Al calor de Peso Pluma

Lejos de arder como los campechanos, tamaulipecos, veracruzanos, coahuilenses o sonorenses, pero la olita de calor bien que se apersonó. Hubo gotas de lluvia, antes de caer la tarde, que nomás atizaron el fogonazo. De esas veces en que el sol, además de sentirse, se ve. Son unas como ondas que tiemblan frente a los ojos. El reflejo y el vigor del astro se embarró en la piel, ya pegajosa y sudada.   

El ruido, que para hartísimas personas equivale a música, opacó los clásicos sonidos del pueblo, que llegan con todo y eco: ladridos de perros, criaturas chillando, mugidos, el quiquiriquí de los gallos —por cierto, no sólo cantan en la madrugada—, grillos…

Entre toda clase de expresiones de contento y euforia, de peticiones de una u otra de las rolas más sonadas, de gargantas a tono con el muy socorrido alcohol —debió haber habido pulque y algún aguardiente para la ocasión—, nunca llegó a mis oídos la tenue vocecita de la niña de cuatro años para quien se tiraba la casa por la ventana.

Pobre, de seguro a ella tampoco la dejaron dormir. A sus 15, con chambelanes, chambelanas u lo que sea, ¿cómo será el festejo? Saabe, porque igual, habiéndose embarazado y dejado a las “infancias” con su mamá, probará suerte con algún nuevo género musical en Porter Ranch, Corpus Christi o Yolo. Sólo Dios sabe.      

El alboroto se prolongó hasta las quinientas y hubo que aguantar vara pa’ lidiar con la mezcolanza de calor, brisa ausente, griterío y alborozo de los convidados a la fiesta por la vía de cartulinas rosas; la estridencia de las chicharras; voces de mujeres que ansiaban más ruido —el clásico “¡ootraa, ootraa!”—, y los amenazantes truenos, que no escupieron ni con la tercera llamada.

Ps pa’ acabarla de amolar me prendieron la lucecita del celular —adiós velas y linternas—. Es bien sabido que “el que busca, encuentra”, como obvio es que yo no sería la “afortunada”. Ahí estaba la méndiga cucaracha, cerca de la hielera de unicel. ¡El peor insecto de la creación! Fuimos minándola a raidazos® —la primera descarga me sacó un grito digno de personaje de Poe— hasta que quedó patas arriba. Esa obra terminó con un muy seguro parlamento:

—Déjenla, al rato la desaparecen las hormigas.

La neta, pedí que la mano dejara de alumbrar con el maldito Samsung; total, yo no veía más allá de mis narices. Sudábamos la gota gorda y seguíamos lamentando el estruendo de pesadilla con el que hoy vibran millones de almas. Entonces asomó, asquerosa, la segunda cucaracha. No quise probar suerte, así que subí por uno de los huaraches de indio de mi papá. Un par de raidazos® y moriría aplastada con la doble suela de llanta. Tampoco me entusiasmaba oír el crujido del dictióptero, aunque lo hice. Sucedió lo que a Monterroso y su dinosaurio: cuando nos fuimos, la chancla seguía ahí.

Después del piquete de alacrán en plena pandemia, fue la primera vez en más de 30 años que deshice la cama para echar ojo. ¡Qué suerte tuve de que no clavara bien el aguijón! Por obvias razones, me negaba a ir a un cutre hospital de Tepoztlán. Mi grito —¡no me quiero morir aquí!— fue apagándose con remedios caseros y el cuchillo que decidí clavarme en la pantorrilla izquierda. Una hora después, cuando constaté que San Pedro aún no me esperaba, retomé “el sueño de la justa”.

Vaya nochecita… como ocho veces que el tal Peso Pluma repetía Ella baila sola (¡a mí me daba idéntico!); los adobes y el calor coludidos en un incendiario sauna; el pinche farol que le dio en la torre a la bendecida oscuridad, y, como si no fuera suficiente, el zumbido penetrante de los moscos.

Con todo, disfruté de uno de mis lugares predilectos, de esa bella e imaginada casa de campo que quedará edificada entre mis memorias.

Escape del calvario

La puerta con escotilla le organizaba un viaje hasta el Nautilus del capitán Nemo. Poco importaba que fuera batiente y de madera. Se entrometía entre el antecomedor y el comedor; entre la cocina, calientita, y el estudio y la sala, fríos y oscuros.

En uno de sus vaivenes se cruzaron la niña y un hombre. Tenía que atreverse, así que levantó la barbilla para alcanzar sus ojos claros. En ese intercambio de miradas con significados disímbolos, reinó lo insondable. Ambos escucharon la frase, pero a la voz, como era de esperarse a los 11, le faltaba madurez:

—Papá, estoy mal, necesito ayuda.  

