En materia de tránsito, Estambul se parece al Distrito Federal, el respeto al peatón es nulo. De algo nos percatamos la primera noche.
—¿Salimos, no?
—Es tarde, ¿no será muy peligroso?
—Ya preguntamos y nos dijeron que no pasa nada. ¡Además estamos en Turquía, hija! Uno no amanece aquí todos los días.
Hacía frio, así que me enfundé mis botas y una buena chamarra. Mi hermana, la Perrita, salió con flip flops. Ay, Dios, fea costumbre la de las pinchurrientas chanclitas. Son un horror, pero reconozco que dieron en el clavo con el nombre. En plena plaza Taksim me perseguía un sonidito: flip flop, flip flop, que traducido al castellano sería clac clac, clac clac.


Caminamos maravilladas, queriendo abarcarlo todo, incluidas las castañas asadas, los kebap, el pan relleno de nutella e incluso el profundo rojo del jugo de granada que desentonaba con el frío, igual que las chanclas.
—¿Neta no te estás helando?
—Ay qué oso, ¿verdad?, todos con abrigos y botas y yo con mis flip flops.
—¡Deja eso, hace mucho frío! ¿Quieres que caminemos al hotel para que te cambies?
—Mmm, este, mmh…
—¿Qué, sí o no?
—Ps yo creo que ya no, qué hueva regresar al cuarto.
—Bueno, como quieras. Eso sí, mamá hubiera dicho que te ves bien paya (no le causó la menor gracia)
Qué sorpresa encontrarnos con uno de los lugares seleccionados en mi guía. Llegamos como los murciélagos porque estaba considerablemente oscuro para dos turistas medio cegatas (no confundir con gatas).
—Ve qué lugar, ¡vamos por un té de manzana y algo de comer!
—¡Sale!
Yo tenía hambre, me perdí de las delicias que ofrecieron en el avión de Turkish Airlines porque logré dormir casi todo el trayecto, en el de San Francisco a Frankfurt nomás no pude.
Las actividades de mi hermana durante las más de 10 horas consistieron en llenar pancita, acomodarse los audífonos para ver películas o “echar flan”, es decir, cuajarse. En el ínter yo leía sobre Turquía y algunos excelentes artículos que publica la revista Hemispheres.
Basta de digresiones, frente a nosotras, muy orondo, Hafiz Mustafa, con 128 años de consentir paladares. El único obstáculo para penetrar en el universo del Baklava era la estrecha calle, de ida y vuelta, con automotores que rugían y dos Perritas afectadas por el relumbrón y la calidad de neófitas en una espectacular ciudad envuelta en aires asiáticos y europeos.

Que sí que no, que sí que no… Las flip flops batallaban, bailaban, imagino que se esforzaban por mantenerse en el pie de su dueña. Sólo por si se lo preguntaban, otras personas ya habían cruzado. De repente un taxista se apiadó de nosotras y pasamos del otro lado. Nos internamos en el jardín de las delicias, en un añejo paraje que sería mejor descrito por la mismísima Scheherezade.
Lo último que diré es que cuando se trata de comer —gran placer que nos regala la vida— soy más salada que dulce. Si no viven la experiencia de saborear los baklava con pistache de Gaziantep —el mayor centro de cultivo en Turquía—, cada bocado es indescriptible.

El señor taxista se irá al cielo… con todo y flip flops.
Continuará…