Dolor, San José… y algo de cabaret

Hoy se cumplen seis semanas de mi cirugía de hombro. Adiós cabestrillo, incluso durante la noche. El domingo 17 experimenté uno de los dolores más agudos de mi existencia, y eso que mi tolerancia al dolor es muy alta. Mi brazo derecho, con todo y dedo medio, hicieron alarde de su nada sutil presencia, clavándome un potentísimo aguijón desde el acromion, en la subida al cuello, hasta el codo, el antebrazo y la mano.  

Hoy, también, cuento 12 años de la partida de mi mamá, Mónica Josefina, en el día de su santo. Qué forma de retirarse: digna, tranquila y con una sonrisa que aceptaba la otredad, mientras la morfina le caracoleaba por un cuerpo exhausto.   

Les comparto tres de mis disímiles entretenimientos:

Escuché los 65 episodios de “Camino equivocado”, un podcast radionovela del que no me pude despegar. Casi desde el inicio tomé partido, así que el enganche funcionó a las mil maravillas; una serie y dos audiolibros protagonizados por RuPaul, un tipo hacedor, optimista, sensible e inteligente, quien se valió del mundo del Drag para enfrentar sus no pocos fantasmas, con sentido del humor y alegría; Sándor Márai y sus Diarios (1984-1989). Escritor húngaro exiliado a Estados Unidos. A los 88 años se dio un balazo en la sien: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”.                 

Hasta la próxima.

¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.

¡Te lo dije!

—Dígame, señora.

Otra vez, qué monserga. Quedé de escribir mi historia clínica y de entregársela a cada nuevo médico.

—Pues mire, empecé con luxación congénita de cadera, me operaron dos veces de la pierna derecha y una de la izquierda.

Nací fracturada. 

—Siga.

—Me quitaron las amígdalas.

¡Disfruté en grande de la atención que me prodigaron! Mi memoria dicta que hubo cariños, animales de peluche y nieve de limón. 

—¿Qué más?

—De ahí brincamos a mis veintitantos, un par de cirugías de la rodilla derecha.

La primera, producto de un resbalón mientras jugábamos frontenis, una segunda para corregir el «error» de un ortopedista que se sentía la real garza envuelta en huevo.

—Tendón de Aquiles.

Corría como gamo para regresar una pelota de la pared trasera a la delantera del frontón. ¡Zas, golpe seco que confundí con un vengativo raquetazo!

—Van varias.

Brillante observación.

—Ocho años de descanso y en 2009 dejé de tener apéndice y vesícula.

Pasé parte de esa tregua en Rhode Island. Recorrer 12 millas diarias sobre ruedas —a veces con gorro y guantes— equivalía a mi libertad, pintada con colores otoñales y brotes de invierno.

Otoño_RI

—Siga, por favor.

—Luego el hombro derecho.

—¿Por qué?

—Ay, no sé, le he exigido mucho a mi cuerpo.

—¿Cuál otra?

—Un año después el codo izquierdo. Mismo caso que el hombro, llegó un momento en el que mi cabeza se acercaba a mi mano y no viceversa.

Instantes para valorar cada parte de nuestra máquina. ¡No podía hacer la pinza, o sea, tomar objetos pequeños entre los dedos pulgar e índice! Motricidad fina, lost, como el Paraíso. 

¿Lo imaginan así?
¿Lo imaginan así?

—¿Quién la operó?

—El mismo médico con quien entré a cirugía de hombro, especialista en la extremidad torácica.

—¡No me diga que hay más!

¿Ah, verdad? 

—Fíjese que sí, doctor, el 11 de noviembre de 2013 me hicieron trasplante de córnea del ojo derecho.

Desde entonces, Juan es mi compañero. ¿Por qué Juan? Porque Juan significa Dios es misericordioso. 

—Sigue el cáncer de piel, una pequeña incisión en el consultorio (carcinoma basocelular) y otra en el quirófano (ídem, con toque basoescamoso).

Bye, bye Suntan.

—Uy, señora…

—Mire, pensé que ahí acababa todo, pero parece que ahora van las manos.

Nervio mediano aplastado.

Un verdadero fastidio. Sin embargo, hoy empiezo a comprender el significado de esta breve frase: «te vas a quemar, mi amor». Me la decía mi madre cuando veía que su hija mayor se comportaba como la mismísima encarnación del movimiento perpetuo.

Va y pase, mientras no me chamusque con mucho tiempo de anticipación.

fuego

Hasta la próxima.