Firulín firulete

Mi abuelo dice que los demonios desaparecen durante el día y salen en la noche, sobre todo cuando no se ven bien las estrellas, pero yo no le creo, porque los míos andan rondando todo el tiempo. Cuando camino a la escuela se me aparecen monjas con cuernos, cuando mi mamá está en la cocina, aunque las ollas no la desnuquen, veo cómo se balancean sobre su cabeza, y, por si fuera poco, en la milpa me persiguen millones de muciélagos. Ah, también al toro lo veo sin rabo y a las gallinas pastando.

Mi abuelo es mentiroso. Cuando era niño me contaba que había ido a la luna y se había columpiado en una nube acolchonada. También me decía que la primera vez que fue al mar había mordido a un tiburón, y que una noche en la cantina había desafiado al matón de matones del pueblo.

Mi hermana lo adoraba, para ella el abuelo era un pequeño dios, un tipo que la dejaba jalarle la barba, un loco que bebía aguardiente y aullaba igualito que los perros de por ahí, un hombre que le hacía broches de libélulas, que le ponía cascabeles en los calcetines y que le tejía bufandas con chaquiras brillantes.

Eso la había hecho la niña más feliz, la más vista, la más sonriente, la más coqueta y la más dulce. Pasó el tiempo y el abuelo se fue apagando; conforme perdía su brillo, ella se hacía más consciente de las burlas de sus compañeros de clase: ¡lo que usaba mi hermana era tan feo y de mal gusto!

El abuelo murió. Lo enterramos en el panteoncito junto a mi abuela. Sentimos tristeza, sí, pero vimos a mi hermana tan orgullosa de sus calcetines con cascabeles que ese día supimos que la magia del abuelo la había hecho inmune a las envidias de la vida.

 

Sempre diritto!

Hoy ha sido un mal día. Voy a caer en mi agujero si no ataco el ensimismamiento y me receto un “traga y haz”. Por eso decidí recordar otra escena de las Perritas en Estambul.

Ya dije que la Perri menor está acostumbrada a que los autos se detengan, no porque pare el tránsito con una atrevida tanga “divisoria”, sino porque allá, en su pueblo, dicho con sus palabras, It’s the law.

En Estambul parecía no haber leyes para cruzar la calle, sobre todo si uno no se topaba con un semáforo. El chiste es que para seguir adelante con nuestros planes teníamos que pasar del otro lado y enfrentarnos a oleadas de vehículos conducidos por turcos cuyo objetivo era avanzar, pasar, llegar.

—Chin, hija, ¿y ‘ora?
—Güey, yo qué voy a saber, queremos pasear por el Bósforo y los barcos están del otro lado.
—¡Manejan como locos!
—Ay, igualito que en la ciudad de México, lo que pasa es que hace 18 años que te hicieron efectivo lo de “el peatón es primero”.
—¡Qué bárbaros!
—Ajá…

De repente vi a una mujer, una especie de Tío Cosa con los ojos enrejados en una terrible y ofensiva bolsa de tela negra, y a un señor que empujaba con enjundia una carretilla.

Sin palabras
Sin palabras

http://blogs.law.harvard.edu/chriswoodcb12/files/2012/05/Burka-and-Protest-2.jpg

—Éstos son de aquí, órale, ¡síguelos!
—¿¡Qué!?
—Que dejes de pensar y te parapetes con estos güeyes que deben saber el tejemaneje callejero.
—Ay…
—Ay nada, hija, ¡vamos!, así nos aseguramos de que primero les pasen por encima a ellos.
—Bueno…
—Además no creo que se atrevan a aplastar a esta señora.

Pues nos lanzamos, dizque escudándonos en un burka y en un hombre que decía «voy derecho y no me quito». Gracias al cielo que mi hermana no llevaba flip flops; esa tarde sus pantuflitas de hada madrina región cuatro me parecieron un lujo.

Lo sé, en gustos se rompen géneros...
Lo sé, en gustos se rompen géneros…

—¡Órale!
—Ya voy, caray.
—Es que esta mujer trae cuete, se mueve como muñeco de videojuego.
—¡Deja de carrerearme! ¿Por qué no te pusiste de este lado?

Brillante, ¿no? Yo iba protegida por el turcazo de la carreta y el Tío.

Tio_Cosa

—Gandalla, desde siempre, y para colmo nomás oigo tu risa. Burlona.
—Bueno, ya pasamos, ¿no?
—Perrita.
—Pero te quiero, con todo y esas horrendas chanclas que hoy te convirtieron en gacela.
—Sin cuernos, ¿eh?

Más tarde, al caer el sol, nos dimos cuenta de que había un puente por el que podíamos cruzar de lado a lado cuantas veces quisiéramos.

—Tonta.

—Duro insulto, pero lo acepto.

Ahí nos vidrios (nos vemos).