Fui a comer al restaurante Shu, el típico lugar en el que se respiran prepotencia y mamonería. Además, en Santa Fe, zona de la ciudad de México que no me gusta. Se preguntarán que por qué me lancé, pero no fue mi elección.

Mi platillo, un Ishiyaki Wafuu Omuraisu No Ankake. Traduzco: “Arroz ligeramente frito en piedra caliente con crepa de huevo y salsa espesa con alga marina y kanikama”. Si lo piden, ¡aguas con las quemadas! Como debe ser, el caldo lo sirven ardiendo, para pelar pollos.
Ya lo he escrito, comer es uno de los grandes placeres de la vida, así que mi veredicto se reduce a “regreso o no a tal lugar”. El Shu quedó fuera de mi mapa gastronómico.
Salí para pedir mi coche. ¿Quiénes son los personajes que llegan y se van en camionetas gigantescas como tanques de guerra, con vidrios polarizados, conducidas por “monotes” que lanzan miradas asesinas? Ni idea, aunque uno se siente en otro mundo, en el de los “poderosos”, quienes disfrutan de ostentar lo pudientes que son.
¡Vaya!, hasta “se les sube” a los cuates que reciben a los comensales. Supongo que ellos buscan, con merecida justicia, una buena propina.
Adieu.
Así como hay estrellas para calificar a los restaurantes, debería haber mamilas para orientar a los comensales sobre el ambiente que podrá encontrarse… ¡De esta forma no habría sorpresas! ¡Un abrazote!
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De la vida diaria, sobre todo en estos rumbos. Ricos y pobres. Prepotentes e indefensos. La historia de siempre. Todo eso lo dices con sencillez en una anécdota de la vida diaria.
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