Twinkle, Twinkle, Little Star

—Ay, porfa, ha de ser otra súper jalada como el secreto, tú puedes sanar tu vida, la ley de la atracción, vive el hoy… como si fuera tan fácil. Me cae que si hubiera descubierto la cura mágica ya no estaría en la divina terapia.

Secreto

Bert Hellinger y sus Familienaufstellung; cada vez era más frecuente toparme con personas que me hablaban de las constelaciones familiares.

—What the f? ¿Qué es eso?

Las historias que me han narrado son impresionantes, vívidas, reales. Es un hecho que en ese espacio sucede algo y que ese algo mueve; es inesperado, no sigue un plan maestro: brota como un géiser que salpica y se expande por dentro.

 “No quería llorar, pero no hubo forma de evitarlo”, “me dieron náuseas”, “me dominó el impulso de salirme, de huir”; “ese desconocido hizo exactamente lo que hace mi papá”, “sólo sentí angustia”…

—Ah, caray, ¿neta?

¿Y si me lanzo? ¿Funcionará como complemento de mi proceso terapéutico?¿Saldrá a la luz, de manera más explícita, lo que está soterrado en mi pantano?¿Descubriré algo más sobre mi familia?, ¿mi dolor, se clavará con el mismo aguijón?

“Chidas las constelaciones”.

constelaciones

http://wiravaslp.blogspot.com

Me hago pato porque no quiero que el firmamento se me caiga encima; además, como cualquier método terapéutico en el que uno decida embarrarse, habría que evitar a los consteladores charlatanes.

Mejor me hago güey. Aunque sí quiero. Puede servir. No pierdo nada. La vida sólo se vive una vez. Tengo miedo. ¿Qué me tocará hacer? ¿Qué tal si soy la mamá y me da un ataque? ¿Será actuación? ¿Quiénes saben lo que va a pasar?

—Ten por seguro que si vas es porque te toca, porque hay algo que trabajar.

Me atreví, pronto voy a constelar. Sería fenomenal que un bonche de estrellas escupieran su luz en cada recoveco de mi piel. Prefiero eso que pararme en no sé qué esquina y valerme de luz artificial —la del celular o una linterna— para “iluminar” vallahumanescamente el camino de Francisco, quien no hará más que “envallar” la realidad violenta, sucia y caótica de la Ciudad de México y su Cartita Magna.

estrellas

Hasta pronto.

The Revenant

Blanco, frío, viento, copos, agua, nieve.

Sangre, fuego, balas, vísceras, muerte.

La fotografía es perfecta, equilibrada, digna del mejor lienzo; muestra de profunda sensibilidad y de la domesticación ocular. Casi todo es una pintura, casi todo se palpa; se transforma, todo, en desolación.

Los paisajes asombran, deslumbran, ahogan, reverberan.

La perseverancia mata, el dolor envuelve, la vida duele, el peligro acecha.

Pero salgo ilesa, ávida de saber cómo, por qué, para qué, hasta dónde: ¿Qué hay en la última mirada azul? Acaso miedo, tristeza, realidad, resignación: hasta ahí, el final de la lucha, con dos muertes a cuestas.

Hasta febrero.

 

 

 

 

Sólo aire

Quise jalar aire y el aire dolía. Quise llenarme de aire y se atoraba en la telaraña de siempre. Quise ser aire y me convertí en agua.

Llegó el llanto, copioso; llanto sonoro que escuché, vi, toqué, olí y probé. Llanto vivido como estambre sin urdir.

Quise escurrir para recuperar mi aire. Hubo gemidos que soltaron las amarras, tragos de sal que deshilacharon la telaraña.

Lágrimas… lágrimas transparentes… empaparon mi dolor.

Quise jalar aire: respiré.

aire

Mama sin acento

Fraternal sincronía: las hermanas, una en Estados Unidos y otra en México, se practican su mastografía anual.

