Peripecia irapuatense

Mi papá y yo la emprendimos a Irapuato para visitar a unos parientes: don Pepe y doña Sofía, 94 y 88 años, respectivamente. La ciudad, horrenda ―no se salva ni el Centro, con su «plaza» desangelada, cero mesitas para disfrutar de un café y rostros malencarados; el hotel, raro. De la cadena Best Western International, encuentro en Wikipedia que fue fundado en 1946 por un tal M. K. Guertin, entrada que me lleva a un anuncio: «Esta página no se ha creado aún» (por si les interesa).

Cuando por fin dimos con el estacionamiento y subimos las escaleras, nos topamos con un espacio desierto, de cariz fantasmal. Ambos volteamos a un lado y a otro con cierta inquietud: ¿y la recepción?, ¿y la gente? Caminamos por el larguísimo pasillo-patio con la esperanza de encontrar vida. La hallamos. Ojos con caras que nos veían como si fuéramos dos personajes de Alicia en el país de las maravillas desterrados por Lewis Carroll. Ella pelaba los ojos: «Lázaro, ¿eres tú?». Él, Jesús ―mi papá comentó, como si yo no me hubiera percatado, que «era gay»―, hacía su mejor esfuerzo por conseguir una habitación poco ruidosa, y otro Él nos anunciaba, en tono jocosón, que el desayuno estaba incluido: era buffet.

Como esa tarde los tíos no nos fumaron ―pasaron algunas cosas que nos hicieron temer que estaban al borde del pulvis es et in pulverum reverteris―, decidimos comer en el restaurante Jardín. Igual que el cuarto, estaba como boca de lobo, aunque no tanto como la tienda de souvenirs, cerrada a piedra y lodo porque la dueña «andaba de viaje».

―¿Y ‘ora qué?

Como perros sin dueño ―pensamos que la familia nos movería el rabito desde el primer día―, bajamos a las catacumbas y nos encaminamos a La casa de las fresas. De regreso ya no había lugar en los subterráneos, por lo que dejamos el coche en un estacionamiento «al aire libre». Vimos un alma lectora y subimos la compra a la habitación.

Nada de quedarnos encerrados en una pieza ―así decían las abuelas― vieja, descuidada y en tinieblas. De regreso al patio, y mi papá saboreándose su puro. Nos comunicamos con mi hermana. Él le contó que estábamos en la morgue: las pocas almas que había aparecían y desaparecían sin decir agua va.

¿En qué consistía el «Plus» que calificaba a las palabras Best Western? ¿A los cables con foquitos que colgaban encima del patio? ¿A Alejandro, una especie de aparición que desde una esquina remota tocaba el órgano para las poquísimas ánimas que nos congregábamos? ¿A la alberca, el elevador, el aire acondicionado y la caja fuerte? ¿Al poco potente Wi-Fi? ¿A don Juan, quien nos atendió, solícito y cariñoso, durante las tardes muertas de Irapuato? ¿A las macetas con plantas que le daban un toque verde al inhóspito pasillo?

Mi papá comentaba:

―En su tiempo, este ha de haber sido un buen hotel.

Yo pensaba: «¡En su tiempo…!». Y miraba la alfombra ―nunca puse mis patitas encueradas sobre tan añejo tejido―, que tenía un pedazo recortado y superpuesto que me ponía los pelos de punta, igual que las sillas de tela llenas de manchas. Menos mal que las sábanas de las camas olían a limpio…

A nuestro regreso a la CDMX ―prepárense, porque este extraño número romano cien quinientos mil diez va a desaparecer― vimos varias veces un letrero que decía: «Maneje con precaución, su familia lo espera». Mi padre, con el humor que lo caracteriza, lanzó la sentencia: «La familia viene aquí». Carcajadas…

Se llama angustia

Una lancha vieja, «La Marinera», se bambolea lejos, muy lejos de la playa. Sus ocupantes son un hombre y una mujer entrados en años; un matrimonio que sobrevive gracias a la pesca. Esta vez Aurelia y Jaime salieron tarde. Él olvidó la gasolina y ella la lámpara de queroseno. Aunque estrellado, los cubre un manto negro. A Aurelia no le gusta la oscuridad, dice que se remonta a su infancia, cuando su papá la encerraba en el cuarto de los cachivaches. Jaime lo sabe, y la abraza.

