En el camino

No pretendo hacer una radiografía de la Calle, como sí lo hace Juan José Millás, con maestría y harta víscera, en El mundo.

Cuando salgo del edificio, por lo general doy vuelta a la izquierda. Si mi destino es «Dulce tentación» ―suelo ir por un café o una gelatina―, paso por la carnicería y tocinería «La perla» (ojo, no me refiero a la plaza Garibaldi, que el narco ya bautizó con ese nombre), por San Huarache de Los Pinos, por la farmacia donde me surten mi droga «de salvamento», por la hamburguesería «el Grill Oh!», por una estancia para perros, por la tienda de doña Mercedes, la tortillería, la fonda de las cazuelas en las que la pancita se ahoga en un caldo hirviendo, la tintorería, el mercado, el parque Pombo…

El chiste es que me planteé un reto: ¿cuántos transeúntes me sonreirían si yo intentaba provocarlo? En mi recorrido, que fue breve, insistí en hacer contacto visual, evalué la probabilidad ―dependiendo del gesto del sujeto o la sujeta―, y el resultado fue de tres, dos mujeres y un hombre.

Agradezco que algunos se den permiso de hacer una mueca alentadora. Es reconfortante que en un escenario protagonizado por desmembrados, linchados, incendiados, embolsados, baleados, decapitados, torturados, pateados…, todavía haya un dejo de ternura y confianza entre un par de humanos cuyos labios coincidieron un día, a una hora y en un lugar del inmenso hormiguero que habitan los homo ¿sapiens?

En san peter

Y que nos lanzamos al mercado de San Pedro de los Pinos el día en que se festejaban sus 59 años, cosa que ignorábamos. Como siempre, le entramos a los mariscos. Luego pasé a comprar un pocillo, y cuando íbamos de salida me encontré a doña Raquel, la señora que me aplana las pechugas (de pollo y sin albur). Me preguntó que si ya me habían dado mi regalito.

Nel —le dije.

Insistió en que la acompañara. ¡Sorpresón!: una canastilla azul de plástico con seis huevos (si prefieren que sean blanquillos, blanquillos son).

Pensé que no iba a dormir porque la música era atronadora. Por fortuna se apiadaron de los vecinos y mataron el reven como a las 22:30. En un año, cuando se celebren las seis décadas del mercatus, tengo de dos sopas: me uno al bailongo o consigo un refugio.

Ojos para ver

Hay mucha vida en un alma que se sorprende con colores, olores y sabores.

El mercado de San Pedro de los Pinos, una colonia de la ciudad de México que se formó en 1920 (dato que plagio), maravilla a mi padre; con un ojo al gato y otro al garabato, inmerso en los pregones que despiertan las papilas gustativas con pescados y mariscos, quesos, frutas y verduras, jugos y licuados, harta dulzura, y hasta sushi.

Me tocó un papá curioso: todo lo observa, lo analiza, lo toca, ¡lo escanea! Tipo inquieto, asiduo visitante de iglesias y conventos; comprador airoso de platos viejos de buena calidad; lector que detesta quedarse con dudas; melómano que “ya no oye música” y que deseó haber sido director de orquesta; ser de ojos danzarines que no descansan sino cuando duermen.

Lo hablaba en mi terapia:

—¿Sabes cuántas veces paso por algún lugar y no veo? ¡Es terrible, camino y las cosas se me escapan, me vuelan por detrás! ¡A él no se le va una!

Siento el candor de su sonrisa y sigo hablando como perico con exacerbada verborrea (diagnóstico)…

perico

—Mira, ya había pasado por ahí; cuando trabajaba en la editorial iba a comer con mi amiga. Jamás me percaté de la iglesia de San Vicente Ferrer, parroquia construida en el siglo XIX (más plagio). Él se fue a dar una vuelta y ya sabe qué hay y hasta qué quiere: quesadillas de las que vende la señora que se pone en la esquina de Avenida 3 y Calle 9.

