De gustos y juicios

—Disculpe, disculpe… perdone…

Una monada que los mexicanos sintamos la necesidad de pedir perdón antes de hacer una pregunta. Sucede en restaurantes, tiendas, mercados, ferias. Así llamamos la atención de alguien.

—¡Oiga, disculpe!

—A sus órdenes.

Mentira.

—¿Me puede decir cuáles son los libros que la han marcado?

Una vez más, se inquiere con recelo, ¿p’a qué sirve el me puede decir? No me viene a la mente la sagrada Biblia y serían patrañas si dijera que ese texto es el número uno en mi existencia. Contesto a bote pronto —por alguna razón recuerdo al señor Peña Nieto— y me concentro en el verbo “marcar”, no “gustar”.

Mi planta de naranja lima (O Meu Pé de Laranja Lima), de José Mauro de Vasconcelos; El Principito (Le Petit Prince), de Saint-Exupéry; El mismo mar de todos los veranos, de Esther Tusquets; El cuarto de atrás, de Carmen Martín Gaite, y El mundo, de Juan José Millás.

¡Uf!, queda por leer el universo entero, pero contesté a la pregunta.

—¡Gracias!

Salvé mi pellejo, por ahora no me harán trizas en las redes sociales. Hoy todos podemos opinar, pero esta libertad se presta para denostar y arrasar con lo que nos dé la gana, incluso injustamente. Le acaba de suceder a Idina Menzel. ¡Pobre mujer!, gran voz, profesional, sin playback y con un frío de la retristeza. ¡A darle en las benditas redes, cual punching bag! Pago por ver a cualquier pelado que se pare en Times Square a cantar como Menzel. Se quedaría FROZEN.

Siempre será más difícil vernos a nosotros mismos que señalar al otro, juzgarlo.

En fin, les propongo hacer a un lado el error humano con un extracto de El Principito.

Ça c’est, pour moi, le plus beau et le plus triste paysage du monde. C’est le même paysage que celui de la page précedénte, mais je l’ai dessiné une fois encore pour bien vous le montrer. C’est ici que le petit prince a apparu sur terre, puis disparu. Regardez attentivement ce paysage afin d’être sûrs de le reconnaître, si vous voyagez un jour en Afrique, dans le désert. Et, s’il vous arrive de passer par là, je vous en supplie, ne vous pressez pas, attendez un peu juste sus l’etoile! Si alors un enfant vient à vous, s’il rit, s’il a des cheveux d’or, s’il ne répond pas quand on l’interroge, vous devinerez bien qui il est. Alors soyez gentils! Ne me laissez pas tellement triste: écrivez-moi vite qu’il est revenu…

Le_Petit_Princehttp://www.agirregabiria.net/g/sylvainaitor/principito.pdf

Hasta la próxima.

Aquí estamos tú y yo

Conservo esta imagen recurrente de cuando solía nadar en una de las albercas descubiertas del club: por más que amara —amo— la sensación de mi piel al contacto con el agua, durante el ir y venir nunca me abandonaba el futuro, lo que haría después de llegar a la meta de kilómetro o kilómetro y medio.

Delimitada por mi carril, me preguntaba el porqué de no poder vivir ese momento, mi presente, un tiempo en el que en realidad sólo había burbujas, brazadas, respiraciones, pataleo y vueltas de campana. También cercano a ese anhelo de presente eran los árboles, el viento, el muro de piedra, una que otra persona y el chapoteadero, los bultos que alcanzaba a ver, dados mis ojos y la velocidad.

Simplemente no estaba ahí, mi tiempo era otro tiempo, mi momento era de cristal, mis sentidos pasaban al absurdo plano de lo que no había sucedido.

Señores, respeto pero no creo en los libros de autoayuda, una lectura jamás sustituirá el arduo trabajo personal por saber quiénes somos, por descubrir la piel que nos envuelve, pero el título de este best seller me llegó en dos idiomas: El poder del ahora o The Power of Now, del maestro espiritual Eckhart Tolle.