Un miedo atroz a lo que concebía como locura —aún se oía hablar de “manicomios”—; a perderse en su íntima negrura; a tener que resistir y cargar con la existencia; a petrificarse, sola, en el horror de la angustia.      

Pero tenía que haber una salida, otra oportunidad. Muchas veces quiso ser un perro callejero, que se la tragara la tierra, no despertar a la mañana siguiente, hacer un trueque de cerebro. ¡DESAPARECE R! Se antojaba difícil sin jalar el gatillo (¡pum!), sin una escena de pies colgantes, sin el salto al vacío, sin un corte preciso a la yugular.  

Con todo, descubrió que no era suicida. Y qué fastidio, porque nada había peor que estar consciente de que la línea entre la cordura y la locura era delgadita, tambaleante, casi invisible. Además, en una de tantas maquinaciones se le ocurrió que la otra orilla podía resultar peor. ¿Peor?… ¡Esa sí sería una tragedia!

Dio los primeros pasos de su viacrucis. En la terapia de grupo, lo que les afectaba a dos “compas” era totalmente cotidiano y light. Uno no tenía coche para transportar a la niña que le gustaba y la otra sacaba malas calificaciones.

¿Cómo escupir algo así?: “Les tengo pánico a las mujeres tocineta, bien pasadas de lorzas, y ando con las antenas afinadas para detectarlas”. Nel. A guardar silencio y, de plano, a consolarse por no ser la peor. Juan llegaría, perdido, al pabellón psiquiátrico del Español.

En el trayecto hubo un Judas Iscariote, una “maravilla” de psicoanalista que le rajó la confianza depositada sin cortapisas durante varios años. Tamañito animal. Le haría honor a su apellido, aunque no por ser el rey de la selva. Era un paria narcisista que, creyéndose águila real envuelta en huevo, terminó con un yo desplumado. A los ojos de su paciente, su superego cayó en una cloaca y se ahogó en aguas negras.

Reyes puso su rúbrica en el calvario. Fueron años aprovechados en los que no cupo el maniqueísmo, pero seguía teniendo sus sesiones desde la razón, es decir, conteniendo el paso de la vorágine de sentimientos. Haría falta tiempo para que explotaran con toda la fuerza de lo reprimido, con todo el impulso de un cáncer que tenía que abrirse paso a como diera lugar antes de pudrirse en las entrañas del dolor, la culpa, el enojo, el miedo y el rencor.  

Hubo una tregua antes de que el peregrinaje estallara. Coincidió con un periodo de estudio y docencia en el extranjero; con el derrumbe de las Torres Gemelas en Manhattan; con la muerte del “psicoanalista familiar”; con la primera experiencia de nieve que no solo se sentía en el pecho; con la recuperación de un tendón de Aquiles recién reparado; con la vida en un país donde, de no haber sido por las varias nacionalidades coincidentes en un departamento de lenguas, habría resultado tedioso convivir con puritito gringo.

La escotilla del Nautilus se hizo real. Cerrarla implicaba dejar atrás el día, un día que esperaba ser escuchado, salvado, más llevadero. Días con sus noches, sus minutos y segundos, sus tonos negros y blancos en busca de una paleta maleable.

Llegó 2006. Y con el trabajo, el compromiso y la confianza mutua llegaron las lágrimas, las emociones embarradas en la piel, la piel ávida de sensaciones, el nudo atorado entre el pecho y la garganta, el corazón que aprendió a doler, el dolor que fue atrapando a un cuerpo acostumbrado al resquicio craneal y al dominio de la mente.

Costaba creer que fuera la primera vez, sobre todo después de tanta voz, de cuantiosas palabras que iban y venían de un sillón a otro sin devolver un eco, de varios intentos que pavimentaron la entrada por la puerta grande, como la de Israel Galván en la plaza de toros de la Maestranza.

Años y años de manejar con destino a la cerrada. La puntualidad fue impecable; impoluta la decisión de vomitar sin filtro, pasara lo que pasara. Nada de mentiras ni engaños. Editar solo a partir de la verdad.

Una vez que se descubre que el único mérito humano consiste en ser un poco más conscientes del costal que llevamos a cuestas, llenito de prejuicios, creencias, estereotipos y un titipuchal de conductas inoculadas, entonces aceptamos que no hay retorno, que hallar las posibles salidas de nuestro laberinto nos hace mejores personas.   

Años y más años de caminar hacia el cuarto de mis secretos —otros no tan secretos—, de subir las mismas escaleras, de sentarme en el mismo sillón y de observar a la misma mujer; ella, que logró dar vuelta a la llave de una cerradura que cedía poco a poco a una aceitada de afecto, comprensión y honestidad.