Se llaman vía WhatsApp —aunque no lo crean, hay quienes todavía le dicen What’s up (¿?)— y platican sobre el cruel azote del Síndrome Premenstrual. A días de que la gringa aterrice en el D.F., tratan un par de temas: el franco vapuleo en campo de gules y la zozobra ante la aplanadora de senos.

Me tocó pasar por esa carnicería el lunes 9 de noviembre. Cuando inició el estudio, trago amargo —adiós a la pudorosa batita azul—, la amable técnica me indicó que no respirara.

¿Y cómo rayos voy a jalar aire si quedo paralizada por el dolor y la estupefacción?: observo una masa informe a la que manipulan cual  pedazo de carne de animal muerto.

La derecha es más brava y aguanta, pero la izquierda llora cuando queda hecha crepa entre las amenazantes planchas del mastógrafo.

—¿Y cómo le hacen con las mujeres que son más bien planas?

—Uy, es difícil para ellas y para nosotras. Tenemos que pescar el pezoncito y aplastar.

¡Madre de Dios, qué bueno que estoy bien dotada!

—¿Y las de los implantes?

—Nos piden diez tomas en vez de seis.

Para que sepan, a mí me hicieron ocho. Después me dirigí a la sala de espera: faltaba el ultrasonido.

En el ínter platiqué con una señora amable y alegrosa, sobreviviente de cáncer. Cuando la llamaron quedé frente a una oaxaqueña divorciada, simpática y elocuente. Me confiesó que ese mismo día tenía cita para que le pusieran botox, aunque canceló su sesión de toxina botulínica por considerar más importante el aplanamiento de chichis. La observo con sigilo, todavía sonríe y gesticula sin que la boca le llegue a las orejas y los ojos se le rasguen a pesar de no ser oriental.

Me reí mucho cuando me dijo que le daba pavor que sus implantes se desintegraran durante la mastografía: “Imagínate si se me ponchan”. Pues sí, gacho que quedara desinflada y se la llevaran directito a la plancha, sin su toxina.

Llegó la hora «ultra», que me practicaría la doctora Barois. Durante la prueba hice dos preguntas recurrentes:

—¿Todo bien?

—¿Es normal?

El lunes 16, una semana después de mi masto, recibí un mensaje de mi hermana en estos términos: “Me acaban de aplastar las chichis, pero estoy bien”. Me va a regañar por ventilar sus asuntos, pero ni que fuéramos las únicas mujeres cuya carne delantera se convierte en Tortilla Flat —clara referencia al título del libro de John Steinbeck— una vez al año.

Dadas las estadísticas del cáncer de mama, más vale que las jalen y estrujen mientras uno mira al techo, se medio tapa cuando solicitan un acomodo distinto y hasta se avienta a hacerle plática a la técnica, quien también considera que el procedimiento carece de lustre.

Abur.

Tras bambalinas

Con frecuencia pronuncio —cuando lo hago en silencio nadie me escucha, aunque debe notárseme en el gesto— dos frases que de por sí me agotan: estoy cansada y tengo hueva. Atrás del cansancio, estoy segura, se esconden palabras como soledad, tristeza, miedo y apatía.

Hoy es un día #grisáceotirandoanegro. No quiero más que llegar a mi casa y cerrar la escotilla, como habría hecho el capitán Nemo a bordo del Nautilus.

capitan-nemo

Sí, me pasa seguido, y todavía lucho contra los sentimientos que me estacionan en el desgano, como si no pudiera aceptar que me constituyen.

Deseé compartirles un cachito del Amor, con mayúscula, que Saramago nos regaló en Historia del cerco de Lisboa. Busqué el libro desde temprano y no lo encontré. Creo que lo hice porque hoy quiero que mis palabras se queden tras bambalinas, se me agotan el aliento y las ganas, como si necesitara oxígeno.

