En honor a Virginia Woolf

Nos salvamos, señor Styron, dondequiera que esté con su visible y densa oscuridad. Sí, ya había caído la noche, pero la tormenta no atacó el cerebro. Fue solo una lluvia magnánima que avivó mis sentidos. El viento fresco, las gotas que acariciaban mi cara y mi cuerpo. A eso salí, a mojarme, a sentir la humedad, inmersa en el poderío de relámpagos y truenos. Con los brazos abiertos, el cráneo inclinado hacia atrás y los ojos cerrados. Y viví, respiré y tragué el sabor de la lluvia, pero no bajo la nube. Pude verla, pero no me siguió; creo que ni siquiera estaba al acecho.

Me dijeron que hacía días que el cielo negruzco se mostraba amenazante, pero no había bramado. Tal vez ayer decidió regalarme ese momento de vida.

¡Salud!

Veo a un pollo despelucado que está saliendo del cascarón. Echen ojo. Anda turulato, da tumbos, y tiene la mirada semiperdida. Ups, diríase que es el teporocho de la esquina, el que siempre está afuera de la cantina «Hasta verte Jesús mío». Pero, si se fijan bien… ya está aleteando.

Revoltijo

¿Qué estado de ánimo predomina hoy? Es una mezcla de tristeza y desilusión. Digamos que la segunda es causa de la primera. Pero este sentimiento no nace de mis cavernas  melancólicas, sino de algo más palpable y concreto. También lo puedo llamar dolor, nada más que ahora sí sé de dónde viene.

Lo desesperante (diría que hasta enloquecedor) es no saber qué pasa cuando nos vamos de bruces al agujero negro, ¿no creen? Revoltijo de química cerebral, genética y personalidad, que en mi caso equivale a un revoltijo pernicioso. Y testarudo, y persistente… y proclive al «aquí me ‘repego’ contigo».

Respuesta

¿Que si el naufragio es definitivo? ¡No! De otra manera me vería impelida a cercenar el tiempo. Con un cuchillo, una soga, un arma de fuego, un bebedizo ponzoñoso… o la estufa y el letargo.

Mi tiempo sería una eternidad inhabitable. Repito: ¡no!

Linchamiento cerebral

Vuelvo a William Styron. Para él, la palabra melancolía se apegaba mucho más a la naturaleza del trastorno. ¿Depresión? Eso era un sustantivo «[…] empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondonada en el terreno». El término Brainstorm hablaba por sí mismo, dado que hacía alusión a un mal que se vive como «[…] una auténtica tempestad rugiente en el cerebro».

El cerebro no es más que una presa, y el espacio se torna abismal. No solo aloja pensamientos negativos, ideas suicidas y comportamientos obsesivos, sino tifones, maremotos, tormentas de arena, huracanes y cualquier artimaña que ponga en jaque a la masa de tejido nervioso encerrada en la cavidad craneal que los humanos percibimos como una bola con pelo.

Es más o menos así:

Está cayendo un aguacero. El paraguas es un adorno. Se está totalmente expuesto. Hazmerreír de truenos, relámpagos, automovilistas, niños, ciclistas, peatones, perros callejeros. Nada ni nadie repara en el ente que aún sobrevive a su naufragio.

Just today

¿Cumplí con las indicaciones de mi médico? Hace rato, cuando fui a sacar un chocolate de la alacena, me lo preguntó Gloria.

A ver, palomita a cocteles diurno y nocturno. También hice ejercicio, 10 minutos más de lo que tenía planeado. (Desde chica, el deporte implicaba desconectarme; era la única actividad que funcionaba como pared entre mis pensamientos y yo. De otra manera los tenía como moscas revoloteando alrededor de mi cabeza, siempre en círculos, siempre una, grande y fea, seguida de varias, espantosas.)

La levantada de la cama, mal, porque me desperté a las 8 y me paré 55 minutos después. Socialicé, así que me agencio otra paloma. Respecto a la comida mediterránea y los granos, tache. Solo que alguien cocinara para mí, pero antes fumigada que con un invasor de mi espacio.

O sea que, querida Gloria, si con tu pregunta pensaste en ponerme un cuatro ―sueles hacerlo―, ¡te falló!

Próxima salida

―Tal vez si te llevo a dar un paseo a la orilla del lago y ves árboles, flores, pájaros,  perros, niños jugando…

No quiero decepcionarte ni hacerte sentir que es inútil, pero no quiero salir ni ver nada. Lo que dices es verdad. Estoy encerrado en mí mismo, me dedico a representar escenas que desembocan en laberintos, estoy lejos de mi música, cavilo sentado en un sillón y frente a una ventana que da a una calle donde nada llama mi atención, me muevo en espacios que van a dar al mismo nudo. Vaya, con decirte que no me comunico igual, que no me fluyen las palabras, que se me congelan las ideas a tal grado que temo hablar. ¡Y la comida! No hay antojos, ni mmmm, ni ganas de cocinar algo con cara apetitosa. A veces ni hambre, así que salta mi instinto de supervivencia y me obligo a probar algo, lo que sea.