Fue ahí donde aprendió que un enojo no implica una ruptura ni un abandono definitivos. También asimiló que del consultorio nunca saldría un alma virgen, aunque sí un ánima revolcada en beneficio propio. De ese lugar se retiró alguien que aceptó que corría vida por su sangre, a pesar de baches, hoyos, ranuras, pozos, abismos, fumarolas y hasta arena en los lagrimales.

Al final, los pasos del Calvario, ya mucho menos calvario, se apagaron, en un tris, por Zoom.     

    

      

 

Ensueño

En las tardes, mientras miraba por la ventana, su exhalación se dispersaba haciendo cabriolas en el aire. La niña las seguía, embelesada, y las correteaba con ojos grandes y boquita en forma de «O». Quería tocarlas, enredarlas en sus dedos, atesorarlas en la caja de habanos Te-Amo, encerrarlas en su pequeño puño, atraparlas como mariposas, contarlas cual cuentas de pulseras.

Y pedía más: «¡Más!»… Hasta que el ambiente se llenara de ellas y el tabaco impregnara su estudio. La niña intentaba, pero se le iban al techo, o se pegaban a la lámpara de hojas verdes y amarillas; o se escondían, juguetonas, detrás del sillón, o, si estaba muy atenta, veía cómo se sumergían en la taza llena de plumas.

Lo que sí podía hacer era soplar y manotear; soplar para encaminarlas a su antojo ―prefería que cada una encontrara su camino, absorbida por las nubes o capturada por el follaje―, y manotear para hacerse la ilusión de que todas esas donas de humo las hacía para ella.

Al final, como todos los días, quedaban un estudio vacío, el sabor del juego, el olor, las imágenes que imprimía en su cerebro, una colilla, y cenizas, solo cenizas.

Feliz cumpleaños

Día de emociones: 19 de diciembre, aniversario de la muerte de mi madre; 20 de diciembre, su cumpleaños 79.

Hace unos días le platiqué a mi hermana algo que no sabía (ella, por supuesto). Nos reímos mucho, con dejos de nostalgia y buen humor.

Recuerdo el número de teléfono de mis abuelos desde que era niña. El mismo que tuvo mi madre hasta la tarde en que no regresó de ese último jalón de aire. Como no quise que se evaporara, lo conservé. Si hoy marco de ese número a mi celular, la persona que me llama es, simplemente, «Bola».

Mi mamá, créanme que muy a su pesar, se defendió de los golpes de la vida con un cuerpo extra, con kilos y kilos que exacerbaron su pesadez existencial. Como sea, se acostumbró a que la apodara «Bola».

Subí las escaleras para saludarla:

―¿Qué onda, «Bola», cómo estás?

―Ay, no me digas «Bola», dime «Dolo».

Prefería ser La Dolorosa, otro de sus muchos sobrenombres. Fue una mujer a quien yo vi reír, jugar, bailar, recitar, contar chistes, hacer gestos, tocar las castañuelas… Pero ahí mismo, con ese extra machacándola, cargaba con una capa negra de dolor que solía pegársele a la piel.

Más que lluvia

Amo el agua, y sobre todo, el agua fría. Ya lo he escrito.

De niña me acostumbré a nadar en una alberca cuya caldera nunca dio señales de vida, ni siquiera en invierno. Pero era un placer: zambullirme y salir rápido para airear mis pulmones. Lo que seguía era fácil: aclimatarse y disfrutar.

Amo sumergirme, amo aguantar la respiración mientras intento recorrer la mayor distancia posible, y también amo nadar cuando llueve.

Esa lluvia… la que presagian relámpagos y truenos. Mejor si llega con un viento que azota puertas y ventanas, con la luminosidad eléctrica del cielo, con el estruendo envolvente que le pisa los talones a cada rayo.

Amo ver, oír, tocar, oler y probar el chubasco que se solaza en el campo. Sí, huelo la humedad, escucho el golpeteo, hago mío el sabor del agua límpida, expongo mi piel al abraso de gotas y chorros helados, miro el huidizo arte líquido y despierto de golpe a una vida que a veces cierra los ojos sin poder conciliar el sueño.

*Foto de la autora.

Badajo

―Oiga, Doc., ¿hay algún chocho que sirva pa’ que me sienta más estable? Es que yo oscilo como badajo de campana o como columpio de niño hiperactivo. Y no me late, ¿sabe?, porque generalmente me da por el desasosiego. Ah, caray, ahora recuerdo que cuando era niña mi abuela me decía: “Estate sosiega”. ¿Será que desde entonces? Es como cuando llega una fámula y le dice a su patrona: “No me hallo”. O como cuando quiero tomar vacaciones, pero sin mí. En fin, sépase que me tomo, empino, mastico, embarro… lo que me dé. Así es esto, Doc. Y no es que quiera que en la calle me confundan con una junky, ¿eh? Ajá, eso, lograr un equilibrio que me dure un poco más que quitarle el sabor a un chicle.

