Lectores, pónganle título

Pocas cosas que me dejen tan satisfecha―nótese que no hablaré de comida― como una buena plática. Lo es cuando nace una conversación profunda, honesta, espontánea y sin tapujos, con salpicaduras alegres, serias, tristes, divertidas, triunfales, dolorosas, agazapadas, cómicas.

De todo eso está hecha la vida. Queda claro que unos nos darán el toque serio, otros se irán por la veta cómica, los más deambularán por superficialidades y asuntos cotidianos; y pocos, muy pocos, penetrarán en el laberinto que conduce a las fauces del Minotauro, sabiendo que Ariadna carece de hilo y de coronas luminosas.

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