Hoy les comparto un párrafo que debo esforzarme en recordar para abrazar mi presente. ¡Nada de ser una “iluminada”, sólo intento que mi tiempo no se escape sin que me dé cuenta!

«Toda la negatividad es causada por una acumulación de tiempo psicológico y por la negación del presente. La incomodidad, la ansiedad, el estrés, la preocupación —todas las formas del miedo— son causadas por exceso de futuro y demasiado poca presencia. La culpa, las lamentaciones, el resentimiento, las quejas, la tristeza, la amargura y todas las formas de falta de perdón son causadas por exceso de pasado y falta de presencia».

Viene a mi mente Moments of Being, de Virginia Woolf.

Hasta la próxima.

Las Perritas en Estambul

En materia de tránsito, Estambul se parece al Distrito Federal, el respeto al peatón es nulo. De algo nos percatamos la primera noche.
—¿Salimos, no?
—Es tarde, ¿no será muy peligroso?
—Ya preguntamos y nos dijeron que no pasa nada. ¡Además estamos en Turquía, hija! Uno no amanece aquí todos los días.
Hacía frio, así que me enfundé mis botas y una buena chamarra. Mi hermana, la Perrita, salió con flip flops. Ay, Dios, fea costumbre la de las pinchurrientas chanclitas. Son un horror, pero reconozco que dieron en el clavo con el nombre. En plena plaza Taksim me perseguía un sonidito: flip flop, flip flop, que traducido al castellano sería clac clac, clac clac.

A éstas les faltan las piedrecillas...
A éstas les faltan las piedrecillas…
Plaza Taksim
Plaza Taksim

Caminamos maravilladas, queriendo abarcarlo todo, incluidas las castañas asadas, los kebap, el pan relleno de nutella e incluso el profundo rojo del jugo de granada que desentonaba con el frío, igual que las chanclas.
—¿Neta no te estás helando?
—Ay qué oso, ¿verdad?, todos con abrigos y botas y yo con mis flip flops.
—¡Deja eso, hace mucho frío! ¿Quieres que caminemos al hotel para que te cambies?
—Mmm, este, mmh…
—¿Qué, sí o no?
—Ps yo creo que ya no, qué hueva regresar al cuarto.
—Bueno, como quieras. Eso sí, mamá hubiera dicho que te ves bien paya (no le causó la menor gracia)
Qué sorpresa encontrarnos con uno de los lugares seleccionados en mi guía. Llegamos como los murciélagos porque estaba considerablemente oscuro para dos turistas medio cegatas (no confundir con gatas).
—Ve qué lugar, ¡vamos por un té de manzana y algo de comer!
—¡Sale!
Yo tenía hambre, me perdí de las delicias que ofrecieron en el avión de Turkish Airlines porque logré dormir casi todo el trayecto, en el de San Francisco a Frankfurt nomás no pude.

Las actividades de mi hermana durante las más de 10 horas consistieron en llenar pancita, acomodarse los audífonos para ver películas o “echar flan”, es decir, cuajarse. En el ínter yo leía sobre Turquía y algunos excelentes artículos que publica la revista Hemispheres.

Basta de digresiones, frente a nosotras, muy orondo, Hafiz Mustafa, con 128 años de consentir paladares. El único obstáculo para penetrar en el universo del Baklava era la estrecha calle, de ida y vuelta, con automotores que rugían y dos Perritas afectadas por el relumbrón y la calidad de neófitas en una espectacular ciudad envuelta en aires asiáticos y europeos.

La calle, cuantiosos años atrás
La calle, cuantiosos años atrás

http://www.hafizmustafa.com/

Que sí que no, que sí que no… Las flip flops batallaban, bailaban, imagino que se esforzaban por mantenerse en el pie de su dueña. Sólo por si se lo preguntaban, otras personas ya habían cruzado. De repente un taxista se apiadó de nosotras y pasamos del otro lado. Nos internamos en el jardín de las delicias, en un añejo paraje que sería mejor descrito por la mismísima Scheherezade.