Recurro a El mundo, de Juan José Millás; abro el libro y me encuentro con un párrafo que subrayé y que a un lado tiene la inicial de mi nombre: “De esta revelación se dedujo que tampoco el mundo estaba mal hecho en contra mía. Quizá ni siquiera estaba mal hecho. El mundo era como era […]; había en él dolor y daño, desde luego, pero no se trataba de un dolor y de un daño puestos ahí para amargarme…”.

bambalinas

Mi abuela diría Skip it y mi sobrino Teik it isi, tía F.

Yo caigo en la cuenta de que mañana será otro día.

Oinc oinc

En estricto sentido, éste podría ser el retrato de quien escribe este blog:

smart_pig

Razones estéticas y de salud promueven que no me abandone al placer de la gula, además juega a mi favor el hecho de que me gusta hacer ejercicio. Por cierto, coincido con José Fuentes Mares en que la gula no es un pecado, así que permanezcamos en santa paz.

Lo que les voy a confesar lo asocio más con mi época de preparatoriana, en buena medida porque SANA MENTE decidí que el mecanismo de defensa para evitar el contacto con el dolor sería enloquecer entre pelotas de basquetbol, ruedas de patines, llantas de bicicleta, raquetas, brazadas…

Las raquetas fueron utilísimas para golpear una pelota con todas mis fuerzas y liberar algo del coraje y la angustia que llevaba cosidos a mi piel. En fin, lo dicho lleva cuerda para otro retazo.

He aquí la confesión: me acuesto pensando en lo que voy a desayunar, durante la mañana alimento expectativas respecto a lo que voy a comer y conforme cae la noche pienso en lo que más se me antoja para cenar.

La comida nocturna es la que más disfruto, la que prende la chispa de una pasarela cerebral por la que desfilan quesadillas, tacos, carne de cerdo como la que guisa doña P (¡cueritos!), sobras benditas que a fuerza de tiempo agarran sabor… Aunque mi debilidad se dice queso, queso y muuchoooo queso.

Cheese

¡Díganme que no se les antoja! Conozco a una persona que sí peca, peca porque odia el queso en todas sus presentaciones. ¡Necia de mí, sigo ofreciéndole el manjar sabiendo que la única respuesta posible es un rotundo NO! ¿Por qué me niego a aceptar la idea de que exista un ente sobre esta Tierra que deteste el queso? Porque eso sí es un crimen.

El hecho es que amo comer, adoro conocer nuevos restaurantes y platillos, me encandila el nimio esfuerzo mental con el que perfilo molito, frijol con puerco, pollo Kung Pao, filete a la pimienta negra, fideo seco al chipotle, fetuccini Alfredo, guacamole, chiles en nogada, crema de tomate, pan recién horneado, chilaquiles o pizza 25 quesos…

La lista es interminable, pero el estómago y la piel humanos se expanden en proporción directa a la cantidad de fruta que le echemos a la piñata, ¡qué desilusión!

pinata

Estoy cierta de que si me encontrara al genio de la lámpara maravillosa y me concediera un deseo le pediría, sin titubear, satisfacer todos mis antojos gastronómicos y verme siempre como sílfide, es decir, tragar como cerdo y conservar la forma de espíritu aéreo.

Nanai, esa gente es poquísima y seguramente la escogieron a puro «dedazo» en el Paraíso terrenal. Ante tan infausto comportamiento solo me queda infundirles la certeza (me conviene) de que comer no es asunto de confesionario.

Ya lo decía Fuentes Mares:

“Las exigencias del nuevo paladar, acicateado por la gula, hinchó velas y templó voluntades, gobernó timones y enfiló proas hacia tierras exóticas de cortezas perfumadas, de minúsculas semillas que consumaban el milagro de que la mesa de un burgués pudiera ser tan suculenta como la de un rey”.

Así las cosas.

Hoy hay sangre

Sangran los escalones de un segundo piso, sangran también unos bellos ojos, les asombra el escándalo del bermellón que entrelaza la blancura de ambas manos. Del blanco y el rojo a otros ojos, a un hotel, al pasado negro de una mujer que pierde el equilibrio, que agacha la cabeza, que llora, grita y mata a la vez.