Hemos pasado más tiempo juntos, compañeros de infortunios y dolencias médicas —cabe mencionar que antes los hacían con mejor madera—, y hoy quiero absorber esa capacidad para disfrutar de lo que ofrece la vida, que no es más que la cotidianidad de un parque, las jacarandas en flor, un nuevo tendejón donde sirven barbacoa con una salsa picosa, una sonrisa espontánea entre desconocidos, una calle arbolada, una voz que penetra por todos los poros de la piel o un poema de Blas de Otero, Hombre, que aviva el llanto, no sólo por su fuerza, sino porque solía recitarlo mi madre.

Charla entre mi hermana y yo cuando éramos niñas:

—¿¡Otro convento!? ¡Ay, ya!
—Sí, caray, es la tercera vez que venimos.
—Quiero llegar al hotel.

¡Muchachitas frívolas!

En España, nueve y siete años:
—¿Más platos?
—Uta, sí, y como trae la onda vamos a seguir rolando por cuanta tienda de antigüedades se encuentre.

Chiquillas malcriadas.

Ávido de descubrir, saber y compartir; le da por ser falso modesto, pero a mí ya no me engaña, hace años que logré domar a un hombre de ojos claros cuya autoridad tenía que acatarse. Hoy, de tú a tú y sentados frente a frente, conocemos y respetamos nuestras debilidades y fortalezas: las de todos, las de cualquiera que tenga la oportunidad de amanecer y jalar aire.

*Bai de güei:

Ojo con la conjugación del verbo venir en pretérito: es vinimos, no venimos.

Hasta pronto.

Por los caminos del Sur

El año pasado llamó mi atención la portada de un libro.

—¡Mira!
—Ya lo leí, es muy triste.

portada

Hace unos días leí un artículo sobre la autora del texto en la sección cultural de El País. Nelle Harper Lee, una mujer de 88 años, Premio Pulitzer 1961, quien optó por alejarse de los reflectores y por dar con el capote en las narices de los fisgones.

http://www.epdlp.com/premios.php?premio=Pulitzer

Todo indica que después de 55 años de silencio, la escritora de To Kill a Mockingbird (Matar a un ruiseñor) publicará Go Set a Watchman, sea o no una “bomba literaria”. A saber lo que hay detrás, el hecho es que la publicación se prevé para julio.

http://www.noticias24.com/gente/noticia/125813/go-set-a-watchman-de-harper-lee-causa-controversia-por-ser-una-bomba-literaria/

Adquirí mi ejemplar con medios ajenos. La narradora, Scout, es una niña de Alabama, letrada y con carácter, testigo de las injusticias cometidas contra los negros e hija de Atticus Finch, abogado defensor de Tom Robinson, el afroamericano acusado de violar a Mayella Ewell.

Cambiando de tema, una amiga mía “brincó” del Viejo al Nuevo Año en franco estado de ebriedad por esos sureños lares.

—¿¡Qué!?
—Que conocí el mercado de esclavos que está en Charleston.
—Ah, jijo, siempre hemos sido igual de “hojaldras”…

Slaves

El Old Slave Mart Museum aún puede visitarse en el estado de Carolina del Sur, por ahí donde Harper Lee situó su novela. A mediados del siglo XIX los comerciantes de esclavos iban a ese mercado para comprar y vender negros, así de crudo.

Charleston33

Libros, historias, edificios, hoteles suntuosos, cultivo de algodón… Todo lo anterior da cuenta de la esclavitud, sometimiento que desde mi perspectiva sigue vigente.

https://www.middletonplace.org/

www.oldsavemart.org

¡Siglo XXI!, ¿y qué? Échenle una pensada, seguimos en las mismas con todo y diferencias y avances y Vaticano y limosnas y filántropos y tecnología y…

Habrá que entrevistar a la feliz bebedora, doy fe de que hay fotografías en las que su verticalidad corrobora que logró mantenerse sobria durante la mayor parte del tiempo que permaneció en #southGringoland.

Till next.