Lo último que diré es que cuando se trata de comer —gran placer que nos regala la vida— soy más salada que dulce. Si no viven la experiencia de saborear los baklava con pistache de Gaziantep —el mayor centro de cultivo en Turquía—, cada  bocado es indescriptible.

Los mejores de la noche, recomendados a señas por nuestra amable y joven mesera
Los mejores de la noche, recomendados a señas por nuestra amable y joven mesera

El señor taxista se irá al cielo… con todo y flip flops.

Continuará…

La perrita no se da cuenta

Mi hermana y yo solíamos acompañar a mi madre a casa de los Debayle. Veíamos a doña Silvia (confieso que me encantaría saludarla. Podría platicar con ella sobre mi Má), la mismísima progenitora de Martha Debayle (¿alguna vez habrá sido #GenteSencilladelCampo?), a quien no recuerdo haber saludado en esas visitas. Quizá ya estaba labrando su prometedor futuro en compañía de El Negro.
Nos emocionaba enormemente toparnos con múltiples objetos traídos de Estados Unidos, en ese entonces era difícil conseguirlos ¿Había ropa? Si sí, doña Mónica, mi progenitora, debió haber estado «sobres».
Gracias a Silvia les echamos ojo a unas grabadoras marca Sony. ¿Y saben qué?, mi padre apoquinó para que fueran nuestras.
Música, esencial para mí, cassettes —fregaderitas prehistóricas, desconocidas para los niños y adolescentes de hoy—, el armatoste para ponerlos y un asa para transportarlo de un lado a otro. ¿Qué más podíamos pedir?
Yo vendía canciones en la escuela, cintas de 60, 90 o 120.

Un TDK de 60, ¡guau!
Un TDK de 60, ¡guau!

Ese micro negocio me regalaba un placer simple y duradero, porque cada vez que ponía una rola que le hacía tilín a otra persona tenía la oportunidad de revivirla, de cantarla y de aprendérmela. En esos ayeres las letras se me pegaban como Kola Loka, hoy más bien como engrudo.
Además, todos los miércoles mi abuela materna, doña Pepa, nos dejaba 20 pesos de domingo. Los billetes eran rojos, ¿se acuerdan?

El añorado billetito de mi abuela Pepa
El añorado billetito de mi abuela Pepa

Casi ipso facto me lanzaba al Sanborns de Palmas para gastármelo en cuatro cassettes. Los sumaba a mi colección, que acrecentaba de una semana a otra.

Esa era la causa por la que en repetidas ocasiones mi hermana entraba a mi cuarto y…
—¿Y esa canción?
—Ah, es Down Under, de Men at Work.
—¿Me la grabas?
A mi sister no le cobraba, era un halago que mi música sirviera para imantarla.
Las grabadoras Debayle no sólo fueron útiles para mi pequeño tejemaneje escolar, para sacar letras de canciones —Play, Pause, Rewind, Play, Pause, Rewind—, para descubrir mis rolas favoritas y para conocer nuevos grupos y cantantes, también sirvieron para grabar algunos programas prototipo que bautizamos con el nombre de La perrita no se da cuenta. Alternábamos papeles, en unos casos yo entrevistaba y mi hermana era la amolada que hablaba del dolor en turno, en otros justo al revés. Aunque el malestar era real, cada sesión nos hacía desconectarnos, enfocarnos en nuestra pericia —era requisito hablar como españolas, con todo y ceceo— y reírnos a carcajadas.
Afloraba la pregunta, casi siempre de mi lado:
—Deberíamos ir al radio, hija, igual pega y les laten estas vaciladas.
—¿Crees?
Pero todo se quedaba en las cintas. Mientras, Martha estaría precisamente en la W, afianzando su fructífera y mega publicitada carrera en el radio.

En nuestra familia, más que empresarios, hubo intelectuales, así que pasamos la página y renunciamos a la venta de nuestro cachorro.

