Somos deleznables. Migajas, briznas, mirruscas… Las palabras que quieran y que taladren nuestros oídos con un ¡zas!
Asomó las narices a la calle. Pedaleaba la bicicleta cuando un conductor abrió la puerta del auto. Se calló. Pasaba un camión. Adiós.
Jugaba en el patio de su escuela. Una bala perdida. Lo enterraron.
Dudo que al abrir los ojos tú y yo nos hagamos conscientes de que podríamos hallar el final. Lo que escribo me recuerda el inicio de cada capítulo de la serie Six Feet Under.
Verla implicaba toparse con muertes distintas: en el radar o inesperada, plácida o cruel, larga o instantánea, autónoma o a punta de balazos.
Imagino que los diferentes tipos de decesos son proporcionales a la cantidad de bichos que pisamos la Tierra. ¿Cómo es la caja del nuestro?, ¿de qué color el moño?, ¿papel periódico, celofán, biblia, rugoso, satinado?
Hormigas que hormigueamos, y se hace más patente cuando escapamos de lo conocido, lo rutinario y circular.
En alta mar, allá en el Mediterráneo, envuelta en estrellas cosidas a la negrura, un viento frío e inquieto que rebana mi cabellera y que empuja las lágrimas. Y esa masa de agua infinita, voluptuosa, abismal. El momento idóneo para expresar estoy a salvo, pero nada soy, tan sólo unos ojos que se obstinan en asir el misterio y la belleza de lo insondable.
Hasta pronto…