Nada

Hoy, de plano, no sé qué escribir. Ya pensé en una niña llorona, en un pingüino nostálgico, en un verso de César Vallejo, en una pared amarilla, en mi hermana, en la casa de mi infancia, en una tía que acaba de morirse muy sola, en el paso del tiempo, en el amor (¿será?), en el futuro (que no existe), en que tal vez me gustaría no ser yo, en que hay reencuentros que nos devuelven cachos de nuestra historia, en mi compromiso de sillón a sillón. Por este último me obligué a subir las escaleras de caracol, a sentarme frente a la computadora y a teclear… casi lo que fuera.

Ahora entiendo por qué les puse retazos a estos fragmentos de vida que se quedan sin aliento.

Navegando

Estoy viendo una serie española: El Barco. Empecé a echarle ojo por recomendación, y resulta que estoy picadísima; o sea, que me tiene «de los cojones» (sentido figurado).

el-barco

Jalada de los pelos a más no poder, porque cada capítulo se convierte en una peripecia increíble, incluso que nadie nos diga dónde quedó la única niña, ¡que además es la hija del capitán! Pero me entretengo al mismo tiempo que río y lloro, lo segundo más que lo primero.

Les decía a algunas personas que es el primer programa actual (todos se suben al barco con celular en mano) en el que se privilegian el enamoramiento y el amor, no el sexo, ¡y eso que además de camarotes para dar y repartir, varios personajes están muuuy potables!

Eso del enamoramiento… Padre, ¿no? Se me remueven recuerdos y harto, hartísimo anhelo.

Bai de güey:

¿Sabían que ya se pueden usar los términos «wasap» y «wasapear» en español? ¿Y que no hay necesidad de usar comillas ni cursivas?

Así las cosas.

En terapia 3

Quien haya padecido TOC (español) u OCD (english) sabrá que el trastorno no desparece y que, como la energía, sólo se transforma. En momentos difíciles se convierte en un monstruo que me acompaña a todas partes con la furia de un tsunami.

tsunami

Lo peor es que cuando esa alimaña llega a mis entrañas no hay forma de patearla, deja de ser una sombra y se pega a mi cuerpo como el gelatinoso moco de King Kong.

moco
—Estoy aquí, en mi sesión, escucho lo que me dices, pero allá, en el cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite, resuena una música de fondo que no me deja en paz.

—¿No se ha callado en ningún momento?

—No, cuando llego a este punto me pierdo en mis pensamientos.

Veo menos, veo mucho menos de lejos que antes. Me tapo el ojo izquierdo y no veo como la última vez que me revisaron. ¿Estaré en pleno rechazo la córnea? Tengo que llamar al Instituto. ¿Y si tengo que ir? Lo bueno es que me queda muy cerca. ¿Cancelo mi comida? Pero sí veo de cerca, la última vez me dijo la doctora que para hablar de rechazo tenía que haber ojo rojo, lagrimeo y pérdida de visión de cerca y de lejos…

—Bueno, sabes que esta forma de lidiar con la incertidumbre, más si se trata de tu salud, es parte de ti; la conoces y la distingues. Obsérvala: ahora que te vayas haz lo que tengas que hacer para darle una salida.

—Y en serio, ¿eh?, sí estoy en el consultorio, pero supongo que una persona obsesiva es capaz de lidiar con el tema principal de su terapia al mismo tiempo que alimenta un leitmotiv catastrófico.

—Además, como te sucede en otras ocasiones, ya te metiste.

—Sí, caray, dentro del hoyo hay poco que hacer, ¡y súmale el PMS! P’a los leones.

—Asúmelo, nada de muertito.

—¿Qué?

—Cuando uno nada de muertito no hay adelante, atrás, ni siquiera esfuerzo; los oídos están dentro del agua y se oye ruido, como el que no para en tu cabeza.

—Ajá, y por más que hago no se calla. ¡Estoy harta, cansada!

—Por eso lo digo, quédate de muertito hasta que actuar disminuya esa sensación. Acepta que en este momento no hay otro camino.

—Cierto, ya tengo tierrita encima, aunque creo que todavía no la mastico. Ok, estoy como en la canción de Men at Work, Down Under; ¡no tienes idea de cuánto me cuesta aceptarlo! Además del ahogo me preocupa el agua. ¡Santísimo!

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—Mira, intenta aplaudirte el haber salido del trastorno, tan niña y sin chochos. Sé que ahorita no lo puedes ver, pero fue un logro.

Riiiing

—Carajo, ya llegó el siguiente analizando, y yo que me quiero quedar.

—Algún día sentirás que tú eres tu propio refugio.

¿Será?

Hasta la próxima.