Conservo algunos episodios de La perrita no se da cuenta, cuando los escucho me carcajeo y padezco de una buena dosis de nostalgia. De ahí salió referirnos la una a la otra como Perrita, Perri, Perrín Perrilla.
Hoy, miércoles 7 de enero, a las 19:41 horas, decido que cuando las protagonistas de mi publicación seamos mi hermana y yo, en el título haré alusión a algo relacionado con los mamíferos cánidos, incluso pueden opinar sobre si hago una categoría o no.

Piensen en el nombre del programa y en la cantidad de cosas que pasamos por alto porque no nos damos cuenta. La conciencia duele, señores, pero nos da más y mejores herramientas para enfrentar la vida.

Hasta la próxima.

El pan hasta en la sopa

¿Qué tiene de especial Le Pain Quotidien? Pregunta tonta, supongo que el pan. Fui el 8 de febrero del año pasado a una sucursal en “Polanquito” —¿a quién rayos se le ocurrió el nombre?—, atestada, y de no haber sido porque la gente estaba vestida habría jurado que estábamos listos para calentar nuestros huesitos al sol.

Oí decir al capitán que ya había 35 en Nueva York. ¡Uf!, ¡guau! Lo bueno es que en ese instante estábamos en México. Bola de mamilas…

Me dio por pensar que el origen del lugar era francés, pero nació en Bélgica, idea original de Alain Coumont, chavito que pasaba horas y felices días observando a la abuela cuando horneaba pan.

Como hoy todo tiende a expandirse, ya se cuentan más de 200 panes cotidianos en países como Estados Unidos, Brasil, India, Francia, Turquía, España, Argentina y Alemania.

Un café más bien chafón, así que escribí un tuit chismoso para expresar mi ni fu ni fa. Recibí una respuesta, algo así como un regaño velado que señalaba que lo que debía haber pedido era chocolate caliente belga y por supuesto pan, pan y más pan.
La próxima vez entro a uno de estos Panes, cuando haya menos gente y de preferencia más temprano, compro uno —¿alguien sabe si me lo dan en bolsita de papel estraza?— y me retiro caminando alegremente mientras mordisqueo el pan de la cotidianidad.

Otra vez asoma la risa. Hace muchos años mi hermana y yo —cabe mencionar que estábamos en nuestros años mozos— caminábamos por las calles empedradas de Amatlán de Quetzalcóatl. Íbamos platicando y precisamente subíamos una pendiente cuando vimos aparecer a un hombre con un gran canasto de pan sobre la cabeza.  Nos admiramos, aunque creo que el estímulo fue mutuo, porque acto seguido escuchamos una voz también moza que nos interpeló:

—Pancito, ¿nenas?

Olvídense del pan que todos los días se nos antoja y del esfuerzo que tenemos que hacer para evitarlo, revivamos a Salvador Novo con una probadita de «Antología del pan»:

El pan es inseparable de la leche. Si incompatible con el atole, es indispensable con el chocolate o con el café con leche. Niños y viejos lo bendicen porque se reblandece mojándolo en “sopas”. No es menor su interés literario. ¿En qué novela con calabozos no aparece, con un jarro con agua, un pan duro? ¿En qué novela con altruismo no se habla de los mendrugos o de las migajas y no se dice: “nos arrebatan el pan” ¿Y el amargo pan del destierro?

 ¡Entrémosle a la Rosca de Reyes!

Me simpatiza el Grinch

¿Leen al periodista Sergio Sarmiento? Si no, les recomiendo su columna del 24 de diciembre de 2014, “Club de Scrooge”, publicada en el periódico Reforma. Lo cito:
“En Un cuento de Navidad el escritor inglés Charles Dickens creó en 1843 un personaje maravilloso llamado Ebenezer Scrooge que le daba su justo valor a la Navidad y la relegaba al cajón de los objetos inútiles”. Don Sergio abre su Jaque Mate con un epígrafe de Germán Dehesa: “Yo no disfruto la Navidad, yo la padezco”.

