Adiós mundo cruel

Gracias a mis progenitores disfruto el placer de la mesa. Sé que puedo cansar cuando pruebo algo que me gusta. Con cada bocado que estimula mis papilas gustativas nace un mmmmmm. Díganme, ¿este pseudomugido es universal?

La comida mexicana y la china son mis consentidas. Cuando me lanzo al Blossom invariablemente pido pollo Kung Pao, más porque me encanta que porque no le haya echado un vistazo a la carta.

Mmmmm
Mmmmm

Difícilmente resisto la combinación de dulce, salado y picante. Mi madre no la perdonaba, le ponía azúcar a las cremas —betabel, chícharo, zanahoria, jitomate (¡mi favorita!), espinaca—, a las enchiladas y al mole que no tenía el toque dulce que a ella le gustaba.

Cualquier platillo con esas características conquista mi paladar, léanse un buen picadillo con acitrón, algún guiso maldoso con ciruela pasa, un buen trozo de carne con fruta y una nogada cargadita de azúcar.

¡Quizá por eso adoro la comida china! Tiene todo lo que me gusta y que percibo con mis sentidos del gusto, la vista y el olfato: salado, dulce, picante, especias, colores. El pollo Kung Pao llega a la mesa, oscuro, rociado con cacahuates y con múltiples chiles rojos que le añaden sabor pero que hay que evitar.

Mi padre se come cualquier cosa que pique, que le dé comezón en la nariz, que lo haga estornudar e incluso que le llegue al cerebro y lo traiga de vuelta.

Total, que el Blossom me parece un excelente restaurante, redituable desde el punto de vista costo-beneficio y con buen servicio. ¿Mejor que el Hunan? No puedo ser categórica en mi respuesta, dado que a aquél voy poco, por la simple y sencilla razón de que sale mucho más caro y se respira un ambiente pesadón.

Si les dieran a escoger, ¿cuál sería el platillo con el que querrían decir «adiós mundo cruel»?

Ciao!

Libros para siempre

La última vez que estuve en Barnes & Noble me topé con The Giving Tree, un libro de pasta dura y forro verde chillón colocado en un pequeño estante. Sin oponer resistencia volví a mi infancia y entré en mi cuarto.

La edad no cuenta para disfrutarlo
La edad no cuenta para disfrutarlo

Ese tesoro llegó a mis manos gracias a mi padre. Encerraba la generosidad, el amor, la soledad y el paso aplastante del tiempo.

Hubo una primera vez, seguida de varias, porque no me cansé de recrearlo, de revivirlo desde diferentes puntos de vista ni de admirar a Sheldon Silverstein, quien con palabras geniales y dibujos extraordinarios nos compartió su esencia.

—¿Cómo era Shel?
—Mira, si me enseñas esta foto te diría que fue pirata, científico, preso político, domador de leones en un circo o incluso monje tibetano, pero estoy cierta de que ese hombre calvo, barbado y bigotudo fue un tipo sensible, lleno de letras y garabatos, de poemas y trazos que regaló a niños y adultos.

El rostro de un ser pensante...
Gran rostro

http://www.shelsilverstein.com/about/#

Cuando trabajé en mi tesis sobre José Mauro de Vasconcelos (Mi planta de naranja lima) descubrí que se referían a su obra como «literatura infantil para adultos». Aquí también caben The Giving Tree y El Principito.

http://www.librosdelasteroide.com/-de-vasconcelos-jose-mauro

Hay textos que invariablemente penetrarán en nuestros más tiernos rincones de sonrisas, lágrimas, conquistas, dolores y escondrijos por los que hubiéramos preferido no pasar.

Hasta la próxima.

¡Aguas!

Es la primera vez que me sucede, elegir el tema de hoy y cambiar de idea. No pasa nada ma chérie, es taaaaaan humano…

Fíjense en los siguientes datos:

¡Ojo!
¡OJO!

La placa delantera de mi coche está cachureca debido a un par de llegues que he provocado por mirar el celular al mismo tiempo que manejo; literal, un ojo al gato y otro al garabato. Ahora busco estacionarme o valerme de las luces vermelhas (rojas) de los semáforos. Lo primero pasa, lo segundo aún está “del nabo”.

