Así los días

Pera suave, mollar, jugosa; algunas semillas y pulpa apacible. Abierta al tacto, asidua al gusto. Ojos lupa que a escasos cinco centímetros se percatan de tu piel verdeamarilla punteada, de tu rabito, de tu mitad sugerente y de tu ávida carne. Permites el agridulce contacto con los dientes y ofreces mantequilla a la lengua y a los labios que abarcan tu cuerpo. Escurres y lo llenas todo.

Endurecida, impides la entrada de la luz. Centinela de tu cáscara, respiras dentro, aislada, sola, a oscuras. Arrugada y áspera eres más tú. Te regodeas en el encierro protector. Piensas mejor así, con esa suerte de cerebro que alerta a las cisuras de Silvio y de Rolando. Te penetran a regañadientes. Sabiéndote vulnerable, te asomas y parpadeas. Te descubrieron otra vez… ¡Ahora mézclate y pare nogada!  

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Ya sabes quién

―No, Cuca, ¡si es que yo soy un maldito sube y baja! Dos días bien, tres mal; una semana regular y luego dos del cocol.

―Pero es lo normal. Yo no creo en la gente que siempre está “a todo dar”, como ya sabes quién… Desde lo más profundo de su ser, algo deben de querer evadir. Hombre, ¡la vida no es fácil!

―Y la última… ¿Te dijo Maru que cachó a Daniel fumando marihuana afuera de un Starbucks?

―No, ¡qué espanto!

―Nada de eso, querida Cuca, simplemente se aventó un “de los males el menor”. Nomás deja que de ahí pase a la coca, al crack, al LSD o incluso al krokodil.

―¿Eso es cocodrilo en qué idioma?

―No me hagas reír, el krokodil, que sí significa cocodrilo, es desomorfina, una droga alternativa a la heroína.

―Oye, pero te estás yendo muy lejos, ¿no?

―Pues más allá del Starbucks, sí… Así se empieza, Cuca, y si la mujer no le da importancia…

―Tú eres médico, Silvia, deberías decirle algo, darle un sustito.

―¿Te parece que vale la pena? Maru vive en la negación. Ni siquiera se da cuenta de que Jorge no la pela. Almas gemelas, ¡imagínate!

―Uy, ¿crees que Jorge…?

―Qué más da, Cuca. El asunto es que si uno se da permiso de ser humano, imperfecto y vulnerable, ¿quién aguanta a una persona a la que nunca le pasa nada? Control, un control enfermizo que la tiene desconectada. No hay negros ni matices, ¡todo es rosa! Y eso…, eso es irreal. ¿Dónde están los altibajos a los que la mayoría nos enfrentamos? Lástima, pero el día en que algo o alguien le quite el antifaz que trae cosido a los párpados, habrá de dos sopas: infarto o psiquiátrico.

Cuca, que estaba a una semana de dar a luz, echó unas lagrimitas y caminó hacia la salida con la cabeza gacha. Ese, su primer retoño, ¿sería mariguano?

Isabella

Isabella sabía que era real, tan real como que Julián, su hijo, se hiciera cortes en las piernas para sentir que respiraba. ¡Pobre Julián, sangrando como su madre desde la pubertad!

Sí, estaba segura de su calidad de tangible, y por eso había deseado que en su historia de 51 años hubiera habido más espejismos. Pero claro, ¡tenía la certeza de haber estado ahí!

Isabella, la pequeña y no tan pequeña Isabella, golpeada y violada. Su mamá internada en un pabellón psiquiátrico. La chica universitaria con mención honorífica. Una escuela de monjas retrógradas. Su hermana muerta dentro de una caja blanca. Rhode Island, el 11-S y la obsesión con el ántrax. El ejercicio físico como antídoto contra la locura. Sus novios. Aquel telefonazo que anunciaba el suicidio de su tío materno. La ayuda psicológica que ella había implorado a sus escasos 11 años. Sus pasos incrédulos recorriendo la plaza Taksim. La querida tía paterna entre carcajadas, depresiones y delirios. La boda de su hermano con una extranjera insulsa. El contacto en carne viva con la visible oscuridad de la que habló William Styron, esa que no podía rasgar ni con la navaja mejor afilada. Su carta al padre —como Kafka— y la inyección de morfina penetrando la piel de su madre. También la seducción y la violencia; la melancolía y el sadismo; la manía en la realidad; la cordura y el eterno vaivén del juicio.

Había sucedido, como que podía pellizcarse hasta ver y exprimir los cardenales, o mancharse con hilillos de sangre como los de Julián. Pero a veces Isabella sentía que ese poco más de medio siglo había transcurrido en su cabeza; idiotizada, clavada a una pared, dentro de un túnel sin aire: presa.

La fuerza del encierro era tal, la potencia de los sentimientos tan abrumadora, que la niña tomaba el lugar de la mujer y se hacía vulnerable, insignificante, temerosa; blanco seguro de cualquier estímulo. Y ahí, arrinconada en su agujero, recordaba que era una mujer atormentada por la vida real y por la que latía —pum, pum, pum—, sin tregua, dentro de su cerebro.

En terapia 4

Me aterra encarar a mi ser vulnerable, sentirlo frente a frente, tocarlo con cada una de mis huellas digitales, como si en vez de algo cotidiano se tratara de una vaga acechanza marciana.

martian2

En algún momento me fui con la finta: fuerte, controlada, de metal y nunca de barro. Casi todos los días, penetre o no en mi agujero negro, me receto un intolerante “NoTeQuiebresACachosNiTeDesmoronesComoEstatuadeSal”.

¿Aceptar que los polos fuerte-débil se acompañan desde siempre, que enarbolan un equilibrio simbiótico?

La sufro, siento que me suavizo hasta convertirme en un hilacho que derrama su fuerza gota a gota, fuerza que resbala y escurre gelatina en una atarjea.

Estoy aprendiendo que el hueso se rompe, que la carne se lacera y que yo sigo siendo yo, la habitante de un complejo salud-enfermedad que me mantiene en vilo, a veces pidiendo a gritos un tanque de oxígeno y a veces acolchonada entre nubes blancas.

nubes blancas

Tocarme vulnerable me hace llanto al mismo tiempo que me libera de un peso absurdo que amorata mi cuerpo y lo cansa. Tanta dosis de #superwoman me deja exhausta, con ganas de dormirme, de no pensar, de no ser.

Pero estoy aprendiendo, estoy logrando quedarme ahí, estática, en un sillón que me viaja al centro de mis locuras, de mis miedos, de mi ser infantil; me pone dentro de una caja de cartón que tintea un burdo trazo negro: FRÁGIL.

oxígeno

Hasta la siguiente.