La perrita no se da cuenta

Mi hermana y yo solíamos acompañar a mi madre a casa de los Debayle. Veíamos a doña Silvia (confieso que me encantaría saludarla. Podría platicar con ella sobre mi Má), la mismísima progenitora de Martha Debayle (¿alguna vez habrá sido #GenteSencilladelCampo?), a quien no recuerdo haber saludado en esas visitas. Quizá ya estaba labrando su prometedor futuro en compañía de El Negro.
Nos emocionaba enormemente toparnos con múltiples objetos traídos de Estados Unidos, en ese entonces era difícil conseguirlos ¿Había ropa? Si sí, doña Mónica, mi progenitora, debió haber estado «sobres».
Gracias a Silvia les echamos ojo a unas grabadoras marca Sony. ¿Y saben qué?, mi padre apoquinó para que fueran nuestras.
Música, esencial para mí, cassettes —fregaderitas prehistóricas, desconocidas para los niños y adolescentes de hoy—, el armatoste para ponerlos y un asa para transportarlo de un lado a otro. ¿Qué más podíamos pedir?
Yo vendía canciones en la escuela, cintas de 60, 90 o 120.

Un TDK de 60, ¡guau!
Un TDK de 60, ¡guau!

Ese micro negocio me regalaba un placer simple y duradero, porque cada vez que ponía una rola que le hacía tilín a otra persona tenía la oportunidad de revivirla, de cantarla y de aprendérmela. En esos ayeres las letras se me pegaban como Kola Loka, hoy más bien como engrudo.
Además, todos los miércoles mi abuela materna, doña Pepa, nos dejaba 20 pesos de domingo. Los billetes eran rojos, ¿se acuerdan?

El añorado billetito de mi abuela Pepa
El añorado billetito de mi abuela Pepa

Casi ipso facto me lanzaba al Sanborns de Palmas para gastármelo en cuatro cassettes. Los sumaba a mi colección, que acrecentaba de una semana a otra.

Esa era la causa por la que en repetidas ocasiones mi hermana entraba a mi cuarto y…
—¿Y esa canción?
—Ah, es Down Under, de Men at Work.
—¿Me la grabas?
A mi sister no le cobraba, era un halago que mi música sirviera para imantarla.
Las grabadoras Debayle no sólo fueron útiles para mi pequeño tejemaneje escolar, para sacar letras de canciones —Play, Pause, Rewind, Play, Pause, Rewind—, para descubrir mis rolas favoritas y para conocer nuevos grupos y cantantes, también sirvieron para grabar algunos programas prototipo que bautizamos con el nombre de La perrita no se da cuenta. Alternábamos papeles, en unos casos yo entrevistaba y mi hermana era la amolada que hablaba del dolor en turno, en otros justo al revés. Aunque el malestar era real, cada sesión nos hacía desconectarnos, enfocarnos en nuestra pericia —era requisito hablar como españolas, con todo y ceceo— y reírnos a carcajadas.
Afloraba la pregunta, casi siempre de mi lado:
—Deberíamos ir al radio, hija, igual pega y les laten estas vaciladas.
—¿Crees?
Pero todo se quedaba en las cintas. Mientras, Martha estaría precisamente en la W, afianzando su fructífera y mega publicitada carrera en el radio.

En nuestra familia, más que empresarios, hubo intelectuales, así que pasamos la página y renunciamos a la venta de nuestro cachorro.

Conservo algunos episodios de La perrita no se da cuenta, cuando los escucho me carcajeo y padezco de una buena dosis de nostalgia. De ahí salió referirnos la una a la otra como Perrita, Perri, Perrín Perrilla.
Hoy, miércoles 7 de enero, a las 19:41 horas, decido que cuando las protagonistas de mi publicación seamos mi hermana y yo, en el título haré alusión a algo relacionado con los mamíferos cánidos, incluso pueden opinar sobre si hago una categoría o no.

Piensen en el nombre del programa y en la cantidad de cosas que pasamos por alto porque no nos damos cuenta. La conciencia duele, señores, pero nos da más y mejores herramientas para enfrentar la vida.

Hasta la próxima.

3 comentarios en “La perrita no se da cuenta

  1. Órale, ¡¡¡¡ahora sí te pasaste!!!!!, me super fascinó. Era lo máximo estar juntas en el cuarto sentadas junto a la ventana que nos diera el solecito, o echadas en la cama. La perrita no se dá cuenta sigue estando vigente para las dos. Por cierto, necesito canciones nuevas, pero grabadas en CD. Esta perrita del lado gringo no tiene tiempo de buscar música, más que la que ponen en el radio cuando manejo a la chamba o con los niños, y a veces en Pandora. Besos a mi perrita favorite.

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  2. Recuerdos padres. No olvidar que aquí yacen numerosos casetes con la voces de ustedes. También la de su má y demás familia y amigos.
    La última palabra: favorite.

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