Ebenezer Scrooge
Ebenezer Scrooge

http://www.dossierpolitico.com/img/EbenezerScrooge.jpg

Huy, ¿escribe alguien que pertenece al Club de Scrooge de Sergio, el que vive en el ciberespacio? (el club, no el periodista) No, simplemente porque Facebook no es lo mío, prefiero Twitter. ¿Acaso estoy más cerca de Dr. Seuss y su Grinch que robó la Navidad? Evalúen ustedes…

¿Cara de Grinch?

http://mariashriver.com/wp-content/uploads/drupal/Grinch-1024×1024.jpg?15eb96

Escribí este texto el año pasado, pero estoy segura de que viene a cuento. Las cursivas son de 2015.

La semana pasada saqué las narices a la calle (trasplante de córnea reciente, Juan en mi ojo) para tomarme un café en una tienda de autoservicio. Pasmo absoluto, el de mi amiga y el mío, cuando a la salida vimos pedacitos de rosca de Reyes a la vista de los clientes. ¿Se acuerdan?, antes esperaban un poco a que pensáramos en la reunión, el chocolate y el pan, que por cierto estaba infiltrado con máximo un par de niños Dios, no «muñequitos». Por favor vean lo que me acaba de mandar mi irreverente hermana…

¿Las roscas del futuro?
¿Las roscas del futuro?

Nos borraron las posadas (hoy ni quien me invite a una), la cena en familia, la Navidad (insisto en que lean a Sarmiento), las vacaciones e incluso la ilusión de los regalos (no se trata de enloquecer en las tiendas ni en el Buen Fin, sino de dar algo significativo a otra persona).

Sí, de un saltito al 2014 (aplíquese al 2015). A este paso habrá corazones en enero, oferta de paquetes de viajes en febrero (para Semana Santa, el verano y Navidad), rosas y restaurantes en marzo, disfraces y calaveras en agosto, monos de nieve, renos y Santas en octubre, como acaba de pasar.

Sergio hace alusión a que empezaremos a ver al cura Hidalgo vestido de Santa Claus en septiembre.

Y va de nuez, ¡el año 2015 a la vuelta de la esquina! (¡ya llegó y el 2016 nos pisa los talones!) Bien podrían ofrecernos rosca y pan de muerto al mismo tiempo, ¿no? Ah, y vender banderitas.

Si de por sí la civilidad brilla por su ausencia, ¡imagínense en esta temporada! La rebatiña se pone candente. Importa poco que uno esté evaluando el producto (y eso que si está atascado salgo como alma que lleva el diablo) en el que probablemente decida gastar. De repente ¡zas!, la señora de al lado metió codo, se puso buza y ya lo tiene en sus manos. En ese instante me doy la vuelta y avanzo sin rumbo hacia un pasillo que me ofrezca menos complicaciones.

Ya se dieron cuenta de que huyo del gentío y la muchedumbre. Me da igualito que haya una cascada de chocolate y a medio metro una cara amable que reparte fresas. Si hay cola y pelotera ciao bambino.

Sería sensacional que observáramos cierta (ojo, hoy por hoy quizá solo aspiremos a «cierta») urbanidad, que conforme pasa el tiempo es menos socorrida. Estoy consciente de la obsolescencia del Manual de urbanidad y buenas maneras, escrito por Manuel Antonio Carreño en el siglo XIX, pero también me doy cuenta de que podría rescatarse algo que hiciera más llevadera la convivencia con nuestros semejantes (lo sé, estoy soñando)

Así escribió Carreño: “Conduzcámonos en la calle con gran circunspección y decoro, y tributemos las debidas atenciones a las personas que en ella encontremos; sacrificando, cada vez que sea necesario, nuestra comodidad a la de los demás”. Carcajadas (o carcajodas*), ¡me he tenido que bajar de la banqueta para que un grupito de “caballeros” pasen como reyes(itos)! He visto a personas jóvenes incapaces de cederle su lugar a los ancianos o a mujeres embarazadas.

Urbanidad, casi como quienes se saltan los torniquetes del Metro, queman árboles de navidad en pleno Insurgentes y Reforma, destruyen el portón de Palacio Nacional o bloquean carreteras y autopistas para ver si Peña les regresa a los normalistas de Ayotzinapa (con el debido respeto a los padres y la conciencia de un hecho perpetrado por desalmados).