Pero, por favor, no dejes de insistir, no te canses. Por ahí hay un algo, solo eso, poco tangible, que me dice que puedo.

 

Solo un poco

Es verdad, hace mucho que no charlamos. Lo que no sé es si te gustaría charlar conmigo. Te echo de menos ―escapadas, risas, confesiones, juergas―, pero no quiero que te tropieces con este otro yo que me deja poco tiempo para ser objetivo. Mis despertares son una alarma que no puse, pero que escucho. Y cuando la escucho me hago el remolón hasta que una brizna de voluntad me saca de la cama. Entonces me obligo a desayunar ―imagínate, casi no de mi café― y a hacer lo que no puedo dejar de hacer. Si no lo hiciera sería mi ruina.

Conforme pasa el día me siento un poco mejor. ¿Cómo te lo explico? Hay más claridad y menos dudas. Mi cerebro se da el lujo de aceptar ideas benévolas. Y cuando llega la noche me siento bien porque sé que se acerca la hora de dormir ―por fortuna, duermo―, de escapar, de olvidar, de no pensar, de soñar, y tal vez hasta de morir un poco. ¿Eso me hace un necrófilo? ¿O acaso me juzgo con mucha severidad? Es posible, porque siempre lo he hecho.

Lo cierto es que tengo poca paciencia para zambullirme ―dicen que solo será un tiempo― en mi mar gris. ¡Es desesperante! ¿Sabes? Quisiera abrir una puerta y caminar por el Campo de trigo de Van Gogh. Pero hay cuervos, ¿verdad? ¿Ves?, acabo traicionándome porque para mí esos pájaros son de mal agüero.

Quiero que sepas que morir un poco es como sacar una bandera blanca y pedir una tregua. Pero morir morir, lo que se dice morir, no quiero. Espero la noche porque puedo ver flores en un balcón de Barcelona, porque el calor no me da frío, porque me descubro como soy, y porque quizá, en una de esas, me encuentre contigo para seguir charlando.

Nada

Hoy, de plano, no sé qué escribir. Ya pensé en una niña llorona, en un pingüino nostálgico, en un verso de César Vallejo, en una pared amarilla, en mi hermana, en la casa de mi infancia, en una tía que acaba de morirse muy sola, en el paso del tiempo, en el amor (¿será?), en el futuro (que no existe), en que tal vez me gustaría no ser yo, en que hay reencuentros que nos devuelven cachos de nuestra historia, en mi compromiso de sillón a sillón. Por este último me obligué a subir las escaleras de caracol, a sentarme frente a la computadora y a teclear… casi lo que fuera.

Ahora entiendo por qué les puse retazos a estos fragmentos de vida que se quedan sin aliento.

Se llama angustia

Una lancha vieja, «La Marinera», se bambolea lejos, muy lejos de la playa. Sus ocupantes son un hombre y una mujer entrados en años; un matrimonio que sobrevive gracias a la pesca. Esta vez Aurelia y Jaime salieron tarde. Él olvidó la gasolina y ella la lámpara de queroseno. Aunque estrellado, los cubre un manto negro. A Aurelia no le gusta la oscuridad, dice que se remonta a su infancia, cuando su papá la encerraba en el cuarto de los cachivaches. Jaime lo sabe, y la abraza.

Se escuchan el viento, el golpeteo del agua, y a ratos el intercambio de palabras de dos viejos roncos.  Ya hace varios años que su hija se fue a vivir a la ciudad y otros tantos que a José, el predilecto de Aurora, se lo tragó el mar.

La soledad les dio para recordar: el día de su boda en el pueblo, cuando don Julián, el dueño de la hacienda, les regaló seis botellas de sidra; el nacimiento de Marina, un torbellino que casi se lleva a Aurelia; la muerte de sus dos vacas a manos de un vecino envidioso; la compra de «La Marinera», una embarcación pequeñita que les daba de comer…

El cielo se cubrió de nubes. La lancha se movía como si fuera a darse la vuelta. Aurelia escondió la cabeza entre los brazos y el pecho de Jaime. Y él decía que solo quedaba esperar, que al día siguiente alguien los vería, que volverían a sentir la arena caliente bajo sus plantas y a dormir en su casita de paja. Ella lloriqueaba, y él, tiritando, la abrazaba cada vez con más fuerza, intentando que no se diera cuenta de que sudaba frío.