Se escuchan el viento, el golpeteo del agua, y a ratos el intercambio de palabras de dos viejos roncos.  Ya hace varios años que su hija se fue a vivir a la ciudad y otros tantos que a José, el predilecto de Aurora, se lo tragó el mar.

La soledad les dio para recordar: el día de su boda en el pueblo, cuando don Julián, el dueño de la hacienda, les regaló seis botellas de sidra; el nacimiento de Marina, un torbellino que casi se lleva a Aurelia; la muerte de sus dos vacas a manos de un vecino envidioso; la compra de «La Marinera», una embarcación pequeñita que les daba de comer…

El cielo se cubrió de nubes. La lancha se movía como si fuera a darse la vuelta. Aurelia escondió la cabeza entre los brazos y el pecho de Jaime. Y él decía que solo quedaba esperar, que al día siguiente alguien los vería, que volverían a sentir la arena caliente bajo sus plantas y a dormir en su casita de paja. Ella lloriqueaba, y él, tiritando, la abrazaba cada vez con más fuerza, intentando que no se diera cuenta de que sudaba frío.

Magnolia Bakery

La ciudad bulle: está viva —gran descubrimiento. La gente se solaza en los múltiples y diversos restaurantes de la zona; mis ojos ven mascotas —estoy cada día más convencida de que no tendría una—, deportistas (¿de a deveras?), escuincles, barcos de control remoto, teatro, aviarios y hasta perros “llavero” ataviados con horripilantes falditas.

Antes de lanzarme a recorrer algunas calles harto nice de Polanco leí el artículo “Vívelo sin gastar una fortuna”, de Julio Patán, en la revista Chilango.

Se volaron la barda con la portada, ¡me encantó! Trazos precisos donde se adivinan la Parroquia de San Agustín —ahí “descansa” mi cenicienta madre—, los museos Soumaya y Jumex, el Palacio de Hierro (ooooooh), uno de los lagos artificiales del Parque Lincoln (guuauu, que donde se «juntan» los amantes del modelismo náutico), alguna vieja y hermosa mansión del rumbo, y creo que hasta las «torres gemelas» de la colonia, edificadas en la calle más cara del D.F.: Rubén Darío.

Por cierto, cuando los automovilistas conducimos por ahí dudo que recordemos al poeta nicaragüense que inspirara a González Martínez a deshacerse del cisne de engañoso plumaje.

https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Gonz%C3%A1lez_Mart%C3%ADnez

Al grano, madame, que hay quien dice que soy la reina de la digresión. Puéh nada (a la cubana), que la lectura del artículo de Patán despertó mi curiosidad por conocer dos lugares: el Café Budapest —en esta visita no lo hallé — y el Magnolia Bakery.

Entre paréntesis: (¿cómo hacen los visionarios hombres y mujeres de negocios para traerse la mismísima panadería neoyorquina a México?). Me quito el sombrero.

sombrero

http://diegofournier.blogspot.mx/2010/10/me-quito-el-sombrero.html

El Magnolia (ja, espero que nadie haya bautizado así a su vástaga), como tantos otros «changarros» cercanos a la ostentosa avenida Masaryk, está de moda, no démodé. En 2016 cumple 20 años de acariciar paladares con “productos Americanos horneados”, como galletas, cupcakes, brownies y pasteles.

http://www.magnoliabakery.com/about-us/

De churro (por suerte) encontramos lugar. Ahí, inmersas en el hervidero dominical de Virgilio (la calle), estábamos la Rata, Kalash (Cuca) y su servilleta (eu, que en portugués significa yo; nada que ver con otra manera de responder a un interlocutor sumada al “mande”, «dime» o qué).

Kalash. Pañal impecable
Kalash. Pañal impecable.

Pedimos un pudín de plátano, descrito como “verdaderamente celestial” (muy rico, aunque podríamos bajarle dos rayitas) y un brownie de doble fudge (no enloquecí de placer: es bueno y punto), que “hornean temprano cada mañana” (¿traducción?).

Magnolia Bakery me parece caro, pero sí regreso; algo especial debe tener, además de ser un sitió «trendy», cuando hay franquicias en esta «Ciudad en Movimiento» (como cuando fluye el tránsito con los encuerados de los cuatrocientos pueblos), en Chicago, Los Ángeles, Tokio, Moscú, Dubái, Beirut, Kuwait y Doha.

¡Cómo hay varo en este país!

Hasta mañana.