Recurrencias

¡Paf!, pegarse siempre en el mismito punto de una rodilla. ¡Chin!, quedar corta en cada vuelta de campana y perder velocidad. ¡Aaaaaaaaaa!, pisar caca de perro con extrema regularidad. ¡Mocos!, resbalar en los pasillos de las tiendas donde hay un triángulo amarillo en el que se lee «wet floor». En fin, tropezarse con la misma piedra.

wet-floor

Y así es la cotidianidad… Frases y expresiones que no sirven para nada, pero que ahí están, incisivas, malolientes, inútiles: “Ya es tarde” (¿¡para qué!?); no voy a ver la serie que me recomendaron porque me pico (¿¡qué más da!?); qué monserga ir al cine cuando las salas empiezan a llenarse (¿¡por qué!?, ¿¡de quién es esa voz!?); levantarse más tarde los fines de semana (¿¡cómo, si hay que aprovechar el tiempo!?); empezar a ver una película después de las diez de la noche (¿¡qué!?, ¿a qué hora me iré a dormir?); salir un viernes (¿cómo, si hay mucha gente y todo va a estar atascado?); ir al teatro (what?, ¡qué súper hueva hacer cola para comprar boletos!)…

¿Qué escucho en mi cabeza que no me pertenece? Es la paranoia aprendida que cada día de mi vida hace que cargue un morral con una bola de chunches que me estorban para abrirme al cielo, para comerme las estrellas, para saborear el sol, para abrazar el aire, para entrar en una tienda con el ánimo de hallar algo para mí, para darme cuenta de que merezco levantarme más tarde, divertirme, gustarme, reírme, disfrutarme, apapacharme, tenerme paciencia, aceptarme, entenderme, distraerme.

La solemnidad, poco a poco, con trabajo y con tesón, tiene que ir combinándose con la posibilidad de gozar, de darme permiso y de ser yo con más frecuencia: porque soy simpática, amable, juguetona, cariñosa, querendona, valiente y… una guerrera empedernida.

 

Regalos de tiempo

Quedarme en la casa familiar, en la de mi infancia, me ha llenado la cabeza de recuerdos, sobre todo agradables.

Ahí estamos, jugando beisbol en la calle cuando todavía nos dábamos el lujo de anunciar a grito pelado que amenazaba un coooooche…

Me voy matando en mis patines o en mi bicla sin que mis padres tuvieran la más pálida idea de lo salvaje y arriesgada que era.

Ahí, en pandilla, volándonos paletas heladas de una farmacia en la que sólo nos podía delatar el ojo humano.

El frontón, donde aprendí a jugar, donde dejé rodilla y tendón de Aquiles, donde disfruté de tantos partidos y partidas de madre.

Las carreritas que nos echábamos mi papá y yo, aquél con gesto ambivalente la primera vez que le gané.

Doña Trini, la señora con personalidad que se picaba el ombligo con mi madre, entre otras cosas porque adoraba a Inés (mi segunda hermana, paralítica cerebral, quien murió antes de cumplir los seis años) y porque mientras filosofaban succionaba con fruición sus cigarrillos Salem. Ella, con el jesús en la boca, pudo articular un “ave maría” cuando me vio caer del techo de asbesto que cubría el lavadero.

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Ahí mi queridísima Sami —mujer leal, juguetona y analfabeta que nos regaló 25 años de su vida—, con sus “casadillas” (quesadillas), sus “espantasmas” (fantasmas), su dientista (¡eso es lógica pura!), su “l’eromita” (el aromita) y su “cadi quen” (cada quién).

Mi cancha de basket, donde pasé tantas tardes sin preocuparme por hacer la tarea…

El planchador, mi escondite predilecto para hacer valer el mal de perrera.

Mis festejos de cumpleaños precisamente en la temporada en que a mi papá se le ocurría abonar el pasto.

El árbol torcido donde me encaramé años y años para platicar, comer, reír, llorar e intentar resolver el mundo con mi primera amiga.

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La «casa de los chinos” —¿por qué le habremos puesto así a una banqueta con círculos?—, el «camioncito azul” —bicicleta en la que Aline pasaba por mí para dar el rol—, “la casa del cerdo” —forma irreverente de referirnos a una tienda de deportes cuya vendedora era gorda—. Pobre mujer, ¡si hubiera sospechado que unas escuinclas decían: “Nos vemos en 10 minutos en la casa del cerdo”!