CH3-CH2 OH: hiere dientes, narices, rodillas, lo que encuentre a su paso; CH3-CH2 OH que transparenta desamparo, soledad y frustración.

Sangre seca o sangre viva, después sólo quedan dolor, vergüenza y rabia, porque es el mismo tiempo, una imagen que se confunde a pesar del cemento y el hierro, del balcón, el verde y una cama. No hay cacumen que separe espacios, vivencias ni momentos, pervive el río de sangre en el que Caronte abandona la barca y los remos. Se esfuma la posibilidad de una orilla, de un punto de llegada.

Ojos, ojos, ojos que gritan sangre, dos pares, apestañados, hermosos, abiertos, tristes, rendidos.

Caronte

http://es.wikipedia.org/wiki/Caronte_%28mitolog%C3%ADa%29#mediaviewer/File:Charon_by_Dore.jpg

Portazo.

—Buenos días.
—…
—…
—Lo sé, empieza a clarear.

Hasta entonces.

Demasiado personal

El viernes 16 de marzo de 2012 me dijeron que se había vestido, que estaba sentada en su sillón, muy guapa, platicando con el hombre que fue su última y efímera ilusión. Me dio gusto, aunque me mostré incrédula respecto a lo bien que se veía. Estoy segura, fue una artimaña para esconder nuestro dolor.

Subí la escalera, entré en su cuarto, la vi, nuestras miradas se cruzaron y supe que era mentira. La vida de mi madre se escurría, ella lo había anunciado de muchas formas. Llamadas y despedidas por teléfono y en persona, machacándolo a quienes pasaban más tiempo con ella —»No compren gas, ya no se va a necesitar”—, y ese abrazo, el último, sus manos tomando mis hombros, mi mejilla y mi oído sobre su pecho y después nuestros ojos, hechos de historias, de lucha, de pleitos, llenos de nuestras risas del sábado 17, donde hasta el final cupo el amor.

Tomé mi bolsa y también, como solía hacer mientras bajaba, le grité “bye, Má”. De regreso vino un “adiós, mi amor”.

14 de marzo de 2014

Cerca del miércoles 19, es decir, a 730 días de nuestra despedida. Afuera de su casa está la misma jacaranda que presumía sus hermosas flores color lila cuando dejó de respirar, poquito después de que el padre le diera la extremaunción.

Jacaranda

Una muerte serena, tranquila, sin sobresaltos. Hasta podría decir que dulce. La camioneta de Gayosso estacionada afuera. ¿Era real? Qué sensación tan maniaca. Me negué a ver el desagradable procedimiento de la bolsa y el cierre con mi madre y sin ella dentro. Para mí la peor parte, sin duda.

Llegó la hora, se la llevaban por segunda vez, ahora al crematorio. La seguí, llegué hasta el elevador y nunca imaginé que me dijeran que podía bajar con ella. Adrenalina. Acompañarla hasta el último segundo. Oía los pasos de mi hermana atrás de mí, muy cerca. Ellos transportaban un cuerpo más, yo sólo veía a mi mamá. Pasillo, vuelta a la izquierda, fuego, llamas, rojo, lenguas, calor, el abrazo final.

Cual algodones de dulce, como plumas de un edredón, así de ligero, levantaron completita la tapa del féretro. Me acerqué, le hice una caricia y besé su frente. Mi madre estaba, pero su cuerpo era de hielo. Me asusté un poco.

“Hija, cuando me muera que no me quiten la pulsera que me regalaste”. Era de ámbar. Se quemó junto con su carne.

Ámbar, palabra que proviene del árabe. Significa "lo que flota en el mar"
Ámbar, palabra que proviene del árabe. Significa «lo que flota en el mar»

—¿Dónde estás, que suelo extrañarte?
—Contigo —me respondes.

Y sonrío.