Gracias a mis progenitores disfruto el placer de la mesa. Sé que puedo cansar cuando pruebo algo que me gusta. Con cada bocado que estimula mis papilas gustativas nace un mmmmmm. Díganme, ¿este pseudomugido es universal?
La comida mexicana y la china son mis consentidas. Cuando me lanzo al Blossom invariablemente pido pollo Kung Pao, más porque me encanta que porque no le haya echado un vistazo a la carta.

Difícilmente resisto la combinación de dulce, salado y picante. Mi madre no la perdonaba, le ponía azúcar a las cremas —betabel, chícharo, zanahoria, jitomate (¡mi favorita!), espinaca—, a las enchiladas y al mole que no tenía el toque dulce que a ella le gustaba.
Cualquier platillo con esas características conquista mi paladar, léanse un buen picadillo con acitrón, algún guiso maldoso con ciruela pasa, un buen trozo de carne con fruta y una nogada cargadita de azúcar.
¡Quizá por eso adoro la comida china! Tiene todo lo que me gusta y que percibo con mis sentidos del gusto, la vista y el olfato: salado, dulce, picante, especias, colores. El pollo Kung Pao llega a la mesa, oscuro, rociado con cacahuates y con múltiples chiles rojos que le añaden sabor pero que hay que evitar.
Mi padre se come cualquier cosa que pique, que le dé comezón en la nariz, que lo haga estornudar e incluso que le llegue al cerebro y lo traiga de vuelta.
Total, que el Blossom me parece un excelente restaurante, redituable desde el punto de vista costo-beneficio y con buen servicio. ¿Mejor que el Hunan? No puedo ser categórica en mi respuesta, dado que a aquél voy poco, por la simple y sencilla razón de que sale mucho más caro y se respira un ambiente pesadón.
Si les dieran a escoger, ¿cuál sería el platillo con el que querrían decir «adiós mundo cruel»?
Ciao!





