Ahí la hermana que salía de «reven», se desmaquillaba, se ponía el piyama y abría la puerta de mi cuarto dizque con sigilo para pedirme que le hiciera un huequito. Yo accedía porque la quiero y porque no quería que el miedo le quitara lo enfiestado; además, aunque tengamos 65 y 67 años, a ella siempre le haré espacio en mi cama, con mayor razón ahora que no son individuales.

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Mis cenas opíparas después de hacer deporte… cual heliogábalo, podía comer seis salchichas rojas (eran Fud), dos o tres quesadillas y un plato de cereal. Ya no me cabe lo mismo, pero me niego a ser de las mujeres que comen como pajarito porque viven cuidando la línea o porque les da pena.

Éramos adolescentes sin prisa, sin celulares, sin FB, sin #tecnoreuniones de café, sin la vida periscopeada y tuiteada en instantáneas y acaso con una computadora Texas Instruments. En fin, nos distraían asuntos más tangibles; y lo mejor: podíamos sentirnos seguros y libres para conquistar la calle.

¡Te lo dije!

—Dígame, señora.

Otra vez, qué monserga. Quedé de escribir mi historia clínica y de entregársela a cada nuevo médico.

—Pues mire, empecé con luxación congénita de cadera, me operaron dos veces de la pierna derecha y una de la izquierda.

Nací fracturada. 

—Siga.

—Me quitaron las amígdalas.

¡Disfruté en grande de la atención que me prodigaron! Mi memoria dicta que hubo cariños, animales de peluche y nieve de limón. 

—¿Qué más?

—De ahí brincamos a mis veintitantos, un par de cirugías de la rodilla derecha.

La primera, producto de un resbalón mientras jugábamos frontenis, una segunda para corregir el «error» de un ortopedista que se sentía la real garza envuelta en huevo.

—Tendón de Aquiles.

Corría como gamo para regresar una pelota de la pared trasera a la delantera del frontón. ¡Zas, golpe seco que confundí con un vengativo raquetazo!

—Van varias.

Brillante observación.

—Ocho años de descanso y en 2009 dejé de tener apéndice y vesícula.

Pasé parte de esa tregua en Rhode Island. Recorrer 12 millas diarias sobre ruedas —a veces con gorro y guantes— equivalía a mi libertad, pintada con colores otoñales y brotes de invierno.

Otoño_RI

—Siga, por favor.

—Luego el hombro derecho.

—¿Por qué?

—Ay, no sé, le he exigido mucho a mi cuerpo.

—¿Cuál otra?

—Un año después el codo izquierdo. Mismo caso que el hombro, llegó un momento en el que mi cabeza se acercaba a mi mano y no viceversa.

Instantes para valorar cada parte de nuestra máquina. ¡No podía hacer la pinza, o sea, tomar objetos pequeños entre los dedos pulgar e índice! Motricidad fina, lost, como el Paraíso. 

¿Lo imaginan así?
¿Lo imaginan así?

—¿Quién la operó?

—El mismo médico con quien entré a cirugía de hombro, especialista en la extremidad torácica.

—¡No me diga que hay más!

¿Ah, verdad? 

—Fíjese que sí, doctor, el 11 de noviembre de 2013 me hicieron trasplante de córnea del ojo derecho.

Desde entonces, Juan es mi compañero. ¿Por qué Juan? Porque Juan significa Dios es misericordioso. 

—Sigue el cáncer de piel, una pequeña incisión en el consultorio (carcinoma basocelular) y otra en el quirófano (ídem, con toque basoescamoso).

Bye, bye Suntan.

—Uy, señora…

—Mire, pensé que ahí acababa todo, pero parece que ahora van las manos.

Nervio mediano aplastado.

Un verdadero fastidio. Sin embargo, hoy empiezo a comprender el significado de esta breve frase: «te vas a quemar, mi amor». Me la decía mi madre cuando veía que su hija mayor se comportaba como la mismísima encarnación del movimiento perpetuo.

Va y pase, mientras no me chamusque con mucho tiempo de anticipación.

fuego

Hasta la próxima.