¿Qué tan urgente puede ser contestar un mensaje de texto?

whatapp

¡Díganme que les ha pasado!, ¡me pone como a Cascarrabias cuando le estornudaba su dragón! Toparme con múltiples señoras platudas en camioneta, algunas gigantescas —GMC, Lincoln, Chevrolet, Cadillac—, que avientan su troca porque carecen de la habilidad de conducir bien.

Ad hoc p'a aventar lámina, ¿no?
Ad hoc p’a aventar lámina, ¿no?
Ídem
Ídem

A lo anterior súmenle que dan el volantazo con el celular pegado a la oreja, ¡ni siquiera se valen de la tecnología Bluetooth! Son una amenaza, y eso que estoy escribiendo sobre mi género, pero definitivamente no me identifico, así de claro y contundente.

Seamos conscientes, vale la pena apropiarnos de la campaña que lanzó la empresa mexicana Tamalli, que promueve que nos unamos a la cruzada a favor del manejo responsable (echen ojo al periódico Reforma del viernes 23 de enero, sección «Buena Mesa», p. 6).

Los golpecitos pasan, pero ¿se imaginan matar a una persona, dejarla inválida, ir a la cárcel o causar un accidente que nos cambie la vida? Sólo es cuestión de segundos.

Esos 15 son un albur
Esos 15 son un albur

¡Tomemos nota!

Muerte

Somos deleznables. Migajas, briznas, mirruscas… Las palabras que quieran y que taladren nuestros oídos con un ¡zas!

Asomó las narices a la calle. Pedaleaba la bicicleta cuando un conductor abrió la puerta del auto. Se calló. Pasaba un camión. Adiós.

Jugaba en el patio de su escuela. Una bala perdida. Lo enterraron.

Dudo que al abrir los ojos tú y yo nos hagamos conscientes de que podríamos hallar el final. Lo que escribo me recuerda el inicio de cada capítulo de la serie Six Feet Under.

sixfeetunder

Verla implicaba toparse con muertes distintas: en el radar o inesperada, plácida o cruel, larga o instantánea, autónoma o a punta de balazos.

Imagino que los diferentes tipos de decesos son proporcionales a la cantidad de bichos que pisamos la Tierra. ¿Cómo es la caja del nuestro?, ¿de qué color el moño?, ¿papel periódico, celofán, biblia, rugoso, satinado?

Hormigas que hormigueamos, y se hace más patente cuando escapamos de lo conocido, lo rutinario y circular.

En alta mar, allá en el Mediterráneo, envuelta en estrellas cosidas a la negrura, un viento frío e inquieto que rebana mi cabellera y que empuja las lágrimas. Y esa masa de agua infinita, voluptuosa, abismal. El momento idóneo para expresar estoy a salvo, pero nada soy, tan sólo unos ojos que se obstinan en asir el misterio y la belleza de lo insondable.

Mar_3

Hasta pronto…

Don gato y su pandilla

¿Recuerdan esa caricatura? Fue producto de la ideación de un tal Luis Pistocchi (1961) y sólo acumuló 30 episodios.

Recuerdos de infancia...
Parte de mi infancia

Viene a cuento porque así se autonombra un grupo de limpiavidrios a quienes saludo todos los días mientras me acerco al semáforo de Barranca del Muerto. El gesto consiste en chocar los puños y en un ameno intercambio de palabras.

Me simpatizan porque tienen el tino de preguntarle al conductor si quiere que le limpien el parabrisas. Ellos no sorprenden por la retaguardia ni lanzan el chorro de agua a metro y medio de distancia. Al principio discutía con Omar, quien no se tomaba la molestia de indagar —¿por qué habría de tomársela, si su objetivo es ganarse unos pesos para comer?—, hasta que intervino alguien de la pandilla…

—¡Ya no molestes a la güera!

¿Cómo sobreviven?, ¿cuánto ganan al día?, ¿hacia dónde se dirigen cuando termina su jornada?, ¿qué les llevan a los suyos?

Se acercaba la temporada de fiestas, abrí la ventana y me transmitieron un mensaje: querían que les regalara ropa para sus hijos.

—¿De cuántos años? —pregunté.

Pero no iba a funcionar, así que empecé a pensar en lo que sí podría darles. Le eché harto coco e incluso pedí consejo.

—¿Qué prefieren, que a cada quien le dé una lanita o que busque algo diferente, nomás para ustedes?

