Cantaleta frecuente de mi madre, hasta parece que la oigo: “No es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”.

En ese entonces —antes de las funestas dos décadas—, llena de energía y con un cuerpo en pleno ejercicio de sus facultades, me pasaba sus palabras por el arco del triunfo (ajá, ándale pues, lo dirás por experiencia… y así…).

Dar con mi osamenta en el piso era parte de la diversión, del deporte, del riesgo, de la edad, de mi estilo de retar a la vida. No entendía que una persona no vibrara como yo cuando con la raqueta levantaba una pelota para ponerla arriba de una raya roja o amarilla: era mi festejo a corazón abierto (caminaba como si nada la real garza envuelta en huevo con la cabeza en alto…)
Pero entendí la lección: no podía (ni debía) pretender que otra persona disfrutara de rasguños, moretones y mordidas de polvo.
—¡Carajo!, ¿por qué no corres? ¡Estás viendo que yo me mato por cada pelota y tú te quedas parada viendo cómo pasa!
—¿Y crees que todo el mundo se va a matar por una pelota? No a todos nos apasiona como a ti, jugamos para pasar un buen rato, no para darnos en la torre: ojo, para mí no es una cuestión de vida o muerte, así que me da igual si te gusta o no.
¡Zas!
Cuánta razón. Sin embargo, el deporte era un símbolo, una metáfora, una hipérbole, una figura retórica, una actividad cotidiana enraizada en la hermenéutica: no había otra opción que ganar; perder implicaba que mis monstruos pasaran a darse un festín de sesos, a carcomerlos hasta que no quedara nada de yo.
Ganar era resistir los golpes y ponerme de pie, erguida, lista para el próximo temblor de cuerpo.
Hoy puedo ver mis batallas perdidas —hay grados de dolor entre unas y otras—, mirarlas con el cristal de los mosqueterillos esos a los que se refería mi mamá.
La más reciente es (fue) retomar la patinada, deslizarme como lo hacía en Rhode Island, trece años atrás, llena de una libertad que rezumaba por cada poro de mi piel.
Qué razón tenía doña M, esos «veinte años después» me pusieron ante la perspectiva de otra caída y una nueva operación; pues para ser exacta, fueron cuatro barridas. La última, un sentonazo tonto y repentino en el que no metí ni las manos. Mi osamenta se cimbró a tal grado que pensé que si me daba la vuelta —ya que pasara un poco el dolor y me hubiera levantado— iba a encontrarme con pedacitos de hueso esparcidos por el estacionamiento de Chapultepec.
Ganó la idea de vencer, de «conquistar la rueda», así que me lancé hecha caquita a rodar en el bosque —mientras el lobo no está— hasta que le abrí la puerta a la conciencia y me dije: A ver, reinita, te gusta patinar, sí, quieres seguir dándole, sí, sentir el viento que golpea tu cara, sí, nada más que el otro día cayó un chubasco de locos y el pavimento más decente del circuito que rodea el lago está mojado, puerco y lleno de ramitas. ¿Qué esperas?, ¿otro madrazo para que el cóccix y la columna se te hagan chicharrón prensado?
No. Ahí está el camino de regreso: te quitas los patines, te subes a tu coche (ah, pagas el estacionamiento) y te largas.
Santas Pascuas, ganar y perder son ingredientes de un mismo flan, enmielado a veces y podrido otras tantas.
Bai de güei:
¿Porqué se escribe junto y con acento?
Sí, cuando funciona como sustantivo masculino e indica causa, motivo. Debe usarse acompañado de los artículos posesivos el, los; de los artículos indefinidos un, unos; los determinantes posesivos tu, tus, su, sus o sólo en plural sin acompañamiento de estas partículas:
Necesito saber el porqué de tu decisión.
No hay un porqué que me convenza.
Explícame tus porqués.
Adeus.
Sport Jamie, le decía yo a esta perrita deportista. Era por Jamie Summers, la mujer biónica, que después de un accidente tuvo que someterse a una operación en la que cambiaron varias partes de su cuerpo por unas bionicas. Hacía un ruidito (takakatakataka….) cada vez que tenía que hacer algo especial. Mi perrita era biónica también, pero el ruidito era cuando estiraba la pierna en terapia, y luego cuando se apachurraba la panza porque comía mucho.
¡Qué tiempos aquéllos con Sport Jamie! NADIE le llegaba, ni a los talones. Yo me sentía muy orgullosa de ella.
Para mí seguirá siendo mi Sport Jamie siempre, aunque sea más cuidadosa y hayan llegado los «veinte años después».
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Jajaja, me acuerdo del ruidito (¡buen efecto especial!). Te sentías orgullosa, menos cuando te sobornaba, ¿no? 😉 Love your comments.
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Ya hubiese yo querido hacer todo eso, pero ni antes ni después de los tres Mosqueteros, mi total admiración para ti y que padre que hiciste lo que quisiste eso nadie te lo quita, esa pasión y entrega ya muchos la quisiéramos. Te admiro muchísimo.
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¡Excelente! Necesito leerlo dos veces más. Mínimo.
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Jajaja, ¿y eso?
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Releído. Padrísimo, divertido y, como siempre, con miga.
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