El Pescadito

El 26 de abril del año pasado —apenas estamos a 2 de enero, pero el 14 quedó atrás— reencontré a una persona a quien a lo largo de muchos años consideré mi amiga. En ese momento resultó maravilloso, como si no hubieran pasado 10 años.

—¿Se te antoja en La Buena Tierra o prefieres unos ricos tacos de camarón y marlin?
—Tacos —respondí sin dudar.
—¿Empezamos a buena hora? Ahí la colaboración está desde temprano.

Acto seguido recibí un mensaje: colaboración = cola.

Caray, ¿pues de qué se trataba? Si algo me molesta es hacer colas. De El Pescadito, en la Condesa.

Llegué poco antes de las 2 y me formé en la colaboración. Bastó con observar la cara de placer de los congregados para que la fila pasara a otro plano. Debía valer la pena.

Había tres cuates que abrían la boca cual leones en embestida para hincarle el diente al taco. Por supuesto, acompañado de una chela.

Como me acercaba peligrosamente a donde tenía que hacer mi pedido y aún no llegaba mi amiga le dije al chavo de atrás que pasara. Respondió que no me preocupara, que todavía faltaba. De repente me abordó, escuché algo así como:

—Qué, ¿ya traes tu tattoo?
Puse cara de idiota, no supe si había oído bien, vaya, ni siquiera me había caído el veinte de lo que dijo.
—¿Perdón?
Lo repitió. Claro que ya me había percatado de que muchas personas traían tatuajes. Es más, la encargada del trajín, una mujer muy amable, ostentaba tattoos por lo menos en el brazo izquierdo.
—No, estoy tapada porque me acaban de detectar un cancercito de piel y me puse muy paranoica, así que no quiero ni ver los rayos del sol. Ja ja, ha de haber pensado que estaba zafada.
Seguí con mi análisis. ¿Qué pediría?: Quesotote, Tacochango, de camarón, de marlin, de chile relleno de queso con no sé qué… ¡Qué atascón! Bien pendiente, porque era mi primera vez y el resto de la gente dominaba el tejemaneje.

Ahí estaba la grasa hirviente, a borbotones, donde nadaban los chiles rellenos bien rebozaditos. Encima les ponían un toque de lo que imaginé eran camarones, también rebozados y pasados por grasa.

—Ay, güey —pensé—, por más que se vea delicioso no voy a comer algo taaan grasoso.
—¿Ya tienes mesa? —me preguntaban.
—No.
—¿Ya tienes mesa?
—No.
—¿Ya tienes mesa?
—¡No!

Lo que es ser neófito. En mi mesa ya descansaba una Negra Modelo y yo seguía esperando. La buena noticia es que llegó la Gordi y me sacó de la nebulosa.

Nos dieron nuestros tacos en friega. Antes de sentarnos pasamos por una barra donde había ensalada de col, cebolla, jitomate, salsas de todos colores y picores… No me dio tiempo para ver qué más, a todos les urgía sentarse y empacar.

Me gustó, decidí que volvería a El Pescadito. Cierro con el gran Fuentes Mares:

Resorte primario del arte de comer y beber, la gula es virtud que no sólo alegra y reconforta sino que vuelve tolerable la inminencia de la muerte.