El viernes 16 de marzo de 2012 me dijeron que se había vestido, que estaba sentada en su sillón, muy guapa, platicando con el hombre que fue su última y efímera ilusión. Me dio gusto, aunque me mostré incrédula respecto a lo bien que se veía. Estoy segura, fue una artimaña para esconder nuestro dolor.
Subí la escalera, entré en su cuarto, la vi, nuestras miradas se cruzaron y supe que era mentira. La vida de mi madre se escurría, ella lo había anunciado de muchas formas. Llamadas y despedidas por teléfono y en persona, machacándolo a quienes pasaban más tiempo con ella —»No compren gas, ya no se va a necesitar”—, y ese abrazo, el último, sus manos tomando mis hombros, mi mejilla y mi oído sobre su pecho y después nuestros ojos, hechos de historias, de lucha, de pleitos, llenos de nuestras risas del sábado 17, donde hasta el final cupo el amor.
Tomé mi bolsa y también, como solía hacer mientras bajaba, le grité “bye, Má”. De regreso vino un “adiós, mi amor”.
14 de marzo de 2014
Cerca del miércoles 19, es decir, a 730 días de nuestra despedida. Afuera de su casa está la misma jacaranda que presumía sus hermosas flores color lila cuando dejó de respirar, poquito después de que el padre le diera la extremaunción.
Una muerte serena, tranquila, sin sobresaltos. Hasta podría decir que dulce. La camioneta de Gayosso estacionada afuera. ¿Era real? Qué sensación tan maniaca. Me negué a ver el desagradable procedimiento de la bolsa y el cierre con mi madre y sin ella dentro. Para mí la peor parte, sin duda.
Llegó la hora, se la llevaban por segunda vez, ahora al crematorio. La seguí, llegué hasta el elevador y nunca imaginé que me dijeran que podía bajar con ella. Adrenalina. Acompañarla hasta el último segundo. Oía los pasos de mi hermana atrás de mí, muy cerca. Ellos transportaban un cuerpo más, yo sólo veía a mi mamá. Pasillo, vuelta a la izquierda, fuego, llamas, rojo, lenguas, calor, el abrazo final.
Cual algodones de dulce, como plumas de un edredón, así de ligero, levantaron completita la tapa del féretro. Me acerqué, le hice una caricia y besé su frente. Mi madre estaba, pero su cuerpo era de hielo. Me asusté un poco.
“Hija, cuando me muera que no me quiten la pulsera que me regalaste”. Era de ámbar. Se quemó junto con su carne.

—¿Dónde estás, que suelo extrañarte?
—Contigo —me respondes.
Y sonrío.
