Hace añicos que mi padre nos enseñó a mirar el cielo, sobre todo cuando nacía un bello celaje. Nuestros ojos absorbían tonos lila, anaranjado, azul, amarillo, gris y rojo.

Ambas nos asomábamos al cielo con anteojos de fondo de botella, pero lo que alcanzábamos, mucho o poco, era sobrecogedor, como sobrecogedora fue la salida del puerto de Estambul y los varios paisajes, matutinos y vespertinos, que nos ofrecieron la travesía y las correrías en tierra.

El cielo se vestía de mar y el mar de cielo, una ilusión óptica que cimbra igual que una puesta de sol o un límpido amanecer.
¡Y ese protagonismo de las nubes!, fijas o caminantes, pintadas o lechosas, solemnes o juguetonas, oscuras o deslumbrantes, melindrosas o desparpajadas.



Como sea, cielo y nubes ostentan poder, al blandir su cetro se regocijan los animales, se sumergen las hormigas, se desbordan los ríos, crecen las plantas, los lienzos vírgenes quedan estampados, desaparecen el sol y la luna, y a los más vulnerables nos acechan las lágrimas o nos sonríen los labios.
Hasta la próxima.
Comparto tu pasión por el cielo, las nubes, los colores… El mar también aparece en cada una de tus fotos, se le puede calificar igual que las nubes, con esas olas lechosas, juguetonas, ariscas…
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Mándame fotos tuyas para ponerlas en mi blog. Van con su respectivo y merecido crédito.
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Órale, más que blog es poesía!!! Qué hermoso.
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Ciertísima la Reflexión del domingo, que no se olvide, hay que practicar. El de las nubes, ¡padrísimo!
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Me encantó! Algo que a mi me fascina son las nubes! Y la forma en la que describes me gusto mucho! Me encantaron tus fotos!
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Son mías, de las que salen bien 😉
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