En efecto, mega corretiza la que que nos ponen las artimañas publicitarias y de mercadotecnia para que el tiempo se nos vaya en un suspiro y gastemos más lana, harta pastita.

Por eso el Grinch, quejoso del consumismo predominante, por eso Scrooge, gruñón a causa de la enloquecida marabunta y por eso yo —hoy desayuné con mi padre y con Kari en @LagoDlosCisnes—, que juro que el árbol de navidad (ni un detalle mexicano, nos invaden las costumbres estadunidenses) es de ayer, o sea, de 2014.

¿El río de gente —Ganges en día de peregrinación— que abarrota los centros comerciales, mercados, tiendas, etc., planeó algún gasto o se dejó llevar por la euforia del momento y el contagio de la fiebre de compra. Perdón, pero ya vendrá su (nuestra) cuestecita (¿diminutivo?) de enero.

*Carcajoda. f. Golpe de risa que le da al fornicante cuando, en pleno coito, ella le dice que es la primera vez. (Diccionario de Coll).

Até a próxima!

¡Gracias, Juanito!

—Ya fue mucha lana, ¿no?
—Ei.
—Mejor cancelamos ese tour, ¿estás de acuerdo?
—Yo no tengo bronca, el cuate de las conferencias dijo que Patmos es un lugar en el que fácilmente se puede caminar.
—Órale, entonces déjame llamar a Christine.
Así que decidimos lanzarnos solapas. Literal, a ver por dónde nos llevaba la isla, porque en cualquier lugar dio exactamente lo mismo que a mi hermana y a mí nos regalaran un mapa con puntos y rayitas para que no nos perdiéramos. Dábamos las gracias (en Turquía ya me aventaba mi Teşekkür ederim) con una inclinación de cabeza, salíamos —del hotel o del barco—, nos lanzábamos una mirada sospechosista y…
—¿Entendiste algo?
—Nada, ¿tú?
¡Dioses! ¿De quién heredamos el nulo sentido de la orientación? Ahí quedaba el mapa, tristeando, desperdiciado, deseoso de que lo vieran otros ojos, ávido de que alguien interpretara su geografía.
—No importa, hija, a ver quién nos dice cómo llegamos al monasterio de San Juan.
Caminando por la pequeña isla nos encontramos a nuestros amigos colombianos, habían alquilado una moto para subir hasta el punto más alto, más de 260 metros sobre el nivel del mar.
A nosotras nos vieron la cara, mi hermana dio su licencia para conducir y le dijeron que necesitaba una internacional. ¿Cuál es ésa?
—Oye, ¿y si rentamos unas bicis? —pensé que me iba a mandar por un tubo.
—¡Sale, qué buena idea! (cara de incredulidad y gozo interno)
Empezamos a pedalear, si habíamos llegado hasta Grecia mínimo teníamos que ver el monasterio. Carretera sinuosa y empinada, más fría conforme se nos achicaba —por más pequeño— y engrandecía —por más bello— el paisaje.
Íbamos a buen ritmo, solo en algunos tramos tuve que esperarla, cargaba un bolsón en el que además yo metía bloqueador, botella de agua, estuche de lentes de sol, todo lo que no me cabía en una micro carterita con dinero en efectivo y una tarjeta de crédito.
—¿Oye vas bien con esa bolsa?, ¡pesa horrores!
—Ay, sí, está fantástica, le cabe todo (mujer de bolso gigante, sin dolor de espalda ni articulaciones, que en algún momento cargó hijos)
Veíamos más cerca la cima, nos animábamos mutuamente:
—Órale, güey, ¡ya casi llegamos!
Sudábamos como orangutanes (¿sudan?), más ella que yo. En el viaje descubrí que hasta charquito deja, guácala. Y es que cada vez que dormía la mona salía disparada al gimnasio y le pegaba al ejercicio hasta sentir que había quemado todo residuo de vino tinto o de Baileys.
¡Sorpresa, llegamos hasta arriba! La hermana mexicana, yo, temía por la seguridad de las bicicletas, acostumbrada a la benignidad del Defe. Imagínense, robos en una isla remota del mar Egeo. Me tranquilizó un señor que nos dijo que no pasaba nada, que las dejáramos donde quisiéramos.
Los pasajeros que sí tomaron el tour nos entronizaron… Guau, las sisters del barco habían llegado en bicla, ¡hasta que nos mataron el gallo unas gringas zafadas que subieron caminando! Shit.
Y otra maravilla: los ortodoxos griegos estaban a punto de cerrar el monasterio y nos veían con cara de “píntense de colores, la hora de visita terminó”.
—Vas, hija, ¡toma las fotos que puedas, bastantes kilitos le echamos a la subida! Emprendamos el retache, ¿te late?
—Pérame, mira estas cositas, quiero comprarle algo a mi suegra (unas casitas lindas, lo demás pura chuchería. [¡Respeta a tu prójima!]) Llévale algo a “Rejas”, ella es más religiosa, ¿no?