Me imaginé que Don Gato, Cucho, Demóstenes y secuaces escogerían, como dicen, un varo.

—¡Un regalo!

Me emocionaron sus ojos, brillantes y muy abiertos, que a pesar del ruido, el tránsito y las mentadas de madre lograban ver una sorpresa. Difícil transmitirles la ilusión que sentí, quería pintarles una sonrisa y alejarlos, aunque fuera un instante, de su barranca del muerto.

Antes del día 24 les llevé una rosca de limón y después del 31, para brindar por un nuevo año, dos botellas de Asti, un vino dulce y bajo en alcohol.

—Les deseo lo mejor. ¡Váyanse leve cuando se lo tomen y compartan con la pandilla! Y ojo para que no los agarre el Oficial Matute.

Risas, tan genuinas y frescas como las lengüeteadas de un cachorro.

Caray, ¿qué hizo uno para merecer lo que tiene? Nada. ¿Por eso me sentí tan plena al compartir?

Omar está muy flaco, lo miro perdido y en su nebulosa. Ese hombre delgado, musculoso y bien parecido aún no se vence. Ayer que pasé intentaba hacer su chamba. Abrí la ventana, chocamos el puño como si fuéramos superhéroes y nos vimos a los ojos. La lengua se le hizo bolas dentro de la boca, pero escuché su plática-confesión-súplica:

—Me hace falta varo

Arranqué, a punto de lágrimas y en medio de mi nebulosa, abundante en nieblas de profunda tristeza.

Hasta la próxima.

Shu de restaurante, no de zapato

Fui a comer al restaurante Shu, el típico lugar en el que se respiran prepotencia y mamonería. Además, en Santa Fe, zona de la ciudad de México que no me gusta. Se preguntarán que por qué me lancé, pero no fue mi elección.

¡Lindas lucecitas de colores!
¡Lindas lucecitas de colores! Dizque ambiente Zen…

Mi platillo, un Ishiyaki Wafuu Omuraisu No Ankake. Traduzco: “Arroz ligeramente frito en piedra caliente con crepa de huevo y salsa espesa con alga marina y kanikama”. Si lo piden, ¡aguas con las quemadas! Como debe ser, el caldo lo sirven ardiendo, para pelar pollos.

Ya lo he escrito, comer es uno de los grandes placeres de la vida, así que mi veredicto se reduce a “regreso o no a tal lugar”. El Shu quedó fuera de mi mapa gastronómico.

Salí para pedir mi coche. ¿Quiénes son los personajes que llegan y se van en camionetas gigantescas como tanques de guerra, con vidrios polarizados, conducidas por “monotes” que lanzan miradas asesinas? Ni idea, aunque uno se siente en otro mundo, en el de los “poderosos”, quienes disfrutan de ostentar lo pudientes que son.

¡Vaya!, hasta “se les sube” a los cuates que reciben a los comensales. Supongo que ellos buscan, con merecida justicia, una buena propina.

Adieu.

Demasiado personal

El viernes 16 de marzo de 2012 me dijeron que se había vestido, que estaba sentada en su sillón, muy guapa, platicando con el hombre que fue su última y efímera ilusión. Me dio gusto, aunque me mostré incrédula respecto a lo bien que se veía. Estoy segura, fue una artimaña para esconder nuestro dolor.

Subí la escalera, entré en su cuarto, la vi, nuestras miradas se cruzaron y supe que era mentira. La vida de mi madre se escurría, ella lo había anunciado de muchas formas. Llamadas y despedidas por teléfono y en persona, machacándolo a quienes pasaban más tiempo con ella —»No compren gas, ya no se va a necesitar”—, y ese abrazo, el último, sus manos tomando mis hombros, mi mejilla y mi oído sobre su pecho y después nuestros ojos, hechos de historias, de lucha, de pleitos, llenos de nuestras risas del sábado 17, donde hasta el final cupo el amor.

Tomé mi bolsa y también, como solía hacer mientras bajaba, le grité “bye, Má”. De regreso vino un “adiós, mi amor”.

14 de marzo de 2014

Cerca del miércoles 19, es decir, a 730 días de nuestra despedida. Afuera de su casa está la misma jacaranda que presumía sus hermosas flores color lila cuando dejó de respirar, poquito después de que el padre le diera la extremaunción.

