Alegría

Mi mudanza, en términos llanos —omitiré lo que para mí han significado el cambio de piel, el ajuste emocional y el terremoto anímico—, me ha servido para expeler, para desechar, para deshacerme de cartas, fotografías, ropa, recuerdos y hasta de porquerías significativas que me han acompañado desde hace años.

En ocasiones tuve que hacer de tripas corazón, respirar, tragar una que otra lágrima, pensar en que jamás haría la receta de mantequilla de aguacate de mi mamá ni releería las hojas y hojas que escribí cuando estudié en Rhode Island. ¡A volar, lo voy a volver a refundir atrás de una puerta y vaya a saber quién rayos se lo va a encontrar cuando yo «parta con el Señor»!

Resulta emocionante abrir una caja de cartón cuando no sé con qué sorpresas me voy a encontrar; abrirla me da la oportunidad de decidir qué se va y qué permanece: yo tengo la última palabra en cuanto a lo que quiero que se quede a mi lado y que siga siendo parte de mi caminar sonámbulo en un nuevo espacio: el mío, el que pretendo hacer mi hogar durante no tengo la menor idea de cuánto tiempo.

Ayer, cual mujer de las cavernas, dada mi precaria sutileza, destapé una caja que vivió fantasmalmente en un clóset: correspondencia familiar, apuntes y trabajos de la maestría; mi tesis de la ídem, todavía en un floppy disk, cuantiosos sobres amarillos con fotos, libros, objetos que llevé al este de Estados Unidos para que me hicieran compañía e incluso películas en formato VHS.

Hurgar con más detenimiento me devolvió un alebrije perdido, la respuesta de mi padre a una carta que le escribí en 1999, el reencuentro con caras y gestos conocidos —algunos todavía vigentes—, mi pelo pegado en un palito de paleta que chupé hace más de cuatro décadas, y en última instancia la conciencia del paso del tiempo, un tiempo que me pone ante la misma persona: ésa que se ha pasado la vida luchando contra sus múltiples demonios y agujeros blanquinegros, profundos las más de las veces.

Por supuesto, habrá cosas que seguirán a mi lado y otras que soltaré como un globo que vuela hacia la estratósfera y se hace cada vez más pequeño hasta ser imperceptible. De entre esas cosas me quedo con una tarjeta de mi madre, escrita en Barcelona en no sé qué año, aunque supongo que en el primer lustro del siglo XXI. Muestra un callejón iluminado por una luz difusa y neblinosa; se observan dos caminantes, una mujer y un hombre, cada uno por su lado. Admiro un hermoso balcón, plantas colgantes y un letrero del Casinet del Barri Gótic al que seguramente entró ella. Quiero pensar que de ahí, sentada en compañía de la fidelísima Isabel, me regaló estas letras:

Amadísima Bambola:

Este viaje está resultando maravilloso. Te besa, Mamá.

Su alegría bastó para hacerme sonreír ayer en la noche, sentada en el suelo, con las entrañas de una caja de cartón ante mis ojos.

Hay quien me regaña por no aparecer con asiduidad, como cuando empecé a escribir este blog. Veré la forma de corregir.

C’est tout.

3 comentarios en “Alegría

  1. Y si en efecto como siempre me lo dices…los recuerdos permanecen en nuestra mente, lo que significa que podemos traerlos cada vez que queramos! Qué bonito Fer!!!

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