El tendejón que le gustó a mi hermana, desolado...
El tendejón que le gustó a mi hermana, desolado…

—¿Eso qué tiene que ver? Aquí no voy a comprar nada.
—Ayyyy, ¿por qué?
—Porque no.
—Qué chafa.
Preparamos el regreso, aunque antes hicimos stop en una tienda muy padre, llena de objetos originales y trabajados con pasión.

A darle, qué lujo sentir la velocidad, el viento golpeando mi cara, frío, abajo el mar y el pequeño pueblo donde se dice que Juan de Patmos o el Apokaleta recibió la revelación de Jesucristo.
—¡Déjate ir, no frenes todo el tiempo!
Hoy le agradezco a don Juan que no me haya hecho caso, mujer prudente… De tanto en tanto me paraba para esperarla, tardaba entre cinco y 10 segundos. Esta vez no bajaba. Como los humanos tendemos a pensar de manera positiva (¿me estoy balconeando?) la imaginé embarrada, atropellada, desmembrada, aplastada. Ay, Dios, ¡qué angustia!
Grité. Nada. No bajaba. Voy de vuelta, con recelo y miedo. La encontré parada, con bicicleta erguida.
—¿¡Qué pasó!?
—Me caí. Auch.
—¿Qué te duele, güey?
Me señaló rodillas, muslos, hombro… Mi experiencia en cirugías ortopédicas es cuantiosa, así que le di indicaciones: dobla y estira, gira, sube y baja. ¡Lo podía hacer!
—No maches, hija, ¡qué guayabazo! Si esto me hubiera pasado a mí… Eres fuerte y aguantadora. Debe dolerte un friego, y espérate a que se enfríe el golpe. ¿Puedes bajar?
—Sí, mi virgencita me cuidó (p’a su mecha, ¡vaya que le había echado un ojo!)
—Bueno, vete despacito, solo con el vuelo y frenando todo el tiempo (ahora sí recomendé prudencia. Niño ahogado…)
Entregamos las bicicletas.

La plaza principal de Patmos, isla en la que pululan las motos.
La plaza principal de Patmos, isla en la que pululan las motos.

Después del susto decidí beberme una Mythos…

¡Me supo a gloria!
¡Me supo a gloria!

Esa noche me dejó sobarla, después de explicarle que en esos golpes se queda harta sangre acumulada. Al poco rato sus muslos y rodillas se pusieron negruzcos.
Bendita virgen y bienaventurados juanes, el de Patmos, el Evangelista, el Presbítero y el Apóstol.
Toca a ustedes averiguar si realmente son la misma persona.

Hasta la próxima.

El Pescadito

El 26 de abril del año pasado —apenas estamos a 2 de enero, pero el 14 quedó atrás— reencontré a una persona a quien a lo largo de muchos años consideré mi amiga. En ese momento resultó maravilloso, como si no hubieran pasado 10 años.

—¿Se te antoja en La Buena Tierra o prefieres unos ricos tacos de camarón y marlin?
—Tacos —respondí sin dudar.
—¿Empezamos a buena hora? Ahí la colaboración está desde temprano.