Jacaranda

Una muerte serena, tranquila, sin sobresaltos. Hasta podría decir que dulce. La camioneta de Gayosso estacionada afuera. ¿Era real? Qué sensación tan maniaca. Me negué a ver el desagradable procedimiento de la bolsa y el cierre con mi madre y sin ella dentro. Para mí la peor parte, sin duda.

Llegó la hora, se la llevaban por segunda vez, ahora al crematorio. La seguí, llegué hasta el elevador y nunca imaginé que me dijeran que podía bajar con ella. Adrenalina. Acompañarla hasta el último segundo. Oía los pasos de mi hermana atrás de mí, muy cerca. Ellos transportaban un cuerpo más, yo sólo veía a mi mamá. Pasillo, vuelta a la izquierda, fuego, llamas, rojo, lenguas, calor, el abrazo final.

Cual algodones de dulce, como plumas de un edredón, así de ligero, levantaron completita la tapa del féretro. Me acerqué, le hice una caricia y besé su frente. Mi madre estaba, pero su cuerpo era de hielo. Me asusté un poco.

“Hija, cuando me muera que no me quiten la pulsera que me regalaste”. Era de ámbar. Se quemó junto con su carne.

Ámbar, palabra que proviene del árabe. Significa "lo que flota en el mar"
Ámbar, palabra que proviene del árabe. Significa «lo que flota en el mar»

—¿Dónde estás, que suelo extrañarte?
—Contigo —me respondes.

Y sonrío.

En terapia (2)

—Qué poderosa es la mente, me siento apachurrada cuando se acercan los días 19. A eso súmale el PMS, no creía en él y ahora me pega con tubo.
—Describe lo que sientes.
—Tristeza, desazón, cansancio, desgana.
—También vas a tener que aceptar esos momentos, son parte de ti y de nuestros agujeros negros.
—Pues intenté describirlos, porque la vida es vaivén, es como el título de una novela de Carmen Martín Gaite: Nubosidad variable.

Vuelvo al globo de cristal. No veo más que agua y peces negros. Van de luto. Rozan mis orejas, mi nariz, mis ojos, mi pelo que ondea en cámara lenta mientras mi cabeza está inmersa en el silencio de la nada: absorta, ensimismada, pétrea.

—Pero me gusta mucho más lo que escribió Mariana, un personaje de Martín Gaite:

“Ahora sé por mis estudios y por confidencias del diván que las cosas que no se aclaran a su debido tiempo van formando como un muro de escoria porosa que enseguida se empieza a solidificar hasta que al final no hay piqueta que lo derribe”.

—¿Te imaginas que uno pudiera pronunciar esta frase cada vez que se mete en el hoyo?

“Las cosas que pasan —como dice mi hijo Lorenzo—, pasan y punto, mamá, no le des más vueltas”.

Una de mis escritoras predilectas
Una de mis escritoras predilectas

Hasta pronto.

Una buena bailada

Teníamos que cruzar la calle para llegar al Restaurante Hamdi. El señor Arpacı llegó a Estambul en los años sesenta y vendía kebaps en un puesto callejero cercano al Bazar de las Especias.

Bazar_especias

Tuvo tanto éxito que se hizo de un edificio con vista a la Ciudad Vieja, al Puente Gálata y al Cuerno de Oro, un estuario a la entrada del estrecho del Bósforo.

¡Imperdible!
¡Imperdible!

http://hamdi.com.tr/

—Ahí vamos a comer, es el lugar que nos recomendó Hatice.

Después constaté que ya lo había señalado en mi guía.

—Órale, hace hambre.

La ciudad bullía.

—Vente por acá, hay que seguir a la gente.

Ahí estábamos, un par de turistas operadas de los ojos, haciendo su mayor esfuerzo por compartir mañas para ver un poco mejor. Una, moradora de Estados Unidos, acostumbrada a la civilidad y al primerísimo lugar que se les concede a los peatones, incluso cuando chanclean con sus flip flops. La otra, mexican curious, poco caminadora del Defe, pero hecha al gran desmadre, a la falta de respeto, a la abominable carencia de comedimiento y buen modo, con sus loables excepciones.

Se los confieso, es probable que la hermana gringa, después de vivir cerca de 18 años en el país de las barras y las estrellas, pensara que los automovilistas harían lo mismo en Estambul que en California.

