desabrochar el botón de mis jeans consentidos.
Mi amiga erudita soltó una frase que me hizo mella: “Suelo prender la televisión para ver qué historias me cuentan”. Después de un rato de amena y profunda plática nos levantamos —maltrechas las dos por estar tanto tiempo aplanadas— y fuimos por el coche. La boté en una parada del Metrobús sobre avenida Insurgentes y la emprendí hacia mi guarida.
Subí los consabidos cuatro pisos, cerré la puerta para aislarme de la actividad citadina, me despojé inmediatamente de los vaqueros y empecé a darle al incisivo rollito mental.
—¿Prendo la tele, leo, oigo música, me tiro sobre la cama, escribo mi retazo, o de plano sigo dentro del apabullante torbellino cerebral que me interna en las cisuras de Rolando y Silvio?

Me di permiso de prender la T.V. Primero caí en una entrevista sobre Pinochet y Castro hecha al juez Garzón, cosa que propició que mi coco siguiera en la espiral, después me topé con una gringada, The Pacifier (Una niñera a prueba de balas), que vi hasta el final y que me entretuvo. Luego hice zapping hasta aterrizar en Thelma and Louise (1991), dirigida por Ridley Scott, y de la que tuve noticia gracias a una mención en When Night is Falling, de la canadiense Patricia Rozema.
Me atraparon el tema, la actuación y juventud de Susan Sarandon (Louise), la belleza y sensualidad de Geena Davis (Thelma) y mucho menos el joven Brad Pitt. As always, me inquietaba la hora —era tarde—. ¡¿Caray, tarde para qué?! Total, me clavé durísimo y llegué al cierre.
No pretendo analizar la transformación de un par de mujeres que habitan una vida plana, de hartazgo y frustración, y que deciden irse de vacaciones, tal vez para eludir su cotidianidad. Su viaje dista de ser cotidiano, se convierte en huida, pero también en la chispa que les permite salirse del tedio, afianzarse, vengarse, experimentar, crecer y sentirse capaces de tomar decisiones.
Disfruté de la música —The Ballad of Lucy Jordan, interpretada por Marianne Faithfull, ex de Mick Jagger—, de los paisajes alrededor de Oklahoma, de la estela de tierra que levantaba el Ford Thunderbird verde, de las nubes blancas estampadas en un cielo azul, pero sobre todo de la evolución de dos personajes femeninos que prefieren suicidarse antes que perder su libertad.
El final lo eligen ellas, Thelma y Louise, con plena conciencia. El poder de decidir las alió con una sonrisa y una muestra de amor:
—Let’s not get caught.
—What you talkin’ about?
—Let’s keep goin’.
—What do you mean?
—Go!
—Yo sure?
—Yeah…
Hacia el precipicio, a pesar del miedo, protegidas por el contacto visual, un apretón de manos, risa nerviosa y conscientes de su finitud.
De fondo B.B. King, Better Not Look Down…
Hasta next.
Me simpatiza el Grinch
¿Leen al periodista Sergio Sarmiento? Si no, les recomiendo su columna del 24 de diciembre de 2014, “Club de Scrooge”, publicada en el periódico Reforma. Lo cito:
“En Un cuento de Navidad el escritor inglés Charles Dickens creó en 1843 un personaje maravilloso llamado Ebenezer Scrooge que le daba su justo valor a la Navidad y la relegaba al cajón de los objetos inútiles”. Don Sergio abre su Jaque Mate con un epígrafe de Germán Dehesa: “Yo no disfruto la Navidad, yo la padezco”.

http://www.dossierpolitico.com/img/EbenezerScrooge.jpg
Huy, ¿escribe alguien que pertenece al Club de Scrooge de Sergio, el que vive en el ciberespacio? (el club, no el periodista) No, simplemente porque Facebook no es lo mío, prefiero Twitter. ¿Acaso estoy más cerca de Dr. Seuss y su Grinch que robó la Navidad? Evalúen ustedes…
http://mariashriver.com/wp-content/uploads/drupal/Grinch-1024×1024.jpg?15eb96
Escribí este texto el año pasado, pero estoy segura de que viene a cuento. Las cursivas son de 2015.
La semana pasada saqué las narices a la calle (trasplante de córnea reciente, Juan en mi ojo) para tomarme un café en una tienda de autoservicio. Pasmo absoluto, el de mi amiga y el mío, cuando a la salida vimos pedacitos de rosca de Reyes a la vista de los clientes. ¿Se acuerdan?, antes esperaban un poco a que pensáramos en la reunión, el chocolate y el pan, que por cierto estaba infiltrado con máximo un par de niños Dios, no «muñequitos». Por favor vean lo que me acaba de mandar mi irreverente hermana…

