Es negra blandura

“[…] por ser una característica de la depresión el ir de amigo en amigo como un náufrago va de boya en boya, aunque sin dejarlo saber jamás, sin agradecerlo siquiera, sólo náufragamente, que es así como vive y va por el mundo quien sufre una buena depresión”. Alfredo Bryce Echenique, cuya pluma peruana, en ese entonces, asía con desesperación —¿y esperanza?— un frasco de Tranquilizante-1000.  

El tipo de fuente llama la atención. Se trata de un comunicado de prensa de la Organización Mundial de la Salud, publicado el 17 de junio de 2021: “Una de cada 100 muertes es por suicidio”.

La depresión, que no debe confundirse con la tristeza, se empeña en rondar a los suicidas. Quienes la hemos padecido sabemos que las palabras de William Styron dieron en el clavo: visible oscuridad. La forma de expresarlo es perfecta. Estemos donde estemos, pensemos lo que pensemos, intentemos lo que intentemos, esperemos cuanto esperemos —si acaso esperamos—, el negro es letal.

Negro que envuelve, aprisiona, muerde y mata. Nada interesa. Todo es irrelevante. Se difumina lo que gustaba. Despertares angustiosos apenas abrir los ojos. Miedo a cada segundo de la otrora llevadera cotidianidad. Horizonte sinrazón. Cualquier motivo muere a quemarropa. Barrotes helados circundan a una mente en agonía. El desánimo y la languidez devoran la posibilidad de luz y color.   

Visto el negro, pero no desde la negrura. Lo encaro a partir de los grises ya muy matizados que mes a mes se defienden de la locura. Sirve como llamada de atención para los muchos que callan y sotierran. También hay la certeza de que en más de medio siglo de esgrima mental se agazapa el deseo de vida.

Hasta pronto.

https://www.vanityfair.com/magazine/1989/12/styron198912

Isabella

Isabella sabía que era real, tan real como que Julián, su hijo, se hiciera cortes en las piernas para sentir que respiraba. ¡Pobre Julián, sangrando como su madre desde la pubertad!

Sí, estaba segura de su calidad de tangible, y por eso había deseado que en su historia de 51 años hubiera habido más espejismos. Pero claro, ¡tenía la certeza de haber estado ahí!

Isabella, la pequeña y no tan pequeña Isabella, golpeada y violada. Su mamá internada en un pabellón psiquiátrico. La chica universitaria con mención honorífica. Una escuela de monjas retrógradas. Su hermana muerta dentro de una caja blanca. Rhode Island, el 11-S y la obsesión con el ántrax. El ejercicio físico como antídoto contra la locura. Sus novios. Aquel telefonazo que anunciaba el suicidio de su tío materno. La ayuda psicológica que ella había implorado a sus escasos 11 años. Sus pasos incrédulos recorriendo la plaza Taksim. La querida tía paterna entre carcajadas, depresiones y delirios. La boda de su hermano con una extranjera insulsa. El contacto en carne viva con la visible oscuridad de la que habló William Styron, esa que no podía rasgar ni con la navaja mejor afilada. Su carta al padre —como Kafka— y la inyección de morfina penetrando la piel de su madre. También la seducción y la violencia; la melancolía y el sadismo; la manía en la realidad; la cordura y el eterno vaivén del juicio.

Había sucedido, como que podía pellizcarse hasta ver y exprimir los cardenales, o mancharse con hilillos de sangre como los de Julián. Pero a veces Isabella sentía que ese poco más de medio siglo había transcurrido en su cabeza; idiotizada, clavada a una pared, dentro de un túnel sin aire: presa.

La fuerza del encierro era tal, la potencia de los sentimientos tan abrumadora, que la niña tomaba el lugar de la mujer y se hacía vulnerable, insignificante, temerosa; blanco seguro de cualquier estímulo. Y ahí, arrinconada en su agujero, recordaba que era una mujer atormentada por la vida real y por la que latía —pum, pum, pum—, sin tregua, dentro de su cerebro.