En primerísimo plano están mi taza de café favorita, que compré hace años en Barnes & Noble, una vela cuadrada con motivos africanos, una manzana blanca y una mujer de metal que toma de las manos a un niño y lo hace girar cuerpo con cuerpo.
Un poco más lejos está mi amate, un cuadrado tejido con destreza que encierra a cuatro círculos concéntricos de colores café y beige; a su derecha hay un pequeño tapete anaranjado, herencia de mi tía Teresa: plasma, con distintas figuras, lo que yo percibo como una cara indígena encuadrada por flequillos que podrían ser el pelo y la barba; a la izquierda la pintura de un felino que me mira furtivamente sobre un fondo rojo.
Si bajo un poco la vista me encuentro con tres retratos, dos casas pequeñitas que compré en la isla de Rodas y otro objeto de metal: una escalera que encumbra a dos personas mientras una tercera las sostiene.
Detrás del marco central se yergue la cabecita de una rosa seca, la misma rosa que descansó sobre el ataúd de mi madre. R se la llevó, creo que la puso boca abajo, y un buen día me la devolvió dentro de una caja de plástico.
Giro un poco la cabeza y tropiezo con los enormes ojos naranja y negro de un búho, regalo de mi hermana, que me mira desde lo alto del horno de microondas; se posa próximo al techo porque el carpintero que adecuó la tabla de madera para colocar el «micro» lo puso a una altura impropia para el mexicano promedio (no me incluye…)
A la derecha de donde suelo sentarme a leer y a hacer mis ejercicios de mano está mi madre: es una planta de albahaca que sembré al día siguiente de que murió, es la vaca ensombrerada que me recuerda su forma de ser elegante, presumida, altiva, digna, cuidada, y es también la flor de Anturio recién nacida que en secreto y sin palabras vocifera que aquí está, conmigo, y que me regala brotes de vida amarraditos al 10 de mayo.
Hoy ha sido un mal día. Voy a caer en mi agujero si no ataco el ensimismamiento y me receto un “traga y haz”. Por eso decidí recordar otra escena de las Perritas en Estambul.
Ya dije que la Perri menor está acostumbrada a que los autos se detengan, no porque pare el tránsito con una atrevida tanga “divisoria”, sino porque allá, en su pueblo, dicho con sus palabras, It’s the law.
En Estambul parecía no haber leyes para cruzar la calle, sobre todo si uno no se topaba con un semáforo. El chiste es que para seguir adelante con nuestros planes teníamos que pasar del otro lado y enfrentarnos a oleadas de vehículos conducidos por turcos cuyo objetivo era avanzar, pasar, llegar.
—Chin, hija, ¿y ‘ora?
—Güey, yo qué voy a saber, queremos pasear por el Bósforo y los barcos están del otro lado.
—¡Manejan como locos!
—Ay, igualito que en la ciudad de México, lo que pasa es que hace 18 años que te hicieron efectivo lo de “el peatón es primero”.
—¡Qué bárbaros!
—Ajá…
De repente vi a una mujer, una especie de Tío Cosa con los ojos enrejados en una terrible y ofensiva bolsa de tela negra, y a un señor que empujaba con enjundia una carretilla.
—Éstos son de aquí, órale, ¡síguelos!
—¿¡Qué!?
—Que dejes de pensar y te parapetes con estos güeyes que deben saber el tejemaneje callejero.
—Ay…
—Ay nada, hija, ¡vamos!, así nos aseguramos de que primero les pasen por encima a ellos.
—Bueno…
—Además no creo que se atrevan a aplastar a esta señora.
Pues nos lanzamos, dizque escudándonos en un burka y en un hombre que decía «voy derecho y no me quito». Gracias al cielo que mi hermana no llevaba flip flops; esa tarde sus pantuflitas de hada madrina región cuatro me parecieron un lujo.
Lo sé, en gustos se rompen géneros…
—¡Órale!
—Ya voy, caray.
—Es que esta mujer trae cuete, se mueve como muñeco de videojuego.
—¡Deja de carrerearme! ¿Por qué no te pusiste de este lado?
Brillante, ¿no? Yo iba protegida por el turcazo de la carreta y el Tío.
—Gandalla, desde siempre, y para colmo nomás oigo tu risa. Burlona.
—Bueno, ya pasamos, ¿no?
—Perrita.
—Pero te quiero, con todo y esas horrendas chanclas que hoy te convirtieron en gacela.
—Sin cuernos, ¿eh?
