Hasta verte Jesús mío

Me encantan mi terraza y la combinación del verde con el rojo; el cielo es gris; las torres azules de la iglesia me transportan a la plaza principal de un pueblo; veo flores de buganvilia tiradas en el piso: son fucsia.

Aún hay sol, pero no tarda en oscurecer. ¡Eso es!, se me hace de noche, bien negro, cuando se le escabulle la conciencia a alguien que quiero y que bebe rojo, blanco, amarillo, verde, transparente o del color que sea.

He constatado cómo bullen máscaras de violencia, letargo, estupidez, sadismo, necedad, llanto, agresión. Me tocó convivir con él desde niña. Me hizo rogar —por escrito, con palabras, a gritos, entre cortinas de lágrimas e incluso frente al amargo sabor de la derrota.

Detesto los efectos del alcohol; a veces hasta siento odio, pero cuando se convierte en #SalidaEvasiónHuidaTapadera hay poco o nada que hacer: depende de quién empine el codo.

Confieso: no entiendo la diferencia entre tomar dos copas o una botella, entre disfrutar del alcohol o quedar hecho un imbécil, entre pasar un buen rato u olvidarlo todo.

homero

A mí me desquiciaría ignorar lo que hice, cómo lo dije, cuánto lastimé o a quién perdí.

Hasta diciembre.

Alegría

Mi mudanza, en términos llanos —omitiré lo que para mí han significado el cambio de piel, el ajuste emocional y el terremoto anímico—, me ha servido para expeler, para desechar, para deshacerme de cartas, fotografías, ropa, recuerdos y hasta de porquerías significativas que me han acompañado desde hace años.

En ocasiones tuve que hacer de tripas corazón, respirar, tragar una que otra lágrima, pensar en que jamás haría la receta de mantequilla de aguacate de mi mamá ni releería las hojas y hojas que escribí cuando estudié en Rhode Island. ¡A volar, lo voy a volver a refundir atrás de una puerta y vaya a saber quién rayos se lo va a encontrar cuando yo «parta con el Señor»!

Resulta emocionante abrir una caja de cartón cuando no sé con qué sorpresas me voy a encontrar; abrirla me da la oportunidad de decidir qué se va y qué permanece: yo tengo la última palabra en cuanto a lo que quiero que se quede a mi lado y que siga siendo parte de mi caminar sonámbulo en un nuevo espacio: el mío, el que pretendo hacer mi hogar durante no tengo la menor idea de cuánto tiempo.

Ayer, cual mujer de las cavernas, dada mi precaria sutileza, destapé una caja que vivió fantasmalmente en un clóset: correspondencia familiar, apuntes y trabajos de la maestría; mi tesis de la ídem, todavía en un floppy disk, cuantiosos sobres amarillos con fotos, libros, objetos que llevé al este de Estados Unidos para que me hicieran compañía e incluso películas en formato VHS.

Hurgar con más detenimiento me devolvió un alebrije perdido, la respuesta de mi padre a una carta que le escribí en 1999, el reencuentro con caras y gestos conocidos —algunos todavía vigentes—, mi pelo pegado en un palito de paleta que chupé hace más de cuatro décadas, y en última instancia la conciencia del paso del tiempo, un tiempo que me pone ante la misma persona: ésa que se ha pasado la vida luchando contra sus múltiples demonios y agujeros blanquinegros, profundos las más de las veces.

Por supuesto, habrá cosas que seguirán a mi lado y otras que soltaré como un globo que vuela hacia la estratósfera y se hace cada vez más pequeño hasta ser imperceptible. De entre esas cosas me quedo con una tarjeta de mi madre, escrita en Barcelona en no sé qué año, aunque supongo que en el primer lustro del siglo XXI. Muestra un callejón iluminado por una luz difusa y neblinosa; se observan dos caminantes, una mujer y un hombre, cada uno por su lado. Admiro un hermoso balcón, plantas colgantes y un letrero del Casinet del Barri Gótic al que seguramente entró ella. Quiero pensar que de ahí, sentada en compañía de la fidelísima Isabel, me regaló estas letras:

Amadísima Bambola:

Este viaje está resultando maravilloso. Te besa, Mamá.

Su alegría bastó para hacerme sonreír ayer en la noche, sentada en el suelo, con las entrañas de una caja de cartón ante mis ojos.

Hay quien me regaña por no aparecer con asiduidad, como cuando empecé a escribir este blog. Veré la forma de corregir.

C’est tout.

Sufragio efectivo

Comida de amigos, mesa redonda —caballeros y caballeras—, platillos campechanos y una buena plática.

