En san peter

Y que nos lanzamos al mercado de San Pedro de los Pinos el día en que se festejaban sus 59 años, cosa que ignorábamos. Como siempre, le entramos a los mariscos. Luego pasé a comprar un pocillo, y cuando íbamos de salida me encontré a doña Raquel, la señora que me aplana las pechugas (de pollo y sin albur). Me preguntó que si ya me habían dado mi regalito.

Nel —le dije.

Insistió en que la acompañara. ¡Sorpresón!: una canastilla azul de plástico con seis huevos (si prefieren que sean blanquillos, blanquillos son).

Pensé que no iba a dormir porque la música era atronadora. Por fortuna se apiadaron de los vecinos y mataron el reven como a las 22:30. En un año, cuando se celebren las seis décadas del mercatus, tengo de dos sopas: me uno al bailongo o consigo un refugio.

Alerta sísmica

Ayer, cerca de la media noche —la relatora seguía con el ojo pelón—, sonó la alerta sísmica (¡ay, nanita!): treinta años y diez días después del anunciado simulacro para rememorar el desastre causado por el terremoto de 1985 en la ciudad de México.

ay nanita

Por si los señalaban por no estar chambeando...
Por si acaso les decían que no estaban chambeando…

¿Qué rayos hacer? En el ir y venir de la crónica de un jalón anunciado, atiborrada de ideas inconexas y con cierta parálisis psicomotora (eufemismo de «en la pendeja»), lo menos que esperaba era un repentino escupitajo de la tierra.

Brinqué de la cama y atiné a ponerme el brassiere: mi hermana sabe que lo hice en bien propio y ajeno, en beneficio de una parte de mi cuerpo de la que fui generosamente dotada.

Entré en un estado confusional del que salí ilesa, sin que se sintiera nada. Alarma igual a sismo: ¿error humano o benevolencia terrestre? Dale que dale al Twitter cuando @ManceraMiguelMX informó que la magnitud había sido de 4.8 y el epicentro al noroeste de Ometepec, Guerrero.

El numerito es infame: ¿resulta contraproducente el ulular de los altavoces y la voz masculina que repite “alerta sísmica”, “alerta sísmica”, “alerta sísmica”, “alerta sísmica”…?

No se trata de criticar la medida que pone en guardia a los ciudadanos del Distrito Federal, sólo relato la experiencia de una mujer ya condicionada —recuérdese el famoso perro de Pavlov—, con los pelos de punta, que a duras penas se enfunda su inseparable prenda mientras espera que la tierra se acomode y que de preferencia no sea a gritos.

pavlov

https://ztfnews.files.wordpress.com/2014/09/perro-de-pavlov-2-copy.jpg

El tipo del leitmotiv se oía de fondo y con vehemencia, confundido con las voces de los vecinos que bajaron las escaleras en procesión.

¿Cómo reproducir el sonido de la alarma con una onomatopeya? Da igual, ¡qué paranoia!: ¿se sentirá muy fuerte?, ¿me quedo en casa o bajo a hacerles compañía, temblorosa de frío y de miedo?

https://www.youtube.com/watch?v=3FvP5emjXhQ

Lo más que hice fue otear: abrí la puerta —cada vez que lo hago se oye un ruido como el de alguien que levanta la escotilla de un fregadísimo NautilusMX—, ni un alma en el cuarto piso, seguíamos sin movimiento y sólo se escuchaba el murmullo de quienes ya se alistaban para meterse a la camita.

topo gigio

¡Nel, ya pasó el susto! Total, que la asociación entre #AlertaSísmica y #hazdetripascorazón se quedó en el limbo.

Falsa alarma. Hoy otra, en un consultorio médico —ahora que de 5.2 y al norte de Zihuatanejo—, temblor que tampoco sentí. Menos mal que todavía no entraba con el doctor porque me hubiera encontrado casi en las mismas condiciones que el día anterior. Oh my dog!

Octubre…

¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.

Agradecimiento

Gracias por el techo, por el cobijo, por el resguardo, por la protección; gracias por ser mi refugio durante diez años: refugio hermoso, pequeño, colorido, silencioso, amable, casi siempre iluminado por soles matutinos y vespertinos.

luz de sol

Aquí, en este cuarto piso, más imaginarios que reales, me acompañaron mi hermana y mis sobrinos, mi padre, mamá —enramada en albahaca que empieza a tirar sus hojas a causa de una entrometida plaga blancuzca—, e incluso mis queridos tíos Malis y Maruca.

También la cama, mesa, sillas y flores Van Gogh; la doble cara de Remedios Varo y su Mujer saliendo del psicoanalista, el macetón de barro con las sangrantes flores de Teresa.

Permití que entraran muy pocas personas: elegidas. Las hice parte del mundo que me aisló del zumbido del Distrito Federal —¿próxima Ciudad de México?— y de la inacabada amenaza externa.

Aquí, una vez cerrada la pesada puerta, he sido yo, despojada de máscaras, desnuda, capaz de respirar mi aire y no el de quienes forzosamente veo todos los días.

Puerta Sasso

Un verdadero hogar, suave, sin exabruptos de vecinos complicados, sin chillidos, escándalos ni faltas de respeto. Cuatro pisos diarios de escaleras para encontrar mi paz —montaña cuando cargo las bolsas del súper en un solo viaje— y resguardar mi corazón.

Gracias pues, Giovanni Sassoferrato —por si no saben, fue un pintor italiano del XVII—, por algodonar mis miedos, atestiguar mis alegrías, acompañar mi amor y mis logros durante poco más de 3,650 días.

Sassoferrato

Hasta pronto.