Más tarde, al caer el sol, nos dimos cuenta de que había un puente por el que podíamos cruzar de lado a lado cuantas veces quisiéramos.
En mi memoria se refugiaron un balcón y una imponente tormenta eléctrica: cielo azul tirando a negro que en instantes se iluminaba con rayas irregulares blancas y amarillentas. Del resto no quedaron ni piezas sueltas.
Hace unos días la ciudad de Campeche me recibió con el calor, parecía que había descendido al mismísimo círculo del infierno; faltaban las llamas y un diablillo que custodiara la entrada con un trinche, pero el aire caliente (yo lo sentía hervir), ni tardo ni perezoso, envolvió mi cuerpo.
Me alegró revivir los viajes de la infancia con mis papás y mi hermana, la Perrita. Largos recorridos en coche con un destino final entre el que se colaban el descanso, la comida (en sitios que nos hacían tilín o que nos recomendaban los lugareños), los imprevistos y las aventuras, como recolectar mangos petacones que colocábamos en el piso de la parte trasera del auto (las Perritas ponían sus pies sobre ellos con cuidado de no lastimarlos) o descubrir el camino de bajada hasta un río donde nos refrescábamos.
Podíamos bañarnos con tranquilidad, en primera porque había agua (ahora son charcos malolientes, basureros o zonas habitadas), en segunda porque estaba limpia, y en tercera porque la única amenaza era que un pez nos jalara las patas y nos enterrara en el fondo; nada de preocuparnos por asesinatos, retenes, narco, derechos de piso ni todo lo que hoy se nos ocurre considerar antes de actuar libremente para hacer algo que se nos antoja.
Estoy segura de que mi papá viajaba con sus tres mujeres sin pensar en la inseguridad; de este punto a aquél, de acá para allá, del Distrito Federal a Quintana Roo: sólo implicaba esperar las vacaciones, hacer maletas, revisar el coche y a volar.
Total, que en este viaje comprobé lo dicho por García Márquez: la vida no es copia fiel de lo que vivimos, sino más bien de lo que recordamos. Ahí estaba mi papá, manejando kilómetros y kilómetros azuzado por dos escuinclas que insistían:
—¿Ya vamos a llegar?
—¿Cuánto falta?
No sé si los niños de hoy deseen lo mismo que yo hace muchos años —¿cambiaron los juegos infantiles por una tableta equipada con pulmones para la práctica virtual de la apnea?—, pero lo único que me interesaba era llegar a nadar, meterme en el mar para picar sus olas, una tras otra, y cuando se hacía tarde zambullirme en una alberca hasta que se me arrugara la piel de los dedos.
Mi espíritu competitivo me llevaba a proponer concursos para ver quién aguantaba más tiempo debajo del agua, a echar carreritas con mi hermana, a contener la respiración sin moverme para probar mis pulmones, a bucear hasta el fondo para recuperar una moneda.
Por supuesto, pediamos el consejo de los naturales respecto al changarro, palapa, tendejón o pequeño restorán donde le hincaríamos el diente a exquisitos platillos típicos.
La primera tarde de mi vuelta a Campeche le eché ojo a la única palapa que no ostentaba un cocacolesco techito de plástico. Nos sentamos a comer a la orilla del mar. Seguía habitándome el infierno, sin una pizca de brisa, aunque bien acompañada con una lata de cerveza fría, un coctel de camarones —de los chiquitos, dicen que característicos de Champotón— y un delicioso pan de cazón. ¡Claro, con mucho chile habanero!
Foto de la autoraPan de cazón, ¡una delicia! Foto de la autora
San Francisco de Campeche, con sus baluartes y puertas de Mar y Tierra, me devolvió muchos recuerdos y me llenó de otros. Ahora sí, mi coco se trajo a una hermosa ciudad, parejita, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1999, ataviada con verdes, rosas, azules, rojos, amarillos y blancos, como los colores que en 2004 vi en la isla de Curazao, un territorio autónomo del Reino de los Países Bajos donde la hilera de casas, muy juntas unas de otras, parecía un arco iris con puertas y ventanas conectadas al paraíso.
Puerta de Mar (foto de la autora)Puerta de Tierra (foto mía)Foto míaCurazao, 2004
¡Y la gente!, amable, sonriente, platicadora, abierta; en pocas palabras, ¡campechana! ¿Campechana?, ¿con qué se come? Les comparto un par de acepciones del diccionario de la Real Academia Española:
3. (Por la fama de cordialidad de que gozan los naturales de Campeche, tierra de vida placentera según la creencia popular).
