Con «A»

Es como si tu cuerpo te abandonara. ¿Te metes en una tina repleta de hielos? ¿Jalas aire hasta sentir que el pecho te responde? La ansiedad está en el pecho, sí, pero es más parte del cuerpo que de la cabeza. Estás hyper y no sabes qué rayos hacer contigo. La respiración es corta. El corazón late más rápido. Se exacerban los movimientos involuntarios. Vaya, no sabes ni dónde ponerte. La angustia también se siente en el pecho, es como si lo aplastara; te pide que tomes aire, pero involucra más la mente que el cuerpo. La angustia te petrifica, hasta puede parecer que estás calmado, aunque en realidad estás absorto en pensamientos que se clavan en tu cerebro. Y por supuesto que puedes experimentar angustia y ansiedad al mismo tiempo. ¿Será esa la combinación atómica que lleva a un suicidio? Por ejemplo, pienso que tuvo que haber devastación en la mente y en el cuerpo de Virginia Woolf cuando decidió llenar las bolsas de su abrigo de piedras para hundirse en el río Ouse.

Pero… más allá de intentar describir la diferencia entre una y otra, me pregunto qué debe sentir un ser humano para elegir quitarse la vida. ¿Y sabes? Aquí sí creo que la ansiedad queda un poquito en segundo plano, porque el grado de angustia tiene que ser  inenarrable.

En honor a Virginia Woolf

Nos salvamos, señor Styron, dondequiera que esté con su visible y densa oscuridad. Sí, ya había caído la noche, pero la tormenta no atacó el cerebro. Fue solo una lluvia magnánima que avivó mis sentidos. El viento fresco, las gotas que acariciaban mi cara y mi cuerpo. A eso salí, a mojarme, a sentir la humedad, inmersa en el poderío de relámpagos y truenos. Con los brazos abiertos, el cráneo inclinado hacia atrás y los ojos cerrados. Y viví, respiré y tragué el sabor de la lluvia, pero no bajo la nube. Pude verla, pero no me siguió; creo que ni siquiera estaba al acecho.

Me dijeron que hacía días que el cielo negruzco se mostraba amenazante, pero no había bramado. Tal vez ayer decidió regalarme ese momento de vida.

Amanecer con Glass

Ta ra ta ta ra ra,   ta ra ta ta ra ra,   ta ra ta ta ra ra… ¿La escuchan? Teclas blanquinegras, suaves, lento ma non troppo (¿será?), un amanecer delicado en compañía del piano de Las Horas de Philip Glass.

El otro día, a propósito de nuestra plática sobre Erik Satie, mi papá dijo que era un tipo al que le hubiera gustado conocer. Yo, como casi siempre, sostuve que a Freud; «olvidé» a Virginia Woolf.

Satie
Satie

Toparme con esa mujer enigmática y verla crear y estar presente en alguna de sus zambullidas de locura y penetrar el incierto mundo que la torturaba y preguntarle por su relación con Leonard, con Vita Sackville-West y con Vanessa e intentar entender su desesperación cuando decidió que moriría ahogada en el lago Ouse. Ahora sí, respiren…

Hoy leí que Irene Chikiar Bauer escribió Virginia Woolf. La vida por escrito, considerada la biografía “definitiva” de la autora inglesa. ¿Definitiva? Tendrá 900 páginas y estará sustentada en cartas, diarios personales y escritos autobiográficos, pero nadie, nunca, podrá penetrar la intrincada mente de nadie, y menos quizá en la de Woolf, habitante de ininterrumpidos pensamientos y vericuetos zigzagueantes.

Woolf vista por Roger Fry
Woolf vista por Roger Fry

Lo que acabo de decir es obvio, ¡gran contribución al devenir de la humanidad! A la señora Chikiar le llevó siete años escribir esa obra, que debe valer todo, máxime para quien dice haber querido conocer y tutear a Virginia.

Mi retazo iba a ser sobre las cámaras de llanta, sobre el posible rumbo que toman los automovilistas que conducen a las seis de la mañana de un sábado de abril, sobre mi sueño, en el que iba a votar —¡imagínense, ¿por quién rayos?!—, pero me dejé guiar por el piano de Glass, por la sutileza de la música que me trajo a Virginia Woolf en la oscuridad de un nuevo amanecer.

Till next.

Momentos de vida (copia de un título de Virginia Woolf)

Ayer comí lo de siempre en el Centro Libanés: jocoque seco, garbanza, hojas de parra y keppe crudo con awarma (carnero picado en mantequilla). ¡Una delicia! Las consecuencias implican inflarme como globo y desabrochar el botón de mis jeans consentidos.

