Mentirijilla

Ya casi estamos en julio y en cuestión de retazos estoy hecha un huevo; a ver qué hago con mis letras durante la segunda mitad del año.

¿Segunda?, ¿a dónde se fue la primera? Suena a lugar mega común, como de rola de #Arjona, pero cada vez se va más rápido, parece que hay pólvora detrás de las plantas de los pies del tiempo (pongamos pies en polvorosa).

huida

Lo bueno es que en el ínter participamos de algunos sucesos: ya casi termino de leer Canción de tumba, de Julián Herbert; me lancé a ver Intensamente, la nueva película de Disney-Pixar; sigo con mi diplomado los viernes y sábados, con mis idas y vueltas a la Librería Rosario Castellanos; el ejercicio (creo que por fin lo retomé), el aniversario de bodas de mi hermana, el día del Padre (lo festejamos con una mega quesadilla de queso oaxaca), comida griega en lugar de unos exquisitos tacos de mariscos.

Entre todo lo que pasa hay cosas que nos causan más hilaridad, máxime cuando las recordamos a toro pasado, cuando el enojo ante el descaro se convierte en burlona carcajada.

Hacia las 11 de la noche, ya en mi camita, sin aretes ni lente de contacto que atosigue mi ojo izquierdo, con ganas de aplastar oreja y dejar de teclear en Whatsapp: tiing, tiing, tiing, tiing, tiing, tiing…

—¡Ay, ya!
Va el FaceTime
—¿Qué onda?
—Nada, aquí viendo tele con mi perra.
—Gud, ¿qué ves?
—Pues nada en especial, le estoy cambiando.
Ya saben, el clásico zapping: tres segundos, el que sigue; dos segundos, el que viene; cuatro segundos, el que toca. Y así… La neta qué monserga, yo por lo menos sé si quiero de los 500, los 400, los 200 o los cienes.

—A ver a la perra.
Acto seguido —taaaa taaaan—: la perra.

cuca2
Un paseo, no por las nubes sino alrededor del cuarto; una vuelta, no al mundo, sino a una micro-utopía, término que tomo de la arquitectura.
—Ahí está tu botella de vinito.
—¿Cuál botella?, ¡aquí no hay nada!
—La vi ‘orita que me diste un rol por el cuarto.
—No hay ninguna botella.
—Ah, caray, qué raro, estaba sobre tu mesita, ahí donde escondes las pelotas de la perra.
—Pues no, ¡no hay nada!
—Ok, ok, igual me traicionó la vista, ¿no? Como es algo pequeño… ¿A ver tu mesa?

Wtf?
Wtf?

La botelluca ya no estaba, sólo se veían el tapetito de cuadros de colores y algunos objetos. En su lugar había una plástica botella de agua, milagro de mucho menor nivel si se lo compara con el de las Bodas de Caná.

'Can I make a request? How about a nice vintage Cabernet Sauvignon out of the water?'

https://www.google.com.mx/webhp?sourceid=chrome-instant&ion=1&espv=2&ie=UTF-8#q=funny+cana+wedding

El chiste es que en su voz y sus gestos había indignación: yo le estaba levantando falsos, era una mal pensada y no se valía.

Llamó más tarde para confesarme que había querido “desaparecer” la botella, que había hecho cómplice a la perra y que no le gustaba mentir.

—Ja ja ja, ¿así que no veo tan mal? Acuérdate de que Johnny va bien de su segundo rechazo.
Nomás gruñía.
—Pero si ya la había visto, ¿para qué hacer tanta faramalla?
—Mmmmh.
—Te falta práctica, ¿eh? Considera a Chen Kai, a lo mejor te asesora por ser mexicano; honestamente no creo que puedas pagarle a Copperfield, y ya estás grande p’a que te enseñen a hacer trucos en el Cirque du Soleil.
—Sí me vi muy güey.
—¿A poco? Ja ja ja, por más pinche que vea no puedo perder una botella de vino en una habitación de 3.2 x 2.7 mientras hacemos FaceTime. Quizá puedas…

¡Adiestrar a la perra!
¡Adiestrar a la perra!

Adiós.

Costra porosa

Hace tres días recibí un comentario de un señor, conocencia mía, respecto al último retazo. Escribió: «Te faltó una referencia al arroz con puerco» (what?).

Después, para no balconearse, me mandó un correo aclaratorio en el que me decía que lo que #EnRealidadQuisoDecir (le digo, le dije, me dice, dijimos, dijisteis…) era «frijol con puerco»: de ahí me agarro para redactar éste.

Yo pedí el mencionado platillo yucateco (con frijol, sin arroz) y me supo rico; el único pero que puse fue que le faltaba maciza, como que de la cocina me habían mandado la pura parte aguadita. Doña I pidió lo mismo, pero su experiencia culinaria terminó en frustración y mal sabor de boca.

En el primer intento se quejó porque sólo quería media orden y el plato sopero estaba muy grande.

 —Oiga, yo le pedí la mitad, esto es del tamaño de una bacinica. Lléveselo y tráigalo en un otro recipiente.

bacinica

Mientras tanto yo saboreaba mis frijolitos con sabor a chancho, a los que adicioné cebolla, salsa de jitomate y un poco de perejil. Como mis papilas gustativas se sentían complacidas yo mugía: mmmmmm.

Sospeché que en el segundo intento doña I reclamaría por el ínfimo tamaño del plato:

 —¡Señor, señor! ¡Mesero! Oiga…, oiga… Señor, ¡señor!: esto está frío, que me lo calienten (sin alburcillo).

Llegó un tercero: idéntico plato mirruña, nada más que ahora, a pesar de mi cortedad de vista, observé una columna de vapor que delataba a un puerco ardiente.

 —Ahora está esto muy caliente, ¡p’a pelar pollos!  —refunfuñaba.

Para entonces a mí ya me habían servido más maciza.

 —¡F! —mi oído percibió la característica sonoridad vocal de doña I—, ¿tu frijol con puerco está bueno?

 —Sí, ¿por qué? Ya hasta pedí más.

Se requiere de buen diente
Se requiere de buen diente

 —El mío está asqueroso. Me lo hicieron a propósito.

Y en el cuarto…

 —Óigame, llévese esto, y no quiero nada más.

Fin de la historia de ese platillo yucateco que encanta (¿encantaba?) a doña I, maya de corazón, quien se llevó un soplamocos a pesar de ejercer una de sus máximas cualidades: la perseverancia.

Para acabarla de amolar se había decretado #Leyseca y doña I no pudo paliar sus cuitas con un caldo del Sureste.

 —La siguiente que sea arroz con pollo.

Hasta la próxima.