Acto seguido recibí un mensaje: colaboración = cola.

Caray, ¿pues de qué se trataba? Si algo me molesta es hacer colas. De El Pescadito, en la Condesa.

Llegué poco antes de las 2 y me formé en la colaboración. Bastó con observar la cara de placer de los congregados para que la fila pasara a otro plano. Debía valer la pena.

Había tres cuates que abrían la boca cual leones en embestida para hincarle el diente al taco. Por supuesto, acompañado de una chela.

Como me acercaba peligrosamente a donde tenía que hacer mi pedido y aún no llegaba mi amiga le dije al chavo de atrás que pasara. Respondió que no me preocupara, que todavía faltaba. De repente me abordó, escuché algo así como:

—Qué, ¿ya traes tu tattoo?
Puse cara de idiota, no supe si había oído bien, vaya, ni siquiera me había caído el veinte de lo que dijo.
—¿Perdón?
Lo repitió. Claro que ya me había percatado de que muchas personas traían tatuajes. Es más, la encargada del trajín, una mujer muy amable, ostentaba tattoos por lo menos en el brazo izquierdo.
—No, estoy tapada porque me acaban de detectar un cancercito de piel y me puse muy paranoica, así que no quiero ni ver los rayos del sol. Ja ja, ha de haber pensado que estaba zafada.
Seguí con mi análisis. ¿Qué pediría?: Quesotote, Tacochango, de camarón, de marlin, de chile relleno de queso con no sé qué… ¡Qué atascón! Bien pendiente, porque era mi primera vez y el resto de la gente dominaba el tejemaneje.

Ahí estaba la grasa hirviente, a borbotones, donde nadaban los chiles rellenos bien rebozaditos. Encima les ponían un toque de lo que imaginé eran camarones, también rebozados y pasados por grasa.

—Ay, güey —pensé—, por más que se vea delicioso no voy a comer algo taaan grasoso.
—¿Ya tienes mesa? —me preguntaban.
—No.
—¿Ya tienes mesa?
—No.
—¿Ya tienes mesa?
—¡No!

Lo que es ser neófito. En mi mesa ya descansaba una Negra Modelo y yo seguía esperando. La buena noticia es que llegó la Gordi y me sacó de la nebulosa.

Nos dieron nuestros tacos en friega. Antes de sentarnos pasamos por una barra donde había ensalada de col, cebolla, jitomate, salsas de todos colores y picores… No me dio tiempo para ver qué más, a todos les urgía sentarse y empacar.

Me gustó, decidí que volvería a El Pescadito. Cierro con el gran Fuentes Mares:

Resorte primario del arte de comer y beber, la gula es virtud que no sólo alegra y reconforta sino que vuelve tolerable la inminencia de la muerte.

2015

Nos regala oportunidades, retos y, si todo va bien, otra vuelta de la Tierra alrededor del Sol.

Esta imagen me gustó y se las comparto.

365_días_2

http://angusandphil.tripod.com/page28.html

Es tan simple como la posibilidad de tener más tiempo y de hacernos conscientes de él.

Cuando éramos niñas, y luego adolescentes, mi papá solía leernos el 1° de enero, de G.K. Chesterton. Invariablemente poníamos cara de what, de ¿oootra vez? Y, por lo menos en mi caso, escuchaba con oídos que divagaban, que perdían el hilo para recorrer otros mundos.

Hoy lo cito, hoy miro la belleza de sus palabras, hoy, primer día del año, decido inocularles parte de la mirada del escritor y periodista británico:

«El objetivo de un Año Nuevo nada tiene que ver con que debiéramos tener un Año Nuevo. Consiste en que deberíamos tener una nueva alma y una nueva nariz, una nueva columna vertebral, orejas nuevas y ojos nuevos […]. El objeto de las definiciones frías y duras del tiempo […] es para despertar a la gente […] Hagamos propósitos de Año Nuevo, pero no solo buenos propósitos. También propósitos que nos hagan darnos cuenta de que tenemos pies y agradecerles (con una cortés reverencia) el que nos lleven cargando».