Mi amiga erudita soltó una frase que me hizo mella: “Suelo prender la televisión para ver qué historias me cuentan”. Después de un rato de amena y profunda plática nos levantamos —maltrechas las dos por estar tanto tiempo aplanadas— y fuimos por el coche. La boté en una parada del Metrobús sobre avenida Insurgentes y la emprendí hacia mi guarida.

Subí los consabidos cuatro pisos, cerré la puerta para aislarme de la actividad citadina, me despojé inmediatamente de los vaqueros y empecé a darle al incisivo rollito mental.

—¿Prendo la tele, leo, oigo música, me tiro sobre la cama, escribo mi retazo, o de plano sigo dentro del apabullante torbellino cerebral que me interna en las cisuras de Rolando y Silvio?

Rolando
Me di permiso de prender la T.V. Primero caí en una entrevista sobre Pinochet y Castro hecha al juez Garzón, cosa que propició que mi coco siguiera en la espiral, después me topé con una gringada, The Pacifier (Una niñera a prueba de balas), que vi hasta el final y que me entretuvo. Luego hice zapping hasta aterrizar en Thelma and Louise (1991), dirigida por Ridley Scott, y de la que tuve noticia gracias a una mención en When Night is Falling, de la canadiense Patricia Rozema.

Me atraparon el tema, la actuación y juventud de Susan Sarandon (Louise), la belleza y sensualidad de Geena Davis (Thelma) y mucho menos el joven Brad Pitt. As always, me inquietaba la hora  —era tarde—. ¡¿Caray, tarde para qué?! Total, me clavé durísimo y llegué al cierre.

No pretendo analizar la transformación de un par de mujeres que habitan una vida plana, de hartazgo y frustración, y que deciden irse de vacaciones, tal vez para eludir su cotidianidad. Su viaje dista de ser cotidiano, se convierte en huida,  pero también en la chispa que les permite salirse del tedio, afianzarse, vengarse, experimentar, crecer y sentirse capaces de tomar decisiones.

Disfruté de la música —The Ballad of Lucy Jordan, interpretada por Marianne Faithfull, ex de Mick Jagger—, de los paisajes alrededor de Oklahoma, de la estela de tierra que levantaba el Ford Thunderbird verde, de las nubes blancas estampadas en un cielo azul, pero sobre todo de la evolución de dos personajes femeninos que prefieren suicidarse antes que perder su libertad.

El final lo eligen ellas, Thelma y Louise, con plena conciencia. El poder de decidir las alió con una sonrisa y una muestra de amor:

—Let’s not get caught.
—What you talkin’ about?
—Let’s keep goin’.
—What do you mean?
—Go!
—Yo sure?
—Yeah…

Hacia el precipicio, a pesar del miedo, protegidas por el contacto visual, un apretón de manos, risa nerviosa y conscientes de su finitud.

De fondo B.B. King, Better Not Look Down

Thelma and Louise_2

Thelma and Louise

Hasta next.

Aquí estamos tú y yo

Conservo esta imagen recurrente de cuando solía nadar en una de las albercas descubiertas del club: por más que amara —amo— la sensación de mi piel al contacto con el agua, durante el ir y venir nunca me abandonaba el futuro, lo que haría después de llegar a la meta de kilómetro o kilómetro y medio.

Delimitada por mi carril, me preguntaba el porqué de no poder vivir ese momento, mi presente, un tiempo en el que en realidad sólo había burbujas, brazadas, respiraciones, pataleo y vueltas de campana. También cercano a ese anhelo de presente eran los árboles, el viento, el muro de piedra, una que otra persona y el chapoteadero, los bultos que alcanzaba a ver, dados mis ojos y la velocidad.

Simplemente no estaba ahí, mi tiempo era otro tiempo, mi momento era de cristal, mis sentidos pasaban al absurdo plano de lo que no había sucedido.

Señores, respeto pero no creo en los libros de autoayuda, una lectura jamás sustituirá el arduo trabajo personal por saber quiénes somos, por descubrir la piel que nos envuelve, pero el título de este best seller me llegó en dos idiomas: El poder del ahora o The Power of Now, del maestro espiritual Eckhart Tolle.

Hoy les comparto un párrafo que debo esforzarme en recordar para abrazar mi presente. ¡Nada de ser una “iluminada”, sólo intento que mi tiempo no se escape sin que me dé cuenta!

«Toda la negatividad es causada por una acumulación de tiempo psicológico y por la negación del presente. La incomodidad, la ansiedad, el estrés, la preocupación —todas las formas del miedo— son causadas por exceso de futuro y demasiado poca presencia. La culpa, las lamentaciones, el resentimiento, las quejas, la tristeza, la amargura y todas las formas de falta de perdón son causadas por exceso de pasado y falta de presencia».

Viene a mi mente Moments of Being, de Virginia Woolf.

Hasta la próxima.