4. adj. coloq. Franco, dispuesto para cualquier broma o diversión.
Con el número 4 describo a Joaquín, el taxista dicharachero que nos llevó del aeropuerto de Campeche a Aak-Bal (nido de tortuga) y de Aak-Bal al triste regreso. Siempre una sonrisa, presto para bromear, buen escucha, hombre que se despidió con un cálido abrazo y con una bendición que quedará en mi recuerdo.
Cuando empecé a escribir este blog, mi idea era hacerlo con frecuencia. Le he bajado a las colaboraciones, quizá por los compromisos diarios, pero las más de las veces se debe a la falta de compromiso conmigo misma y con mis retazos.
He de ordenarme, de encontrar la forma de sentirme más libre para decir, para plasmar, cualquier cosa, a la hora que sea, aquí o allá, de día o de noche. Se llama disciplina con el proyecto que decidí iniciar con la embestida del 2015.
Si abro el ojo cerca de las seis de la mañana, ¡a darle!, a sacarle jugo a las primeras horas, al despertar de la luz y de los eternos ruidos citadinos entre los que se cuelan los cantos de algunos pájaros.
Total, no necesito más que mi computadora, mi sillón de piel color mostaza con negro, mi café, que gracias a R aprendí a tomar sin leche ni azúcar, y algo de cacumen.
Quizá una música de fondo, nada estridente, como el otro día la de Philip Glass. En este instante suena Nada particular, de Miguel Bosé: “Dame una isla, en el fondo de mar, llámala libertad”…
Lo más chocante es que soy paradójica.
—¿Por qué?
—Porque después de escribir me siento bien, desahogada, ligera, satisfecha.
Ojalá lo logre.
Antes de un “hasta pronto”, quiero compartirles palabras de García Márquez, las leí de segunda mano: «[…] el mismo Gabo nos dijo una vez que la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».
¿Recuerdan las cámaras de llanta que algunas personas usaban para flotar cuando chacualeaban en el mar?
«Es lo que hay»
Nada parecido a las donas decoradas, a las camas flotantes y a la bola de cosas que se han inventado para el entretenimiento acuático.
A gusto…
Sobre todo conservo esos recuerdos de las veces en que nos zambullimos en aguas decididas a no transparentar sus secretos, como las de Veracruz o Acapulco, donde lo velado se descubría con los pies y las manos, en el mágico instante en que uno decidía sumergirse y tocar el fondo.
Ahí estaban, integrantes de una familia feliz y numerosa, fascinados con un pedazo de caucho al que podía sentírsele el pivote, agarrados hasta con los dientes para evitar hundirse y tragar más de medio litro de agua salada.
De manera coloquial, sobre todo en América, una llanta es un pliegue de gordura que se forma en alguna parte del cuerpo. Y no crean, ¡en inglés tienen su equivalente, son las llamadas love holders, que en español vendrían a ser “agarraderas del amor” (¿o quizá de la lujuria?). Dioses, imagino la escena y me parece un tanto draconiana, ¿no?
El chiste es que los redondeles de caucho vienen a cuento por vil asimilación; conforme van pasando los años se afloja la piel y se adhiere como parásito a la barriga de los terrícolas.
Hace unos días fue cumpleaños de una amiga que ya rebasa el “tostonazo”. He aquí nuestro diálogo:
—Ya no tengo panza.
—Ay, güey, claro que tienes, bajar de peso no hace que la llanta desaparezca.
—¿Entonces me dirán “la niña de la panza”?
Yo discreta y sin revirar…
—No, más bien “la ruca de la llanta”.
—Ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja, ja ja ja…
—¡Sabía que lo estabas pensando, por eso me doblegué!
—Los eufemismos y suavizantes del lenguaje, querida, no es lo mismo “la niña de la panza” (una escuincla lombricienta) que “la ruca de la llanta” (una gorda entrada en años… y en carnes).
Ta ra ta ta ra ra, ta ra ta ta ra ra, ta ra ta ta ra ra… ¿La escuchan? Teclas blanquinegras, suaves, lento ma non troppo (¿será?), un amanecer delicado en compañía del piano de Las Horas de Philip Glass.
El otro día, a propósito de nuestra plática sobre Erik Satie, mi papá dijo que era un tipo al que le hubiera gustado conocer. Yo, como casi siempre, sostuve que a Freud; «olvidé» a Virginia Woolf.
