—Estoy deprimida porque no me ha hablado mi significant other.
Quienquiera que haya pronunciado una frase semejante no tiene la más pálida idea de lo que es la depresión. Andrew Solomon la describió como un demonio. La quinta acepción del Diccionario de la lengua española define demonio:
5. m. Sentimiento u obsesión persistente y torturadora.

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Dicen las Sagradas Escrituras que los demonios son ángeles caídos; olvídense de los espíritus celestes, ¡el verbo clave es caer! La depresión equivale a caer dentro de un agujero oscuro cuyo único fondo es el fango. El resto no puede verse. Por eso, aunque la intención sea buena, una persona deprimida abomina un monólogo como éste:
—Lo que necesitas es distraerte, leer un libro, salir a tomar un café, ir al cine, reunirte con amigos.
¡Pero si se está inmerso en el lodazal! El lodo equivale al silencio, al frío interior, al llanto, al deseo de desaparecer, al miedo a lo cotidiano, al encierro, a la carencia absoluta de impulso vital.
La sensación de vacío y de irremediable condena es una tortura. Y persiste, taladra, absorbe, consume. La depresión huele a muerte, por la sangre corre un torrente de cenizas sazonado con ingredientes podridos.
¿Alguien ha pensado en lo que tiene que experimentar una persona para tomar la decisión de suicidarse? De entre tantas muertes desesperadas sólo destaco un par:
Virginia Woolf le deja una nota a Leonard antes de sumergirse en el lago Ouse…

http://www.lettersofnote.com/2010/02/i-cant-fight-any-longer.html
Ahora las contundentes palabras de William Styron, creador de la novela Sophie’s Choice (1979):
“Es […] un momento en el que la oscuridad se hace plenamente visible. Se puede tocar y ver desde dentro porque se está en ella, inmerso en un globo sin aire del que uno tiene la esperanza de salir”.
Cuesta, pero en la estrechez del dolor y la locura permanece una partícula subatómica incandescente.
Así las cosas.