Además, domingo de elecciones, «ideal» para decretar Ley seca: «No vaya a ser que los pueriles mexicanos aparezcan tirados en las calles desde temprano y hagan gala de una oralidad freudiana no superada (e insatisfecha):

—P’a su mecha, ¿por quién rayos se vota en este país?
—Jijo, de plano por el menos peor.
—Chale, ¿cuál es ése?

Los asistentes al comelitón teníamos el dedo manchado: ejercimos nuestro súper derecho y nos aventuramos a tachar la tríada de boletas.

boleta-electoral

Si yo voté fue porque me hubiera remordido la conciencia y porque logré borrar las orejas del Mirrey Córdova, a quien no critico por su retahíla de palabras altisonantes (sería una hipócrita), sino por ser el mero mero presidente del Instituto Nacional Electoral (INE) y mofarse de grupos ciudadanos que ciertamente no hablan como él: él no se vale del lenguaje que tuvo oportunidad de aprender para expresar conceptos ni palabras adecuados a un funcionario de su «tamaño».

De una cuita mía (¿por qué rayos no se podría beber en un día como éste?, ¿qué nos creen? Quizá hasta resultaría mejor que se votara en estado etílico) surgieron dos brillantes ideas para alentar el futuro del sufragio y contrarrestar el abstencionismo (horrenda palabra):

—Caray, en las casillas se deberían regalar chelas, la gente iría imantada por las coronitas y se sentiría más alegrosa para votar, sobre todo si le dan un obsequio sin chanchullo: los múltiples partidos políticos evitarían gastar en lavadoras, pantallas gigantes y tarjetas “verdes” para el cine.

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—N’ombre, lo más saludable sería que uno ejerciera su derecho en las cantinas. ¿Se imaginan qué ambientazo? Nadie se abstendría, 99.9% de votantes: botana, chupe y sufragio: sin él, nanai, no hay guacamole ni totopos, y mucho menos trago.

Los maistros y los revoltosos de todas maneras armarían su desmadre: lucha perenne contra el sistema, aunque no tengan idea de a quién siguen ni quiénes lideran; mucho menos de qué persiguen.

¿Qué les parecen las propuestas? Habría que ponérselo sobre la mesa al gran maese Lorenzo, el de las orejas laberínticas, aunque sospecho que se apostolaría junto a las frías o que no saldría de la cantina… por estar trabajando o debido a su interés en estimular su hemisferio cerebral izquierdo mediante el aprendizaje de ciertas lenguas indígenas.

See ya’.

Etapas…

Niño: alguien hace algo que marca y acorrala y sobrecoge. Los pasos pesan en el andar cauteloso hacia la cima que conduce a la sima; rasguñan la comparación, la inconsciencia, el atávico estrabismo, y unas piernas dormidas ante el pequeño chacoteo, las piñatas y los dulces. Una vagoneta sostiene el peso, peso que se monta sobre los hombros con el paso del tiempo.

Adolescente: aquí y allá, ir y venir; escapar de las salidas falsas: alcohol, drogas, suicidio. Los primeros flirteos, rancios cuando se tiene conciencia de competir, de ser el huevo y no la garza, dentro de una maraña que acaba en puertas atascadas con pestillos. ¡Moverse, quitarse, aventarse, deslizarse, jugarse… lo único que salva!

Joven: alguna vez se está enamorado o se cree estarlo. De repente brinca un puñal que chorrea sangre y despierta el resentimiento; enoja la falta de agallas que aplasta el sueño y mata los algodones de azúcar que se habían derretido en todito el cuerpo. Después mejor pensarlo, más vale solo que víctima de la capacidad humana para hacer mierda.

Adulto: se sigue porque se está, porque no queda más remedio, porque la risa maquilla las lágrimas y la carcajada insufla valor, porque queda algo, porque la vida es así, porque hay el miedo que es la eterna compañía con aguijón que nos impele a cambiar de lugar para conquistar una de tantas cimas.

algodón

Hasta pronto.

Diez y nueve

No creo en las coincidencias. Todos los días caigo en la cuenta de que, como solemos decir, las cosas pasan por algo: encuentros y desencuentros, personas que llegan y que se van, alegrías y tristezas, nacimientos y muertes.

Sin ser dueña de mi conciencia, un día antes de cada 19 ando cabizbaja, y es que los días 18 remuevo la muerte de mi madre; es más, me pegan más los 18 que los 19.

Antier fue 19, tres años y dos meses después hay algo en mi cuarto de atrás que martilla, prende la chispa y provoca que medio clave el pico.

Ahora, mayo de 2015, cayó en martes. Estaba sentada en mi sillón amarillo con negro, cerré mi computadora y precisamente eché una ojeada al reloj a las 19:19. Curioso. Era ella, con su silenciosa y tierna manera de hacerse presente, aunque todos los días me zumbe en el oído y floree en rosado anturio y olorosa albahaca.

Hasta la próxima.