Satie
Toparme con esa mujer enigmática y verla crear y estar presente en alguna de sus zambullidas de locura y penetrar el incierto mundo que la torturaba y preguntarle por su relación con Leonard, con Vita Sackville-West y con Vanessa e intentar entender su desesperación cuando decidió que moriría ahogada en el lago Ouse. Ahora sí, respiren…
Hoy leí que Irene Chikiar Bauer escribió Virginia Woolf. La vida por escrito, considerada la biografía “definitiva” de la autora inglesa. ¿Definitiva? Tendrá 900 páginas y estará sustentada en cartas, diarios personales y escritos autobiográficos, pero nadie, nunca, podrá penetrar la intrincada mente de nadie, y menos quizá en la de Woolf, habitante de ininterrumpidos pensamientos y vericuetos zigzagueantes.
Woolf vista por Roger Fry
Lo que acabo de decir es obvio, ¡gran contribución al devenir de la humanidad! A la señora Chikiar le llevó siete años escribir esa obra, que debe valer todo, máxime para quien dice haber querido conocer y tutear a Virginia.
Mi retazo iba a ser sobre las cámaras de llanta, sobre el posible rumbo que toman los automovilistas que conducen a las seis de la mañana de un sábado de abril, sobre mi sueño, en el que iba a votar —¡imagínense, ¿por quién rayos?!—, pero me dejé guiar por el piano de Glass, por la sutileza de la música que me trajo a Virginia Woolf en la oscuridad de un nuevo amanecer.
Con frecuencia pronuncio —cuando lo hago en silencio nadie me escucha, aunque debe notárseme en el gesto— dos frases que de por sí me agotan: estoy cansada y tengo hueva. Atrás del cansancio, estoy segura, se esconden palabras como soledad, tristeza, miedo y apatía.
Hoy es un día #grisáceotirandoanegro. No quiero más que llegar a mi casa y cerrar la escotilla, como habría hecho el capitán Nemo a bordo del Nautilus.
Sí, me pasa seguido, y todavía lucho contra los sentimientos que me estacionan en el desgano, como si no pudiera aceptar que me constituyen.
Deseé compartirles un cachito del Amor, con mayúscula, que Saramago nos regaló en Historia del cerco de Lisboa. Busqué el libro desde temprano y no lo encontré. Creo que lo hice porque hoy quiero que mis palabras se queden tras bambalinas, se me agotan el aliento y las ganas, como si necesitara oxígeno.
Recurro a El mundo, de Juan José Millás; abro el libro y me encuentro con un párrafo que subrayé y que a un lado tiene la inicial de mi nombre: “De esta revelación se dedujo que tampoco el mundo estaba mal hecho en contra mía. Quizá ni siquiera estaba mal hecho. El mundo era como era […]; había en él dolor y daño, desde luego, pero no se trataba de un dolor y de un daño puestos ahí para amargarme…”.
Mi abuela diría Skip it y mi sobrino Teik it isi, tía F.
Yo caigo en la cuenta de que mañana será otro día.
Quien haya padecido TOC (español) u OCD (english) sabrá que el trastorno no desparece y que, como la energía, sólo se transforma. En momentos difíciles se convierte en un monstruo que me acompaña a todas partes con la furia de un tsunami.
Lo peor es que cuando esa alimaña llega a mis entrañas no hay forma de patearla, deja de ser una sombra y se pega a mi cuerpo como el gelatinoso moco de King Kong.
—Estoy aquí, en mi sesión, escucho lo que me dices, pero allá, en el cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite, resuena una música de fondo que no me deja en paz.
—¿No se ha callado en ningún momento?
—No, cuando llego a este punto me pierdo en mis pensamientos.
Veo menos, veo mucho menos de lejos que antes. Me tapo el ojo izquierdo y no veo como la última vez que me revisaron. ¿Estaré en pleno rechazo la córnea? Tengo que llamar al Instituto. ¿Y si tengo que ir? Lo bueno es que me queda muy cerca. ¿Cancelo mi comida? Pero sí veo de cerca, la última vez me dijo la doctora que para hablar de rechazo tenía que haber ojo rojo, lagrimeo y pérdida de visión de cerca y de lejos…
—Bueno, sabes que esta forma de lidiar con la incertidumbre, más si se trata de tu salud, es parte de ti; la conoces y la distingues. Obsérvala: ahora que te vayas haz lo que tengas que hacer para darle una salida.
—Y en serio, ¿eh?, sí estoy en el consultorio, pero supongo que una persona obsesiva es capaz de lidiar con el tema principal de su terapia al mismo tiempo que alimenta un leitmotiv catastrófico.
