Todo pasa… y no queda

Uuuuuuuuu, hace años me hubiera arengado, forzado y, por qué no, lastimado.

Mi diagnóstico: carente de fuerza, voluntad, ánimo, juventud, vigor; en pocas palabras: not even a shitty egg!

Pero miren, después de la arrastrada que me pusieron el lunes pasado en el gimnasio —recordé viejos tiempos y disfruté el dolor del trabajo muscular—, ya soy capaz de conocer y aceptar mis limitaciones. En mi caso, «Di no a las drogas» (@jezucrihto) se traduce en: no más vuelos por los aires para rescatar pelotas (¡me encantaba!), no más patinaje bajo la lluvia (una delicia), no más levantamiento de pesas con Blancanieves y los siete enanos (libre interpretación).

drogas

Hoy mi cuerpo me manda señales de alerta y las acato, las acepto sin dramas ni recriminaciones. Hace tiempo habría sido lo más parecido a que se rompiera el hilo de Ariadna: “Dios, ¿por qué me abandona mi cuerpo?”; como si el Minotauro me resoplara en el cuello, como si Little Boy o Fat Man dejaran caer su inimaginable poderío atómico en el centro de mi vientre.

minotauro

Ese mismo lunes, me dije:

—Mira, hija (o güey, como quieran), ya no estás para estos trotes. ¿Otro quirofanazo? Nel, reinita: sé clemente con tu cuerpo.

Hoy me siento orgullosa de poder tomar esas decisiones sin ponerme los zapatos de la mujer víctima, de la mujer que ha ido quedándose atrás. Con esa misma madurez emocional (uuuuuóraleeee), y dado que mi genética me negó el 20/20, decidí no manejar de noche por parajes desconocidos.

Espero sortear mis encontronazos «limítrofes» de manera similar. En el ínter, después de casi tres años de vivir con una nueva córnea, he vuelto a sentir el abrazo del agua y el placer de jalar aire.

 

Entre natas

Me siento tranquila en mi estudio, en el segundo piso de mi departamento, atestiguando el irrisorio azul que me regala el cielo contaminado de la megalópolis.

Estamos inmersos en una nata grisácea que aplasta, que cansa y carcome los ojos, que desdibuja el techo que pintábamos de azul cuando éramos niños. Con todo, los pájaros todavía cantan: los escucho todas las mañanas, sorprendida por no hallarlos de pico sobre el asfalto.

¿Saben?, yo traía una nata similar sobre mis hombros: ¿hacer o no una misa para mi madre? Mañana cumple cuatro años de haber muerto. Entra a escena el lugar común, común a buena parte de los terrícolas que aún respiramos en la región menos transparente del aire:

—¡Cómo pasa el tiempo!

¿Una ceremonia por su aniversario?, ¿un padrecito que perore sobre alguien a quien nunca conoció?, ¿una misa a la que algunos asistan por compromiso?, ¿saludos y saluditos; abrazos y abrazotes?, ¿risas y distracción?

Decidí que nada de misa, que no me interesan los convencionalismos, que nadie se debería sentir comprometido. Más allá del 19 de marzo, la traigo cosida, cerquita, con sus defectos y virtudes, recordando sus chistes, dichos, disparates y vanidad de vanidades.

A veces me aplasta la existencia, pero, a fin de cuentas, estuve dentro del vientre de esa mujer, la que yo escogí para aprender, para intentar hacerme de lo que me pertenece en un marasmo de bullicio que he de domar con voluntad y, aunque se me vaya la vida en ello, con paciencia.

Adeus.