¿Y cómo es él?

―¿Y el pésame?

―¿Cuál pésame?

Basta mirarme; no sé si paso por rabino, lunático, bicho raro o enfermo mental… Eso sí, más que sacerdote católico, soy El Mesías. Mis pelos siguen creciendo, por eso me los enredo en un chongo. La barba, que ya blanquea, es larga e ingobernable. Ni siquiera me doy cuenta de cuando se me pegan restos de comida entre la mata. 

En casa me pesa el tiempo; es un monstruo de varias cabezas que me observa desde el altar donde se ofician misas.

¿Misas?

Los caracteres, con sus combinaciones de tipos, gotas, glifos y remates, me persiguen. En la biblioteca, los libros se me derraman; me aplastan, como me aplasta el pasado de la cocina, de las recámaras inmutables, de las ollas y cacerolas de antaño; de los muebles que huelen a una capa de polvo invisible que acumula como 60 años.

Deambulo por el mundo de quienes tienen un pie en la tumba, la barriga en el fuego, el pecho bajo la tierra, la cara lívida y los ojos medio cadavéricos. El sombrero negro me separa del resto ―¿los vivos?―; me hace excéntrico, me convierte en una especie de detective pasado de moda.

¿Acaso aliento? Necesité crear un personaje para darme un yo: no soy el ministro religioso que consagra el cuerpo y la sangre del Señor; tampoco el amante de niñas «púberes», ni el homosexual que se esconde en el armario de su madre. 

Soy solo yo, que me hice visible a fuerza de trastocar mi identidad… y puedo fumar puro y beber y decir groserías y… soltarme el pelo. 

―¿Cuál pésame?

Fut

Jamás iría a festejar al Ángel. Es más, si fuera el Ángel me iría volando. Aquí sí, el dicho «nunca digas de esta agua no beberé», me pasa a hacer los mandados. No sé de dónde saqué lo eremita, aunque para nada me refundiría en un cenobio ―palabra, esta última, de mi padre (aleluya, aleluya).

Por supuesto, me dio muchísimo gusto que México le ganara a los cochinos ―¿dónde quedaron los cartoncitos rojos?― coreanos. ¡Bien por Vela y el Chícharo! Y como al César lo que es del César, la anotación del tal Son fue de lujo. Confieso que sufrí los últimos minutos, igual que padecí la cuasi inminente eliminación de Alemania del Mundial de Rusia 2018. Cuando vi que el tiro de Kroos horadaba la portería de Olsen me eché mi grito y una ridícula corridita. ¿Cómo no hacer aspavientos, si desde que era adolescente seguí a los alemanes? Rummenigge, Littbarski, Matthäus… Además, ver a Franz Beckenbauer era de platito para que cayera la baba.

Tengo cierta debilidad por los teutones; por ahí, en el cajón de los recuerdos, está Mathias Paetz. Total, que me doy por bien servida con la jornada: México y Alemania siguen vivos.

Morder el anzuelo

Leo que Heinrich von Kleist (siglo XVIII) fue poeta, dramaturgo, novelista y escritor de historias cortas. También que se suicidó a los 34 años. Y no solo eso, sino que antes de dispararse mató a Adolfine Vogel, su compañera y musa, quien padecía un cáncer en fase avanzada. Tétrico, ¿verdad? Repito mi pregunta: ¿qué rayos experimentó para apostar por lo desconocido? Porque, ¿qué es la muerte?, ¿a dónde vamos a dar?, ¿acaso es algo peor que este recorrido «consciente»? Siempre he pensado que cuando morimos, de alguna manera somos testigos de lo que pasa en el mundo de los vivos. Pero esas son mis loqueras…

¿Kleist estaba deprimido e inmerso en la melancolía? Yo creería que sí. De otra manera, ¿¡cómo?! ¿Qué era la depresión para este autor alemán? Ya dije que para William Styron, creador de La decisión de Sophie, era darse de bruces con la oscuridad y estar envuelto en la negrura. ¿Y para mí? Sin rodeos: si muerdes el anzuelo afilado y sangrante de la depresión estás muerto en vida.