—Además, como te sucede en otras ocasiones, ya te metiste.
—Sí, caray, dentro del hoyo hay poco que hacer, ¡y súmale el PMS! P’a los leones.
—Asúmelo, nada de muertito.
—¿Qué?
—Cuando uno nada de muertito no hay adelante, atrás, ni siquiera esfuerzo; los oídos están dentro del agua y se oye ruido, como el que no para en tu cabeza.
—Ajá, y por más que hago no se calla. ¡Estoy harta, cansada!
—Por eso lo digo, quédate de muertito hasta que actuar disminuya esa sensación. Acepta que en este momento no hay otro camino.
—Cierto, ya tengo tierrita encima, aunque creo que todavía no la mastico. Ok, estoy como en la canción de Men at Work, Down Under; ¡no tienes idea de cuánto me cuesta aceptarlo! Además del ahogo me preocupa el agua. ¡Santísimo!
—Mira, intenta aplaudirte el haber salido del trastorno, tan niña y sin chochos. Sé que ahorita no lo puedes ver, pero fue un logro.
Riiiing
—Carajo, ya llegó el siguiente analizando, y yo que me quiero quedar.
—Algún día sentirás que tú eres tu propio refugio.
En estricto sentido, éste podría ser el retrato de quien escribe este blog:
Razones estéticas y de salud promueven que no me abandone al placer de la gula, además juega a mi favor el hecho de que me gusta hacer ejercicio. Por cierto, coincido con José Fuentes Mares en que la gula no es un pecado, así que permanezcamos en santa paz.
Lo que les voy a confesar lo asocio más con mi época de preparatoriana, en buena medida porque SANA MENTE decidí que el mecanismo de defensa para evitar el contacto con el dolor sería enloquecer entre pelotas de basquetbol, ruedas de patines, llantas de bicicleta, raquetas, brazadas…
Las raquetas fueron utilísimas para golpear una pelota con todas mis fuerzas y liberar algo del coraje y la angustia que llevaba cosidos a mi piel. En fin, lo dicho lleva cuerda para otro retazo.
He aquí la confesión: me acuesto pensando en lo que voy a desayunar, durante la mañana alimento expectativas respecto a lo que voy a comer y conforme cae la noche pienso en lo que más se me antoja para cenar.
La comida nocturna es la que más disfruto, la que prende la chispa de una pasarela cerebral por la que desfilan quesadillas, tacos, carne de cerdo como la que guisa doña P (¡cueritos!), sobras benditas que a fuerza de tiempo agarran sabor… Aunque mi debilidad se dice queso, queso y muuchoooo queso.
¡Díganme que no se les antoja! Conozco a una persona que sí peca, peca porque odia el queso en todas sus presentaciones. ¡Necia de mí, sigo ofreciéndole el manjar sabiendo que la única respuesta posible es un rotundo NO! ¿Por qué me niego a aceptar la idea de que exista un ente sobre esta Tierra que deteste el queso? Porque eso sí es un crimen.
El hecho es que amo comer, adoro conocer nuevos restaurantes y platillos, me encandila el nimio esfuerzo mental con el que perfilo molito, frijol con puerco, pollo Kung Pao, filete a la pimienta negra, fideo seco al chipotle, fetuccini Alfredo, guacamole, chiles en nogada, crema de tomate, pan recién horneado, chilaquiles o pizza 25 quesos…
La lista es interminable, pero el estómago y la piel humanos se expanden en proporción directa a la cantidad de fruta que le echemos a la piñata, ¡qué desilusión!
Estoy cierta de que si me encontrara al genio de la lámpara maravillosa y me concediera un deseo le pediría, sin titubear, satisfacer todos mis antojos gastronómicos y verme siempre como sílfide, es decir, tragar como cerdo y conservar la forma de espíritu aéreo.
Nanai, esa gente es poquísima y seguramente la escogieron a puro «dedazo» en el Paraíso terrenal. Ante tan infausto comportamiento solo me queda infundirles la certeza (me conviene) de que comer no es asunto de confesionario.
Ya lo decía Fuentes Mares:
“Las exigencias del nuevo paladar, acicateado por la gula, hinchó velas y templó voluntades, gobernó timones y enfiló proas hacia tierras exóticas de cortezas perfumadas, de minúsculas semillas que consumaban el milagro de que la mesa de un burgués pudiera ser tan suculenta como la de un rey”.