—Vamos a buscar un semáforo, hija, esto es una locura.

—Ay, sí.

Nos camuflamos entre el gentío —hombres guapos, mujeres con velo, cargadores, comerciantes— y miramos fijamente al semáforo. Esperábamos a que se pusiera el muñequito verde para bajar de la banqueta. Imagino que la ciudadana estadunidense estaba nerviosa, con un lente intraocular al gato y un ojo al garabato.

De repente…

—¿¿¡¡Adónde vas, güey!!?

La vi bailar a media calle y girar aterrorizada sobre su propio eje. En el ínter, cuestión de segundos, la coleta le daba tumbos y sus botas cafés pulían el asfalto turco.

—¡Me destanteaste, hija!

—A mí no me eches la culpa, güey, ¡yo ni me moví! ¿Por qué fregados te lanzas atrás de ese cuate? ¡Seguía puesto el monito rojo!

Del otro lado, pasados susto y enojo, procedí a imitarla.

—Ja ja ja, ¿neta? Qué oso.

— Ja ja ja…

—No te burles.

—Ja ja ja…

—Ya, ¿no?

—¡Pues ríete, estuvo de lujo!

Las Perritas se carcajeaban en la acera de enfrente. Imitación, risa, escarnio, risa, burla, más risa.

De premio de consolación un paisaje sublime (mi foto es mala), mezes para picar, köfte (albóndigas), kebap, lahmacun (pizza estilo árabe), vino tinto y baklava.

Desde el restaurante Hamdi y hacia el Bósforo
Desde el restaurante Hamdi, ferry-boats listos para navegar el Bósforo
Lahmacun
Lahmacun

Más tarde la burra al trigo… Después de caminar por el Puente Gálata y de gozar de un atardecer enmarcado por Mezquitas, mi hermana fue a estamparse, a pesar de mi advertencia, con un uniformado de muy buen ver.

—Estoy segura, hija, nunca entenderá por qué una mujer lo arrolló con tal vehemencia si el mono no parpadeaba, la calle estaba tranquila y los coches inmóviles.

—Ay, ya ni me digas, ¡otro oso!

—¡Osazo!

Carcajadas.

T i l l        n e x t.

Más que ojos

Amanecí en un lugar hermoso, rodeada de verdor.

Un privilegio
Un privilegio

Acto seguido leí a Anna Astrom y aprendí que Sawu bona es la palabra que se usa para saludar a alguien en lengua zulú. Me enteré también de que dicho término significa te veo.

http://www.vidaanna.com/?p=2241

Niños zulúes
Niños zulúes

https://www.google.com.mx/webhp?sourceid=chrome- instant&ion=1&espv=2&ie=UTF-8#q=zulu  

Ver al otro dista de ser un mero ejercicio de voltear y constatar que frente a nosotros está una persona, verla implica reconocerla, respetarla, intentar ponerse en sus zapatos.

Estoy segura de que nuestros padres nos ayudan a enfrentar la cotidianidad si logran vernos y darnos las herramientas para construir nuestra propia mirada. No sé si me doy a entender, pero creo que sólo viendo a nuestro prójimo podemos hablar de amistad. El Diccionario de la lengua española la define así:

  1. f. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.

—Eh, amigo, te veo, existes, y con mi mirada te cuido y te atiendo.

¿Es fácil ver al otro? ¡Para nada, y estoy dispuesta a debatirlo! Vamos por el mundo cual autómatas; todos, en mayor o menor medida, cargamos un costalito con algo de inseguridad, enojo, minusvalía, narcisismo, tristeza, envidia, egoísmo. Llevamos a cuestas una colación de inconsciencia.

Que sean menos, ¿no?
Que sean menos, ¿no?

Lo anterior no quiere decir que seamos unos monstruos ni que urja que nos caiga una cúpula que nos aísle como en Under The Dome.

¡Picada estoy!
¡Picada estoy!

https://www.google.com.mx/webhp?sourceid=chrome-instant&ion=1&espv=2&ie=UTF-8#q=under+the+dome

No me toca decir cómo —es un trabajo personal—, nada más confesar que soy una individua homínida que ha necesitado ser vista.

¡Sawu bona!

https://aprendizajeyorganizaciones.wordpress.com/2012/05/25/sawu-bona-te-veo/