Teníamos que cruzar la calle para llegar al Restaurante Hamdi. El señor Arpacı llegó a Estambul en los años sesenta y vendía kebaps en un puesto callejero cercano al Bazar de las Especias.
Tuvo tanto éxito que se hizo de un edificio con vista a la Ciudad Vieja, al Puente Gálata y al Cuerno de Oro, un estuario a la entrada del estrecho del Bósforo.

—Ahí vamos a comer, es el lugar que nos recomendó Hatice.
Después constaté que ya lo había señalado en mi guía.
—Órale, hace hambre.
La ciudad bullía.
—Vente por acá, hay que seguir a la gente.
Ahí estábamos, un par de turistas operadas de los ojos, haciendo su mayor esfuerzo por compartir mañas para ver un poco mejor. Una, moradora de Estados Unidos, acostumbrada a la civilidad y al primerísimo lugar que se les concede a los peatones, incluso cuando chanclean con sus flip flops. La otra, mexican curious, poco caminadora del Defe, pero hecha al gran desmadre, a la falta de respeto, a la abominable carencia de comedimiento y buen modo, con sus loables excepciones.
Se los confieso, es probable que la hermana gringa, después de vivir cerca de 18 años en el país de las barras y las estrellas, pensara que los automovilistas harían lo mismo en Estambul que en California.
—Vamos a buscar un semáforo, hija, esto es una locura.
—Ay, sí.
Nos camuflamos entre el gentío —hombres guapos, mujeres con velo, cargadores, comerciantes— y miramos fijamente al semáforo. Esperábamos a que se pusiera el muñequito verde para bajar de la banqueta. Imagino que la ciudadana estadunidense estaba nerviosa, con un lente intraocular al gato y un ojo al garabato.
De repente…
—¿¿¡¡Adónde vas, güey!!?
La vi bailar a media calle y girar aterrorizada sobre su propio eje. En el ínter, cuestión de segundos, la coleta le daba tumbos y sus botas cafés pulían el asfalto turco.
—¡Me destanteaste, hija!
—A mí no me eches la culpa, güey, ¡yo ni me moví! ¿Por qué fregados te lanzas atrás de ese cuate? ¡Seguía puesto el monito rojo!
Del otro lado, pasados susto y enojo, procedí a imitarla.
—Ja ja ja, ¿neta? Qué oso.
— Ja ja ja…
—No te burles.
—Ja ja ja…
—Ya, ¿no?
—¡Pues ríete, estuvo de lujo!
Las Perritas se carcajeaban en la acera de enfrente. Imitación, risa, escarnio, risa, burla, más risa.
De premio de consolación un paisaje sublime (mi foto es mala), mezes para picar, köfte (albóndigas), kebap, lahmacun (pizza estilo árabe), vino tinto y baklava.


Más tarde la burra al trigo… Después de caminar por el Puente Gálata y de gozar de un atardecer enmarcado por Mezquitas, mi hermana fue a estamparse, a pesar de mi advertencia, con un uniformado de muy buen ver.
—Estoy segura, hija, nunca entenderá por qué una mujer lo arrolló con tal vehemencia si el mono no parpadeaba, la calle estaba tranquila y los coches inmóviles.
—Ay, ya ni me digas, ¡otro oso!
—¡Osazo!
Carcajadas.
T i l l n e x t.