Nos borraron las posadas (hoy ni quien me invite a una), la cena en familia, la Navidad (insisto en que lean a Sarmiento), las vacaciones e incluso la ilusión de los regalos (no se trata de enloquecer en las tiendas ni en el Buen Fin, sino de dar algo significativo a otra persona).
Sí, de un saltito al 2014 (aplíquese al 2015). A este paso habrá corazones en enero, oferta de paquetes de viajes en febrero (para Semana Santa, el verano y Navidad), rosas y restaurantes en marzo, disfraces y calaveras en agosto, monos de nieve, renos y Santas en octubre, como acaba de pasar.
Sergio hace alusión a que empezaremos a ver al cura Hidalgo vestido de Santa Claus en septiembre.
Y va de nuez, ¡el año 2015 a la vuelta de la esquina! (¡ya llegó y el 2016 nos pisa los talones!) Bien podrían ofrecernos rosca y pan de muerto al mismo tiempo, ¿no? Ah, y vender banderitas.
Si de por sí la civilidad brilla por su ausencia, ¡imagínense en esta temporada! La rebatiña se pone candente. Importa poco que uno esté evaluando el producto (y eso que si está atascado salgo como alma que lleva el diablo) en el que probablemente decida gastar. De repente ¡zas!, la señora de al lado metió codo, se puso buza y ya lo tiene en sus manos. En ese instante me doy la vuelta y avanzo sin rumbo hacia un pasillo que me ofrezca menos complicaciones.
Ya se dieron cuenta de que huyo del gentío y la muchedumbre. Me da igualito que haya una cascada de chocolate y a medio metro una cara amable que reparte fresas. Si hay cola y pelotera ciao bambino.
Sería sensacional que observáramos cierta (ojo, hoy por hoy quizá solo aspiremos a «cierta») urbanidad, que conforme pasa el tiempo es menos socorrida. Estoy consciente de la obsolescencia del Manual de urbanidad y buenas maneras, escrito por Manuel Antonio Carreño en el siglo XIX, pero también me doy cuenta de que podría rescatarse algo que hiciera más llevadera la convivencia con nuestros semejantes (lo sé, estoy soñando)
Así escribió Carreño: “Conduzcámonos en la calle con gran circunspección y decoro, y tributemos las debidas atenciones a las personas que en ella encontremos; sacrificando, cada vez que sea necesario, nuestra comodidad a la de los demás”. Carcajadas (o carcajodas*), ¡me he tenido que bajar de la banqueta para que un grupito de “caballeros” pasen como reyes(itos)! He visto a personas jóvenes incapaces de cederle su lugar a los ancianos o a mujeres embarazadas.
Urbanidad, casi como quienes se saltan los torniquetes del Metro, queman árboles de navidad en pleno Insurgentes y Reforma, destruyen el portón de Palacio Nacional o bloquean carreteras y autopistas para ver si Peña les regresa a los normalistas de Ayotzinapa (con el debido respeto a los padres y la conciencia de un hecho perpetrado por desalmados).
En efecto, mega corretiza la que que nos ponen las artimañas publicitarias y de mercadotecnia para que el tiempo se nos vaya en un suspiro y gastemos más lana, harta pastita.
Por eso el Grinch, quejoso del consumismo predominante, por eso Scrooge, gruñón a causa de la enloquecida marabunta y por eso yo —hoy desayuné con mi padre y con Kari en @LagoDlosCisnes—, que juro que el árbol de navidad (ni un detalle mexicano, nos invaden las costumbres estadunidenses) es de ayer, o sea, de 2014.
¿El río de gente —Ganges en día de peregrinación— que abarrota los centros comerciales, mercados, tiendas, etc., planeó algún gasto o se dejó llevar por la euforia del momento y el contagio de la fiebre de compra. Perdón, pero ya vendrá su (nuestra) cuestecita (¿diminutivo?) de enero.
*Carcajoda. f. Golpe de risa que le da al fornicante cuando, en pleno coito, ella le dice que es la primera vez. (Diccionario de Coll).
Até a próxima!


